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Gratis · elegí una vozLola era una vaca muy especial. No porque supiera bailar tango (aunque le encantaría), sino porque era de color blanco y negro, como un dálmata gigante que mugía. A Lola le gustaba pastar en el prado, mordisqueando la hierba fresca y observando las mariposas revolotear. Un día soleado, mientras Lola exploraba una nueva parte del prado, se encontró con algo que nunca había visto antes: una flor amarilla brillante, alta y orgullosa, que destacaba entre el verde. Era como un pequeño sol en la tierra.
"¡Qué bonita!", pensó Lola, acercándose con curiosidad. Nunca había visto una flor tan amarilla. Las que conocía eran rojas, moradas o blancas, pero esta… ¡esta era como un rayo de sol atrapado en pétalos!
Lola se acercó aún más, estirando su largo cuello para oler la flor. Tenía un aroma dulce y embriagador, diferente a cualquier cosa que hubiera olido antes. Cerró los ojos y aspiró profundamente.
¡Aaaachús!
Un estornudo gigante sacudió a Lola de pies a cabeza. Sus manchas blancas y negras temblaron, y la flor amarilla se balanceó peligrosamente. Lola abrió los ojos, sintiéndose un poco mareada.
"¡Uy!", exclamó Lola. "Creo que esa flor me ha hecho estornudar".
Volvió a acercarse, esta vez con más precaución. La flor seguía ahí, brillante y hermosa, pero Lola sintió un cosquilleo en la nariz. ¡Aaaachús!
Otro estornudo, aún más fuerte que el anterior. Esta vez, Lola retrocedió unos pasos, frotándose la nariz con su pata. "Definitivamente, esta flor me hace mal", murmuró. "El polen me está afectando".
Pobre Lola. Le encantaba la flor, pero su alergia al polen era más fuerte. Decidió que lo mejor era alejarse, aunque le diera mucha pena.
Justo en ese momento, apareció Carlitos, un pequeño ternero amigo de Lola. Carlitos era marrón con una mancha blanca en forma de corazón en su frente. Era muy curioso y siempre estaba metido en problemas, pero Lola le quería mucho.
"¿Qué haces, Lola?", preguntó Carlitos, acercándose a la flor amarilla. "¡Qué flor más bonita! Nunca la había visto por aquí".
"Ten cuidado, Carlitos", advirtió Lola. "Me hace estornudar mucho. Creo que soy alérgica al polen".
Carlitos, haciendo caso omiso de la advertencia de Lola, se acercó a la flor y la olió con entusiasmo. "¡Huele delicioso!", exclamó. Luego, lamió uno de los pétalos. "¡Y sabe aún mejor!".
Lola abrió los ojos como platos. "¡Carlitos, no hagas eso! No sabes si es venenosa".
Carlitos se encogió de hombros. "Tonterías, Lola. Está riquísima". Y siguió lamiendo la flor, disfrutando de su sabor dulce.
Lola, preocupada por su amigo, decidió pedir ayuda. "Voy a buscar a Doña Rosa", dijo. "Ella sabe mucho de plantas y flores. Seguro que sabe si esta flor es segura para comer".
Doña Rosa era una vaca anciana y sabia, con arrugas alrededor de sus ojos y un conocimiento profundo del prado y sus habitantes. Lola corrió hasta el lugar donde Doña Rosa solía tomar el sol, cerca del gran árbol de cerezo.
"¡Doña Rosa, Doña Rosa!", gritó Lola, jadeando por el esfuerzo. "¡Carlitos está comiendo una flor amarilla y no sé si es venenosa!".
Doña Rosa se levantó lentamente, apoyándose en su bastón de madera. "¿Una flor amarilla, dices? ¿Dónde está?".
Lola guio a Doña Rosa de vuelta a la flor amarilla, donde encontraron a Carlitos aún lamiendo los pétalos con deleite.
Doña Rosa examinó la flor con cuidado, oliéndola y observando sus pétalos y hojas. Después de unos minutos, sonrió.
"No te preocupes, Lola", dijo Doña Rosa. "Esta flor es un girasol bebé. No es venenosa, y de hecho, sus semillas son muy nutritivas".
Lola respiró aliviada. "¡Menos mal!", exclamó. "Pero a mí me hace estornudar mucho".
Doña Rosa asintió. "Sí, algunos animales son alérgicos al polen de los girasoles. Pero no es peligroso, solo molesto".
Carlitos, con la boca llena de pétalos amarillos, miró a Lola con una sonrisa. "¿Ves? Te dije que estaba rica".
Doña Rosa le explicó a Carlitos que, aunque la flor no fuera venenosa, no era bueno comer demasiados pétalos, ya que podrían darle dolor de estómago. Carlitos, obediente, prometió no comer más pétalos, pero pidió permiso para comerse las semillas cuando estuvieran listas.
Doña Rosa sonrió. "Por supuesto, Carlitos. Las semillas de girasol son un manjar delicioso y saludable".
Lola, aunque todavía sentía un cosquilleo en la nariz, se alegró de que Carlitos estuviera bien. Aprendió ese día que no todas las flores son para todos, y que a veces, lo que es delicioso para uno, puede ser molesto para otro. Y aunque nunca pudo disfrutar de la flor amarilla de cerca, se contentó con verla desde la distancia, sabiendo que era un pequeño sol en el prado, y que, al menos, a Carlitos le hacía muy feliz.
Desde ese día, Lola siempre llevaba consigo un pañuelo para sonarse la nariz cuando se acercaba a los girasoles, y Carlitos esperaba ansiosamente el día en que las semillas estuvieran listas para comer. Y Doña Rosa, como siempre, velaba por el bienestar de todos los habitantes del prado, compartiendo su sabiduría y experiencia con amor y paciencia.
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