Cuento corto para niños

¡A Correr con el Corazón!

Una joven corredora se enfrenta al campeonato nacional, luchando contra sus propios miedos e inseguridades. A través de la carrera, descubre que la verdadera competencia es consigo misma y que correr es un lenguaje del alma. Al final, encuentra la alegría en el proceso y la satisfacción de superarse a sí misma, sin importar el resultado.

A partir de: Título: “Correr contra mí” El sonido de mis pasos sobre la pista es lo único que me mantiene cuerda. A veces pienso que corro para escapar de algo, aunque no siempre sé de qué. El entrenador dice que la mente es la verdadera línea de meta, pero mi mente es un campo de batalla. El sol cae sobre el estadio vacío, y el olor del caucho mezclado con sudor me recuerda a todos los días que quise rendirme. Hoy tengo la competencia más importante de mi vida: el campeonato nacional. Respiro hondo, estiro los brazos y trato de no pensar. —Concéntrate, —me dice el entrenador—. Hoy no compites contra ellas, compites contra ti. Asiento, aunque no estoy segura de entenderlo del todo. El ruido del público se vuelve un murmullo lejano, como si el mundo respirara conmigo. El disparo suena. Y todo desaparece. Correr siempre fue una paradoja para mí: una forma de huir y de encontrarme. El primer paso es una explosión; el segundo, una promesa; el tercero, una guerra. Cada músculo grita, pero algo dentro de mí calla. Las voces del público se mezclan con mis pensamientos. “No vas a poder.” “Ya lo hiciste antes.” “No corras por ganar, corre por sentir.” Esas frases se cruzan en mi cabeza como ráfagas. Recuerdo la primera vez que entrené bajo la lluvia, las ampollas, los días sin dormir, el miedo al fracaso… y aun así, aquí estoy. El viento corta mi rostro, pero también me limpia. A lo lejos, escucho la voz del entrenador: —¡Vamos! ¡Más rápido! ¡Tú puedes! Esa orden me despierta. Me aferro a ella como si fuera una cuerda lanzada al abismo. El atletismo no es solo velocidad. Es resistencia, es mente, es dolor y disciplina. Es la historia de cuántas veces caes y vuelves a ponerte de pie. Los metros pasan y el cuerpo arde, pero hay algo poético en ese dolor. ¿Qué somos los atletas sino poetas del movimiento? Cada zancada es una palabra escrita con los pies sobre la tierra Los últimos cien metros llegan como un golpe seco. La respiración se entrecorta, los brazos pesan, las piernas amenazan con rendirse. Pero ya no pienso, solo siento. El corazón late tan fuerte que parece hablarme: “No pares. Ya casi.” Cruzo la meta. No escucho aplausos, solo mi respiración desbocada. Miro al frente, al cielo, al vacío… y sonrío. No sé si gané. No me importa. Por primera vez, no corrí por un trofeo, ni por el público, ni por demostrar nada. Corrí por mí. El entrenador se acerca y me da una palmada en el hombro. —Eso fue increíble —dice, con una sonrisa que pocas veces le he visto. —Gracias —respondo, intentando controlar las lágrimas—. Creo que por fin entendí lo que me dijiste. Me siento en la pista, observo el polvo rojo que se pega en mis manos y pienso en todo lo que este deporte me ha quitado… y todo lo que me ha dado. Correr es un lenguaje. Un idioma sin palabras donde cada movimiento tiene significado. Un diálogo silencioso entre el cuerpo y el alma. Mientras el estadio se vacía, cierro los ojos y escucho mi respiración: “Estoy viva. Estoy corriendo.” Y eso basta.

Empezar a leer ↓Publicado el 14/04/2026

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El sonido de mis pasos sobre la pista es lo único que me mantiene cuerda.

A veces pienso que corro para escapar de algo, aunque no siempre sé de qué.

El entrenador dice que la mente es la verdadera línea de meta, pero mi mente es un campo de batalla.

El sol cae sobre el estadio vacío, y el olor del caucho mezclado con sudor me recuerda a todos los días que quise rendirme.

Hoy tengo la competencia más importante de mi vida: el campeonato nacional.

Respiro hondo, estiro los brazos y trato de no pensar.

—Concéntrate, —me dice el entrenador—. Hoy no compites contra ellas, compites contra ti.

Asiento, aunque no estoy segura de entenderlo del todo.

El ruido del público se vuelve un murmullo lejano, como si el mundo respirara conmigo.

El disparo suena.

Y todo desaparece.

Correr siempre fue una paradoja para mí: una forma de huir y de encontrarme.

El primer paso es una explosión; el segundo, una promesa; el tercero, una guerra.

Cada músculo grita, pero algo dentro de mí calla.

Las voces del público se mezclan con mis pensamientos.

“No vas a poder.”

“Ya lo hiciste antes.”

“No corras por ganar, corre por sentir.”

Esas frases se cruzan en mi cabeza como ráfagas.

Recuerdo la primera vez que entrené bajo la lluvia, las ampollas, los días sin dormir, el miedo al fracaso… y aun así, aquí estoy.

El viento corta mi rostro, pero también me limpia.

A lo lejos, escucho la voz del entrenador:

—¡Vamos! ¡Más rápido! ¡Tú puedes!

Esa orden me despierta. Me aferro a ella como si fuera una cuerda lanzada al abismo.

El atletismo no es solo velocidad. Es resistencia, es mente, es dolor y disciplina.

Es la historia de cuántas veces caes y vuelves a ponerte de pie.

Los metros pasan y el cuerpo arde, pero hay algo poético en ese dolor.

¿Qué somos los atletas sino poetas del movimiento?

Cada zancada es una palabra escrita con los pies sobre la tierra

Los últimos cien metros llegan como un golpe seco.

La respiración se entrecorta, los brazos pesan, las piernas amenazan con rendirse.

Pero ya no pienso, solo siento.

El corazón late tan fuerte que parece hablarme:

“No pares. Ya casi.”

Cruzo la meta.

No escucho aplausos, solo mi respiración desbocada.

Miro al frente, al cielo, al vacío… y sonrío.

No sé si gané. No me importa.

Por primera vez, no corrí por un trofeo, ni por el público, ni por demostrar nada. Corrí por mí.

El entrenador se acerca y me da una palmada en el hombro.

—Eso fue increíble —dice, con una sonrisa que pocas veces le he visto.

—Gracias —respondo, intentando controlar las lágrimas—. Creo que por fin entendí lo que me dijiste.

Me siento en la pista, observo el polvo rojo que se pega en mis manos y pienso en todo lo que este deporte me ha quitado… y todo lo que me ha dado.

Correr es un lenguaje.

Un idioma sin palabras donde cada movimiento tiene significado.

Un diálogo silencioso entre el cuerpo y el alma.

Mientras el estadio se vacía, cierro los ojos y escucho mi respiración:

“Estoy viva. Estoy corriendo.”

Y eso basta.

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Publicado el 14/04/2026

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