Escucha este cuento
Gratis · elige una vozEn las montañas grandes, grandes, donde la nieve besa las cumbres y los ríos cantan melodías antiguas, estaba el pueblo de los Mapuches. Ellos vivían en un extenso territorio, un hogar vasto y lleno de secretos susurrados por el viento. Los niños Mapuches jugaban mucho en el bosque, entre los árboles que se elevaban como gigantes verdes y las flores silvestres que pintaban el suelo con colores brillantes. Se decía que una niña desde lo alto los observaba jugar, una niña que vivía más allá de las nubes, en un reino de estrellas y sueños.
Arriba, en el cielo, vivía una niña mágica que se llamaba Ailén. Ella no era como los demás niños. Ailén tenía un corazón de vidrio, delicado y brillante como un copo de nieve. Cuando Ailén estaba tranquila, su corazón hacía un sonido chiquito, chiquito, como un susurro suave que apenas se podía escuchar. Pero cuando se emocionaba, el sonido se hacía más fuerte, como campanitas tintineando en la brisa.
Ailén amaba observar a los niños Mapuches jugando en el bosque. Le gustaba verlos correr, reír y construir pequeñas casas de ramas y hojas. Le encantaba escuchar sus canciones y sus historias, que llegaban hasta ella como ecos suaves desde la tierra. Pero un día, Ailén estaba llorando. Sus lágrimas, brillantes como diamantes, caían silenciosamente sobre las nubes. ¿Por qué lloraba Ailén? Porque los Mapuches no miraban el cielo. Estaban tan ocupados jugando y trabajando que olvidaban alzar la vista y admirar la belleza que los rodeaba. ¡Ella se puso triste! Su corazón de vidrio latía con un sonido apagado y triste.
Los ancianos Mapuches, sabios y conectados con la naturaleza, sintieron la tristeza de Ailén. Sabían que algo andaba mal en el cielo, algo que afectaba el equilibrio del mundo. Entonces, decidieron hacer algo especial. Convocaron a todo el pueblo y les propusieron un baile, un baile que llegaría hasta el cielo y alegraría el corazón de Ailén. Los Mapuches se reunieron en un claro del bosque, bajo la atenta mirada de los árboles. Se tomaron de las manos y comenzaron a moverse al ritmo de la música. Dieron vueltas y vueltas, como hojas arrastradas por el viento, y cantaron una melodía dulce y alegre: ¡la-la-la! Era el Baile Celestial, un baile lleno de energía y amor, un baile dedicado a Ailén.
Ailén miró el baile desde el cielo. Al principio, estaba sorprendida. No entendía por qué los Mapuches estaban haciendo tanto ruido. Pero luego, a medida que el baile continuaba, comenzó a sentir una calidez en su corazón. Vio la alegría en los rostros de los niños, la dedicación de los adultos y la sabiduría de los ancianos. Su corazón de vidrio se puso súper feliz. ¡Dejó de llorar! El sonido de su corazón se hizo fuerte y alegre, como una cascada cristalina.
Llena de alegría, Ailén quiso corresponder al gesto de los Mapuches. Movió su vestido, un vestido mágico tejido con hilos de luz y sueños. Su vestido tenía luces verdes, rojas y rosas, brillantes como gemas preciosas. Al moverse el vestido, las luces se desprendieron y volaron hacia el cielo, extendiéndose como una sábana mágica de colores. ¡Son las auroras australes! Un espectáculo de luz y color que ilumina las noches de las montañas.
Desde entonces, cada vez que los Mapuches miran al cielo y ven las auroras australes, recuerdan el baile que hicieron para Ailén. Saben que ella está ahí, observándolos y cuidándolos. Y si prestas atención a la luz, oyes el susurro de Ailén, un susurro suave y alegre que te dice que ella está feliz con el baile de los Mapuches de las gélidas montañas. Ella siempre estará agradecida por el baile y la conexión entre el cielo y la tierra, un vínculo mágico que une a Ailén y al pueblo Mapuche para siempre. Y si alguna vez sientes tristeza, recuerda mirar al cielo y escuchar el susurro de Ailén, porque ella siempre estará ahí para recordarte la belleza del mundo y la importancia de la alegría y la conexión con la naturaleza.
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