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En un pequeño pueblo donde las chimeneas siempre soltaban humo con olor a canela, nació un niño llamado Alexander. Pero Alexander no era como los demás niños. Cuando el médico apoyó el estetoscopio en su pecho, no escuchó el rítmico 'pum-pum' de un corazón de carne. En su lugar, escuchó un suave y melodioso 'clic-clac, rrr-rrr'. Alexander había nacido con un corazón de madera, un intrincado sistema de engranes tallados con la precisión de un relojero celestial.
Su madre, una mujer de manos cálidas y voz de terciopelo, le enseñó desde muy pequeño que su corazón era un tesoro frágil. «Debes cuidarlo, pequeño mío», le decía mientras le aplicaba una gota de aceite de almendras entre las costillas para que las piezas giraran sin fricción. «Tus emociones son el viento que mueve estos engranes. La alegría los hace girar con ligereza, pero la tristeza puede cubrirlos de polvo, y el enojo... el enojo podría astillarlos».
Alexander creció siendo un niño observador y silencioso. Mientras otros niños corrían y se daban empujones, él prefería caminar con cautela, protegiendo su pecho con la mano. Aprendió que las palabras de los demás tenían un peso real. Un día, un niño del mercado se burló de sus zapatos gastados. Alexander sintió un crujido seco en su interior; era un pequeño engrane de cedro que se había trabado. Esa noche, le costó respirar hasta que su madre le contó un cuento sobre la importancia de perdonar, y el engrane, liberado por la ternura, volvió a girar.

A los diez años, Alexander decidió emprender un viaje para entender mejor su propia naturaleza. En su camino conoció a un viejo carpintero que vivía en la montaña. El hombre, al ver el pecho del muchacho, no se asombró. «He visto muchos corazones, hijo», dijo el anciano. «La mayoría son de carne y se rompen con el silencio. El tuyo es de madera; se desgasta con el roce, pero también se puede reparar». El carpintero le enseñó que no todas las personas que encontraba debían entrar en su taller personal. «Hay gente que es como el papel de lija», advirtió, «te desgastan solo para ver qué hay debajo. Aprende a distinguir a quienes traen barniz para protegerte de quienes traen clavos para herirte».
En una ciudad gris, Alexander conoció a un hombre que siempre estaba apurado. Este hombre le gritó por caminar demasiado despacio, y Alexander sintió que sus engranes se llenaban de arena. Le dolió el pecho durante días. Fue entonces cuando comprendió la lección del carpintero: protegerse no era ser cobarde, sino ser sabio. Empezó a rodearse de personas que hablaban con suavidad y que miraban a los ojos, personas cuyos latidos, aunque diferentes, buscaban una armonía con el suyo.
Sin embargo, el mayor desafío de Alexander llegó una tarde de primavera en la biblioteca municipal. Allí, entre estanterías que olían a papel antiguo, conoció a Clara. Clara tenía una risa que sonaba como campanas de cristal y una forma de mover las manos que recordaba al vuelo de las mariposas. Cuando Clara le sonrió y le preguntó qué libro estaba leyendo, el corazón de Alexander hizo algo que nunca había hecho antes. Los engranes empezaron a girar a una velocidad vertiginosa. '¡Clac-clac-clac-clac!', sonaba tan fuerte que temió que Clara pudiera oírlo a través de su chaqueta.

Alexander se asustó. ¿Y si el mecanismo no resistía? ¿Y si la fricción de tanto girar terminaba por incendiar su pecho? Durante semanas intentó alejarse de ella, temiendo que el amor fuera la fuerza definitiva que terminara por romper sus delicadas piezas de madera. Pero Clara, con una paciencia infinita, se sentaba a su lado y simplemente compartía el silencio. Un día, ella tomó su mano y le susurró: «No tengas miedo de girar rápido. La madera que se mueve es madera que vive».
En ese momento, Alexander comprendió que su corazón no estaba diseñado para estar siempre a salvo en una caja de cristal. Estaba hecho para sentir, para desgastarse, para ser reparado y, sobre todo, para vibrar con la presencia de otro ser. Descubrió que cuando estaba con Clara, aunque los engranes giraran frenéticamente, no se astillaban; al contrario, parecían pulirse y brillar con una luz dorada.
Alexander creció y se convirtió en un hombre sabio. Su corazón de madera tenía ahora algunas marcas de uso, pequeñas cicatrices que él portaba con orgullo, pues cada una contaba una historia de aprendizaje. Ya no temía al amor ni a la intensidad de la vida, porque sabía que mientras tuviera a alguien que entendiera su ritmo, sus engranes nunca dejarían de girar, creando la música más hermosa que aquel pueblo jamás hubiera escuchado.
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