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Alicia era una niña de diez años con una curiosidad tan vasta como su colección de envoltorios de caramelos. Tenía el cabello castaño y rizado, que siempre llevaba en una coleta desordenada, y unos ojos color avellana que brillaban cuando encontraba un nuevo tesoro. Sin embargo, Alicia guardaba un secreto: para ella, el ritual nocturno de cepillarse los dientes era una pérdida de tiempo monumental. Prefería mil veces leer sobre galaxias lejanas que enfrentarse al espejo con un cepillo en la mano.
Una noche, tras devorar un chocolate especialmente pegajoso, Alicia se quedó dormida sin pasar por el baño. De repente, sintió una vibración bajo su almohada. Al abrir los ojos, no estaba en su habitación. Se encontraba frente a una muralla blanca y reluciente, tan alta que rozaba un cielo de color rosado. El aire olía a menta fresca, pero algo andaba mal. Manchas de un color purpúreo y pegajoso trepaban por las paredes, y el suelo crujía bajo sus pies.
—¡Cuidado con el almíbar ácido! —gritó una voz diminuta.
De detrás de una columna de mármol salió Berto, un duende de apenas diez centímetros de altura, con piel azulada y alas que recordaban a las de una libélula. Berto vestía una armadura de plata que parecía haber visto mejores tiempos.
—¿Quién eres? ¿Y dónde estoy? —preguntó Alicia, ajustándose su vestido de peto turquesa.
—Estás en la Ciudad de Marfil —respondió Berto con tristeza—. O lo que queda de ella. Yo soy el Guardián del Esmalte. Estos muros que ves son los pilares que sostienen la salud de este mundo. Pero los Goblins de Azúcar han lanzado una invasión. Aprovechan el descuido de los Gigantes para construir sus fortalezas de sarro y perforar nuestros túneles.
Alicia observó horrorizada cómo un grupo de criaturas pequeñas y viscosas, de color violeta oscuro, picaban la base de una torre blanca. Cada golpe dejaba un agujero negro que se expandía como una mancha de tinta.

—¡Eso debe de doler! —exclamó Alicia.
—Es una agonía —suspiró Berto—. Si no detenemos la erosión, la Ciudad de Marfil se derrumbará. Necesitamos el Gran Escudo de Espuma, pero mi batallón ha perdido sus herramientas. Los Goblins las robaron todas.
Alicia recordó que, en su bolsillo, llevaba un objeto que había encontrado en el jardín esa tarde: un cepillo de cerdas plateadas que le había parecido un juguete. Al sacarlo, el cepillo comenzó a brillar con una luz blanca intensa. Berto abrió los ojos de par en par.
—¡El Cetro de la Limpieza Profunda! Con eso podríamos repeler el ácido y restaurar el esmalte. Pero eres solo una, y ellos son miles.
Alicia miró a los otros guardianes, que observaban con esperanza desde las sombras. Eran cientos, pero estaban desarmados. Alicia comprendió que su tesoro no servía de nada si solo ella sabía usarlo. El valor de la posesión palidecía ante la urgencia de la necesidad ajena.
—No soy solo una —dijo Alicia con determinación—. Berto, si dividimos las cerdas de este cetro y las unimos a vuestras lanzas, todos tendréis el poder de limpiar. Yo os enseñaré la técnica del Escudo Circular.
Alicia, con paciencia, comenzó a desarmar la parte superior de su cepillo mágico. No fue fácil desprenderse de su objeto favorito, pero al ver cómo cada guardián recibía un fragmento brillante, sintió una calidez que ningún caramelo podría igualar.

—¡Escuchad! —anunció Alicia—. El secreto no es la fuerza, sino el movimiento. ¡Arriba, abajo y en círculos! No dejéis ningún rincón sin cubrir, especialmente donde los Goblins se esconden a oscuras.
Liderados por Alicia, los guardianes cargaron contra los Goblins de Azúcar. Por cada movimiento circular que realizaban, una nube de espuma refrescante envolvía a los enemigos, disolviendo su pegajosidad y haciéndolos huir hacia las profundidades. Las manchas púrpuras desaparecieron, y los agujeros en las torres comenzaron a sellarse con una nueva capa de cristalina protección.
Tras horas de trabajo en equipo, la ciudad volvía a brillar. Berto se acercó a Alicia y le entregó un pequeño fragmento de marfil pulido.
—Gracias, Alicia. No solo por la herramienta, sino por compartir tu conocimiento y tu valentía. Has salvado nuestro mundo.
—He aprendido que cuidar de algo es una tarea que nunca termina —respondió ella, mirando sus propias manos—. Y que compartir lo que tenemos multiplica nuestras fuerzas.
Alicia despertó con el sol entrando por la ventana. Sintió una extraña sensación de pesadez en la boca y, sin perder un segundo, corrió al baño. Tomó su cepillo real, recordó el movimiento circular y cepilló cada rincón con una sonrisa. Al terminar, vio a su hermano pequeño, Lucas, peleando con su propio cepillo. Alicia se acercó, le puso una mano en el hombro y le dijo:
—Ven, Lucas. Déjame enseñarte el baile de la Ciudad de Marfil. Si lo hacemos juntos, será más divertido.
Compartir nuestras herramientas y cuidados es la mejor forma de proteger los tesoros que todos poseemos.
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- ¿Qué representaban las torres blancas de la Ciudad de Marfil en la vida real?
- ¿Por qué fue importante que Alicia compartiera las cerdas de su cepillo mágico con los guardianes?
- ¿Qué lección aprendió Alicia sobre el cuidado de sus dientes al final de la historia?
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