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Emilia era una niña de tres años con ojos brillantes y una risa que sonaba como campanitas. Era vivaz, ocurrente y le encantaba jugar con sus juguetes de madera. Pero Emilia también tenía una costumbre muy especial: le encantaba tomar la "tetica" de mamá Yari antes de dormir y, a veces, ¡muchas veces! durante la noche.
Mamá Yari amaba darle la tetica a Emilia. Sentía un calorcito en el corazón cada vez que la pequeña se acurrucaba en sus brazos. Pero últimamente, Mamá Yari estaba muy, muy cansada. Sus noches eran un revoltijo de despertares y sueños interrumpidos. Su espalda le dolía mucho, y no lograba descansar lo suficiente para jugar con Emilia durante el día.
Una noche, mientras Emilia, con sus pijamas de ositos, tiraba suavemente de la blusa de su mamá, Yari suspiró con cariño. "Emilia, mi amor," dijo Yari con voz suave, "mamá está muy cansada. Mi espalda duele mucho, y no puedo dormir bien cuando tomas la tetica tan seguido. ¿Podrías intentar dormir sin ella esta noche?"
Emilia frunció el ceño. No entendía muy bien por qué mamá no quería darle la tetica. La tetica era suave, calentita y la hacía sentir segura y feliz. "¡Pero yo quiero mi tetica!" exclamó, con los ojitos llenos de lágrimas que amenazaban con caer.
Yari abrazó a Emilia con fuerza. "Lo sé, mi amor. Pero mamá necesita descansar para poder jugar contigo mañana. ¿Qué tal si te leo tu cuento favorito, el del conejito saltarín, y te canto una canción de cuna?"
Emilia se acurrucó en los brazos de su mamá, escuchando el cuento del conejito saltarín. La voz de Yari era dulce y reconfortante. Después, Yari cantó una canción de cuna suave, y Emilia sintió cómo el sueño la invadía poco a poco. Esa noche, Emilia durmió casi toda la noche sin pedir la tetica. Yari se sintió un poco más descansada al día siguiente.
Pero la siguiente noche fue más difícil. Emilia despertó a mitad de la noche, llorando y pidiendo su tetica. Yari la abrazó, la meció suavemente y le susurró al oído: "Shhh, mi amor. Mamá está aquí. Recuerda que la tetica está dormida. Vamos a abrazar a tu osito de peluche, ¿sí? Él también te quiere mucho."
Emilia abrazó a su osito y, poco a poco, se calmó. Yari se quedó a su lado hasta que volvió a dormirse.
Así pasaron varias noches. Algunas noches eran más fáciles que otras. A veces, Emilia pedía la tetica con insistencia, y Yari tenía que ser paciente y cariñosa, explicándole una y otra vez que necesitaba descansar. Le hablaba de lo importante que era para ella estar llena de energía para jugar juntas, para leer cuentos y para ir al parque.
Un día, Yari le contó a Emilia una historia sobre un árbol grande y fuerte que antes era una pequeña semilla. Le explicó que la tetica era como la semilla, que había ayudado a Emilia a crecer fuerte y sana, pero que ahora Emilia ya era grande y podía obtener su fuerza de otras cosas, como la comida deliciosa que preparaba mamá, los abrazos y el amor que recibía.
Emilia escuchó atentamente la historia. Miró a su mamá con sus grandes ojos. "¿Entonces ya soy un árbol grande?" preguntó.
Yari sonrió. "¡Sí, mi amor! Estás creciendo muy rápido. Ya eres una niña grande y fuerte."
Esa noche, Emilia no pidió la tetica. Se acurrucó en los brazos de su mamá, abrazando a su osito, y se durmió plácidamente. A la mañana siguiente, cuando despertó, corrió a abrazar a su mamá. "¡Mamá, ya no necesito la tetica! ¡Soy un árbol grande!"
Yari abrazó a Emilia con fuerza, sintiendo una inmensa alegría. Sabía que no sería fácil, pero juntas lo habían logrado. Yari se sentía más descansada y llena de energía para jugar con su pequeña Emilia. Y Emilia, aunque a veces extrañaba la tetica, se sentía orgullosa de ser una niña grande y fuerte que podía dormir sin ella. Y ahora, mamá y Emilia podían disfrutar de muchas más aventuras juntas, ¡con mucha energía y alegría!
Desde ese día, Emilia siguió creciendo y aprendiendo, y la tetica se convirtió en un recuerdo dulce y lejano. Pero siempre recordaría los momentos de cariño y calor que había compartido con su mamá. Y Yari siempre recordaría la valentía y el amor de su pequeña Emilia, que había entendido que a veces, para crecer, hay que dejar ir algunas cosas.
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