Escucha este cuento
Gratis · elige una vozAlejandro era un niño al que le fascinaban las ranas. Le encantaba su piel verde y brillante, sus ojos saltones y el croar que hacían al atardecer. Cada vez que tenía la oportunidad, pedía a sus padres que lo llevaran al campo, pues sabía que allí, entre los charcos y la hierba alta, encontraría a sus amigas las ranas.
Un sábado por la mañana, el sol brillaba con fuerza y el cielo estaba azul como un zafiro. Alejandro, emocionado, saltó de la cama y corrió a desayunar. "¡Hoy vamos al campo, hoy vamos al campo!" cantaba mientras mordisqueaba una tostada con mermelada. Sus padres, sonriendo ante su entusiasmo, asintieron. "Sí, Alejandro, hoy iremos a buscar ranas", dijo su mamá.
Después de preparar una mochila con una lupa, un bote de plástico (con agujeros, ¡por supuesto!) y una botella de agua, se subieron al coche y partieron hacia el campo. El viaje fue largo, pero Alejandro no se aburrió ni un segundo. Miraba por la ventana, imaginando todas las ranas que encontraría.
Al llegar al campo, Alejandro salió corriendo. Sus padres lo siguieron con calma, disfrutando del aire fresco y el canto de los pájaros. Alejandro se adentró en la hierba alta, buscando charcos y zonas húmedas. Levantaba piedras, revisaba debajo de las hojas y escuchaba atentamente cualquier sonido que pudiera indicar la presencia de una rana.
"¡Croac, croac!" Alejandro escuchó un sonido. Su corazón latió con fuerza. Con cuidado, se acercó al lugar de donde provenía el sonido. Allí, en un pequeño charco, vio a una pequeña rana verde. "¡Hola!" le dijo Alejandro suavemente. La rana lo miró con curiosidad y luego saltó al agua. Alejandro sonrió. Sabía que no debía molestarla, así que continuó su búsqueda.
Después de un rato, Alejandro se cansó un poco. Se sentó debajo de un árbol para descansar y beber agua. De repente, escuchó un pequeño ruido. "¡Pip, pip!" Alejandro miró a su alrededor y vio algo moverse entre la hierba. Con cuidado, se acercó y descubrió... ¡un pequeño conejo! El conejo era pequeño y peludo, con orejas largas y ojos grandes y brillantes. Parecía asustado y temblaba un poco.
Alejandro se quedó quieto, sin moverse, para no asustarlo más. Le habló suavemente, diciéndole que no le haría daño. El conejo, poco a poco, se fue relajando. Se acercó a Alejandro y le olisqueó la mano. Alejandro, con cuidado, lo acarició. El conejo era suave y cálido.
"¡Mamá, papá! ¡Miren lo que encontré!" gritó Alejandro. Sus padres se acercaron y se sorprendieron al ver al pequeño conejo. "¡Qué bonito!" dijo su mamá. "Parece que está perdido", añadió su papá.
Alejandro explicó a sus padres que había encontrado al conejo solo y asustado. Les suplicó que lo dejaran quedárselo. "Por favor, papá, mamá, lo cuidaré muy bien. Le daré comida y agua, y jugaré con él todos los días."
Sus padres se miraron. Sabían que Alejandro era un niño responsable y que amaba a los animales. Después de pensarlo un momento, asintieron. "Está bien, Alejandro", dijo su papá. "Puedes quedarte con el conejo, pero tendrás que cuidarlo muy bien."
Alejandro saltó de alegría. "¡Gracias, gracias!" abrazó a sus padres y luego volvió a acariciar al conejo. "Te llamaré Saltarín", le dijo.
Regresaron a casa con Saltarín. Le prepararon una pequeña jaula con heno y le dieron zanahorias frescas. Saltarín estaba feliz y comía con ganas. Alejandro pasó toda la tarde jugando con Saltarín. Le daba zanahorias, lo acariciaba y le contaba historias.
Por la noche, antes de dormir, Alejandro fue a ver a Saltarín. Le dio un beso en la nariz y le dijo: "Buenas noches, Saltarín. Descansa bien." Saltarín lo miró con sus ojos brillantes y movió sus orejas. Alejandro sonrió. Sabía que Saltarín sería un gran amigo.
Al día siguiente, Alejandro y sus padres volvieron al campo, al lugar donde habían encontrado a Saltarín. Buscaron por los alrededores, esperando encontrar a sus padres. Después de un rato, encontraron una madriguera con varios conejos. Dejaron a Saltarín cerca de la madriguera y se escondieron para observar.
Al poco tiempo, una coneja se acercó a Saltarín y lo olisqueó. Saltarín reconoció a su madre y corrió hacia ella. La coneja lo abrazó con sus patas y lo llevó de vuelta a la madriguera. Alejandro y sus padres sonrieron. Estaban felices de que Saltarín hubiera regresado a casa.
Aunque Alejandro extrañaba a Saltarín, sabía que estaba mejor con su familia. A partir de ese día, cada vez que iban al campo, Alejandro buscaba a Saltarín y a su familia. Los saludaba desde lejos y les dejaba zanahorias frescas. Y aunque no pudo quedarse con Saltarín, sabía que siempre serían amigos.
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