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Gratis · elige una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo lleno de casas coloridas, un niño llamado Mateo. Mateo tenía cinco años y le encantaba jugar al fútbol, comer helado de fresa y escuchar cuentos antes de dormir. Pero últimamente, Mateo no se sentía muy bien. Le dolía la garganta a menudo, y a veces tenía fiebre. Su mamá lo llevó al doctor, quien después de examinarlo con su estetoscopio mágico, dijo: "Mateo, tienes unas amigdalitas muy traviesas. ¡Necesitan irse de vacaciones!"
Mateo frunció el ceño. ¿Vacaciones? ¿Sus amigdalitas? No entendía nada. Su mamá le explicó que tenía que ir al hospital para que le quitaran las amigdalitas. "Es una operación muy rápida," le dijo, "y después te sentirás mucho mejor. ¡Ya no te dolerá la garganta!"
Pero Mateo estaba asustado. Nunca había estado en un hospital. Imaginaba que era un lugar lleno de agujas gigantes y doctores serios que siempre decían "¡Shhh!" Pensó en sus amigdalitas. No sabía muy bien qué eran, pero sonaban importantes. ¿Estarían tristes si se iban?
Esa noche, antes de dormir, Mateo le preguntó a su papá: "Papá, ¿dónde se van mis amigdalitas?" Su papá sonrió y lo abrazó fuerte. "Se van a un lugar especial, Mateo. Un lugar donde no causarán más problemas. Piensa en ellas como pequeños guardianes que ya no pueden hacer bien su trabajo. Después de la operación, tendrás otros guardianes, ¡mucho más fuertes!"
Al día siguiente, Mateo y sus papás fueron al hospital. Mateo se aferró a la mano de su mamá mientras caminaban por el largo pasillo. Vio a otros niños con pijamas y a enfermeras con batas blancas. Todo parecía muy diferente a su casa.
Una enfermera con una sonrisa amable los llevó a una habitación. Le dieron a Mateo una bata de hospital y le explicaron cómo funcionaba la cama. Mateo se sintió un poco más tranquilo. La enfermera le mostró un libro de dibujos animados y le dijo que podía verlo mientras esperaba.
Pronto, vino un doctor con una gorra azul y una máscara. Era el anestesista. Le explicó a Mateo que le iba a dar un "sueño mágico" para que no sintiera nada durante la operación. Mateo todavía estaba un poco asustado, pero el doctor le habló con tanta dulzura que confió en él.
"Cuando despiertes," le dijo el anestesista, "te sentirás un poco cansado, pero pronto podrás comer helado!" Mateo sonrió. ¡Helado! Eso sonaba mucho mejor que agujas gigantes.
El doctor le puso una máscara con un olor dulce. Mateo cerró los ojos y sintió que se dormía profundamente. Soñó que estaba jugando al fútbol en un campo de helado con sus amigdalitas. ¡Pero las amigdalitas eran muy malas jugando! Siempre tropezaban con el balón y se caían al suelo.
Cuando Mateo despertó, se sentía un poco raro. Su garganta le dolía un poquito, pero no tanto como antes. Su mamá estaba a su lado, sonriéndole. "¡Hola, campeón!", le dijo. "Ya todo pasó."
Pronto, una enfermera le trajo un helado de fresa. ¡Era el helado más delicioso que Mateo había probado en su vida! Mientras comía, se dio cuenta de que ya no tenía esa sensación de tener algo atorado en la garganta. Podía tragar sin que le doliera.
Después de un rato, Mateo se sintió lo suficientemente bien como para levantarse y caminar un poco. Vio a otros niños jugando con juguetes y leyendo libros. Empezó a jugar con un tren de madera y olvidó por completo que estaba en un hospital.
Al día siguiente, Mateo pudo volver a casa. Se sintió un poco cansado durante unos días, pero poco a poco se fue recuperando. Su mamá le preparaba comidas suaves y le contaba cuentos para mantenerlo entretenido.
Pronto, Mateo volvió a jugar al fútbol, a comer helado de fresa y a escuchar cuentos antes de dormir. Pero ahora, ya no le dolía la garganta. Sus nuevos "guardianes" estaban trabajando muy bien. Y aunque extrañó un poco a sus amigdalitas traviesas, se dio cuenta de que era mucho mejor sentirse sano y fuerte. Aprendió que a veces, es necesario decir adiós a algunas cosas para poder estar bien. Y que los doctores y las enfermeras son personas muy amables que siempre están ahí para ayudar. Y lo más importante, ¡que después de una operación, casi siempre hay helado!
Ahora Mateo siempre recuerda su aventura en el hospital con una sonrisa. Sabe que fue un poco asustadizo, pero también sabe que fue valiente y que todo salió bien. Y cada vez que come helado de fresa, se acuerda de sus amigdalitas traviesas que se fueron de vacaciones para siempre.
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