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En el salón de la tía Elena, el aire siempre olía a crayones nuevos y a plastilina de colores. Allí, entre castillos de bloques y canciones de cuna, vivía Alice. Alice era una niña de ojos grandes y profundos, como dos lagunas en calma que guardaban secretos brillantes. Alice veía el mundo de una manera muy especial: para ella, el roce de una bufanda podía sentirse como el abrazo de una nube, pero el ruido de una silla arrastrándose podía sonar como un trueno inesperado en medio de la tarde.
A veces, cuando el ruido del salón se volvía demasiado fuerte o cuando las palabras de sus compañeros se enredaban como hilos de lana, Alice sentía que su corazón se aceleraba. En esos momentos, las lágrimas brotaban de sus ojos sin que ella pudiera detenerlas. No era que estuviera enojada, simplemente su mundo interior necesitaba un momento de silencio para volver a ordenarse. Sus compañeros, al principio, se quedaban mirando en silencio, sin saber muy bien qué hacer.
—Alice está triste —decía Leo, un niño curioso con pecas en la nariz.
—No, Alice está abrumada —explicaba la tía Elena con una sonrisa dulce—. Su corazón habla un idioma que a veces no usa palabras.

Con el paso de los días, los niños de primera infancia empezaron a observar a Alice con otros ojos. Se dieron cuenta de que, aunque Alice no siempre respondía con un 'hola' tradicional, tenía talentos que parecían sacados de un libro de magia. El primero en descubrirlo fue Mateo. Un día, Alice estaba sentada en el rincón de los juegos. Frente a ella había un rompecabezas de quinientas piezas, un desafío que incluso a los adultos les costaba completar. Alice movía sus manos con una rapidez asombrosa. No dudaba. Tomaba una pieza azul con forma de ala y la encajaba perfectamente en el cielo del paisaje. Luego, una verde para el bosque.
—¡Miren! —exclamó Mateo—. ¡Alice ha terminado el bosque más rápido que un rayo!
Los niños se acercaron, maravillados. Alice no dijo nada, pero una pequeña sonrisa iluminó su rostro mientras pasaba sus dedos sobre la superficie lisa del rompecabezas terminado. Sus manos tenían una conexión especial con las formas y los colores.
Pero lo que más le gustaba a Alice eran los cuentos. Cuando la tía Elena abría un libro grande, Alice se sentaba en primera fila, con la espalda muy recta y los ojos fijos en las ilustraciones. Ella no interrumpía, no hacía preguntas, pero su atención era tan profunda que parecía que podía entrar en las páginas. Un día, cuando la maestra terminó de leer la historia de un dragón que no sabía escupir fuego, Alice se levantó y, con sus manos, empezó a imitar el vuelo del dragón con una elegancia que dejó a todos mudos. Sus compañeros entendieron que Alice no solo escuchaba los cuentos, los vivía con cada fibra de su ser.

Sin embargo, lo más divertido era cuando llegaba la hora del recreo. Alice amaba saltar. Para ella, saltar no era solo un juego; era como volar por un segundo, como sacudirse las preocupaciones y sentir el viento en las mejillas. Alice saltaba con un ritmo constante: ¡pum, pum, pum! Sus pies golpeaban el suelo y ella se elevaba con los brazos extendidos, como si quisiera tocar el sol.
—¡Alice, enséñanos a saltar tan alto! —gritó Sofía, una niña que siempre llevaba coletas.
Alice miró a Sofía y, por primera vez, tomó su mano. No hubo palabras, solo un salto compartido. Pronto, todos los niños estaban en el patio, formando un círculo alrededor de Alice, saltando al unísono. ¡Pum, pum, pum! El patio se llenó de risas y de la energía vibrante de los saltos. En ese momento, ya no importaba que Alice a veces llorara o que no hablara tanto como los demás. Sus compañeros la reconocían por su asombrosa memoria para los rompecabezas, por su amor profundo por las historias y por la alegría contagiosa de sus saltos.
Esa tarde, cuando los padres fueron a buscar a los niños, Leo corrió hacia su mamá y le dijo:
—Hoy Alice nos enseñó a volar sin despegar mucho del suelo. Ella es la mejor armando mundos y saltando hacia las nubes.
Alice, que caminaba hacia la salida, escuchó a Leo y sintió que su mundo de colores era, por fin, compartido por todos sus amigos. Ya no era solo la niña que a veces lloraba; era Alice, la maestra de los rompecabezas, la guardiana de los cuentos y la niña que sabía que, a veces, un buen salto es la mejor forma de decir 'estoy feliz'.
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