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Había una vez una dama llamada Alicia. Ella tenía pelo rubio como el sol y ojos claros como el cielo de la mañana. Ella vivía con su abuela, llamada Clara. Vivían en una chosa de madera en el campo de Montevideo, rodeadas de árboles y pajaritos cantores. A Alicia le encantaba recoger flores silvestres y a Clara le gustaba tejer mantas de colores. Su casita, aunque sencilla, estaba llena de amor y risas.
Un día, el cielo se oscureció y el viento comenzó a aullar. Una gran tormenta se acercaba. Alicia y Clara, asustadas, corrían por todos lados, intentando asegurar las ventanas y recoger sus cosas más importantes. El viento soplaba con tanta fuerza que los árboles se doblaban como si fueran de goma. De repente, un rayo iluminó el cielo y un trueno retumbó con fuerza. ¡La tormenta había llegado!
La pequeña chosa temblaba bajo la furia del viento y la lluvia. Las maderas crujían y gemían. Alicia, abrazada a su abuela, cerraba los ojos con fuerza, rezando para que la tormenta pasara pronto. Pero la fuerza de la naturaleza era imparable. Con un estruendo terrible, parte del techo se derrumbó. Alicia y Clara, aterrorizadas, lograron salir con vida de la casa, pero las maderas volaron por todos lados, como si fueran hojas secas. Su casita de madera quedó destruida, reducida a un montón de escombros.
Con el corazón apesadumbrado, Alicia y Clara subieron al auto que, por suerte, no había sido alcanzado por la tormenta. Era un auto viejo, pero funcionaba bien. Condujeron lentamente hacia la ciudad, dejando atrás su hogar destruido. Estaban tristes y asustadas, pero sabían que tenían que ser fuertes y encontrar una solución.
En la ciudad, buscaron un lugar donde hospedarse. Después de preguntar en varios sitios, consiguieron una casa pequeña pero acogedora para hospedarse durante una semana. La dueña era una señora amable que se compadeció de su situación. Alicia y Clara se sintieron un poco más seguras, pero seguían preocupadas por el futuro.
Un día, mientras caminaban por la calle, se encontraron con un pastor llamado Pedro. Era un hombre alto y fuerte, con una barba larga y blanca. Pedro las saludó con una sonrisa amable y les preguntó si necesitaban ayuda.
"Señora," dijo Pedro, "¿en qué puedo ayudarles?"
Clara, con lágrimas en los ojos, le contó su historia: la tormenta, la casita destruida, la falta de un hogar.
Pedro escuchó atentamente y luego dijo: "Señora, ¿me permite ayudarles? Podría arreglar su hogar, si me da unos pesitos para comprar los materiales."
Clara, con el corazón lleno de esperanza, dijo que sí. Le preguntó a Pedro si realmente podía reconstruir su casita en menos de una semana. Pedro asintió con la cabeza y le aseguró que haría todo lo posible.
La señora aceptó la ayuda de Pedro. Alicia, aunque un poco desconfiada al principio, sintió que podía confiar en él. Pedro parecía un hombre bueno y honesto.
Pasaron días y días, noches y noches. Pedro trabajaba sin descanso, desde el amanecer hasta el anochecer. Cortaba madera, clavaba tablas, pintaba paredes. Alicia y Clara lo ayudaban en lo que podían, llevando agua, limpiando el desorden, animándolo con palabras de aliento.
El sábado llegó. Pedro, con una sonrisa radiante, se acercó a Alicia y Clara.
"Señora," dijo Pedro, "¡está lista su casa!"
Alicia y Clara, emocionadas, corrieron al campo, siguiendo a Pedro. A medida que se acercaban, vieron una casita nueva, brillante y hermosa. Era aún mejor que la anterior. Las paredes eran de madera pintada de blanco, el techo era de tejas rojas y las ventanas tenían cortinas de encaje.
"¡Hermosa!" exclamó Alicia, con los ojos llenos de alegría.
Clara, con lágrimas de emoción corriendo por sus mejillas, abrazó a Pedro con fuerza.
"¡Gracias, gracias, gracias!" dijo Clara, con la voz temblorosa. "¡No sé cómo agradecerle!"
Para celebrar la reconstrucción de su hogar, Clara hizo jugo de frutas para todos y preparó un delicioso pastel de moras. Alicia recogió flores silvestres para decorar la mesa. Comieron y rieron juntos, sintiéndose felices y agradecidos por la bondad de Pedro.
Desde ese día, Alicia, Clara y Pedro se convirtieron en grandes amigos. Pedro visitaba su casita a menudo, y Alicia y Clara lo ayudaban con su rebaño de ovejas. Aprendieron que, incluso después de las tormentas más terribles, siempre hay esperanza y que la bondad de los demás puede iluminar los días más oscuros. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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