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Alicia era una niña con una curiosidad que no cabía en su sombrero de paja. Un día soleado, mientras leía un libro aburrido bajo un árbol enorme, algo insólito llamó su atención. ¡Un conejo blanco! Pero no era un conejo cualquiera. Llevaba un chaleco elegante, un reloj de bolsillo que consultaba con prisa, y murmuraba: "¡Llego tarde, llego tarde! ¡No puedo llegar tarde!"
Alicia, olvidando por completo su libro, se levantó de un salto. "¡Un conejo que habla y lleva reloj!", pensó, "¡Esto sí que es interesante!" Sin pensarlo dos veces, siguió al conejo blanco, que saltó a través de un agujero bajo las raíces del árbol.
"¡Espera!", gritó Alicia, pero ya era demasiado tarde. El conejo había desaparecido. La curiosidad, como un cosquilleo irresistible, la impulsó a acercarse al agujero. Era más grande de lo que parecía, oscuro y misterioso. "Bueno", se dijo Alicia, "quizás sólo le echo un vistazo".
Pero apenas asomó la cabeza, sintió que perdía el equilibrio. ¡Y cayó! No una caída corta, no señor. Cayó, y cayó, y cayó. Era como si estuviera dentro de un pozo sin fondo, una madriguera interminable. Al principio, sintió un poco de miedo, pero luego, como era una niña muy práctica, empezó a observar.
Las paredes de la madriguera estaban llenas de estanterías con libros y mapas, y de cuadros colgados que parecían sonreírle. Alicia intentó agarrar un tarro de mermelada que pasó volando a su lado, pero no lo logró. "¡Qué raro!", exclamó, "¡Es la caída más rara que he tenido en mi vida!"
Después de lo que parecieron horas, Alicia aterrizó suavemente sobre un montón de hojas secas. Se levantó, se sacudió el polvo y miró a su alrededor. Estaba en un salón redondo con muchas puertas. En el centro, había una mesa pequeña de cristal con una llave dorada encima.
Alicia probó la llave en cada una de las puertas, pero ninguna abría. Entonces, vio una cortina pequeña detrás de la cual se escondía una puerta diminuta. ¡La llave dorada encajaba perfectamente! Alicia abrió la puerta y miró a través. Vio el jardín más hermoso que jamás había imaginado: flores de colores brillantes, fuentes de agua cristalina y árboles frutales que parecían sacados de un sueño.
"¡Oh, qué maravilla!", exclamó Alicia, "¡Quiero entrar ahí!" Pero la puerta era demasiado pequeña. Intentó encogerse, pero no lo logró. Desanimada, se sentó y empezó a llorar.
De repente, vio una botella pequeña sobre la mesa con una etiqueta que decía: "Bébeme". Alicia, a pesar de ser una niña prudente, pensó que no tenía nada que perder. Bebió un sorbo y, ¡oh sorpresa!, empezó a encogerse. ¡Cada vez era más pequeña!
Cuando tuvo el tamaño adecuado, corrió hacia la puerta diminuta y entró en el jardín. Pero, ¡ay!, había olvidado la llave dorada. Ahora era demasiado pequeña para alcanzarla.
Mientras Alicia intentaba pensar en una solución, escuchó un ruido. Era el conejo blanco, que pasaba corriendo, aún mirando su reloj. "¡La duquesa! ¡La duquesa! ¡Me va a cortar la cabeza!", gritaba.
Alicia, decidida a no quedarse atrapada en el jardín, corrió tras el conejo. Quizás él podría ayudarla. "¡Señor conejo! ¡Señor conejo! ¡Espere!", gritó Alicia.
El conejo se detuvo en seco. "¡Oh, no! ¡Otra vez tú! ¿Qué quieres ahora?", preguntó con impaciencia.
"He entrado en el jardín, pero he olvidado la llave", explicó Alicia con voz temblorosa.
El conejo blanco suspiró. "¡Siempre es lo mismo contigo! Está bien, te ayudaré. Pero tienes que prometerme que no me seguirás más."
Alicia asintió con la cabeza. El conejo blanco, con su largo hocico, alcanzó la llave dorada y se la entregó a Alicia. Ella abrió la puerta y salió del jardín, volviendo al salón redondo.
Ahora, tenía que encontrar una forma de volver a su tamaño normal. Sobre la mesa, vio un pastel con una etiqueta que decía: "Cómeme". Alicia, recordando lo que había pasado con la botella, dudó. Pero la curiosidad, una vez más, pudo más que ella. Mordió un trozo del pastel y, ¡oh sorpresa!, empezó a crecer. ¡Cada vez era más grande!
Creció tanto que llenó todo el salón. Sus brazos y piernas se extendían por todas partes. Estaba atrapada. Empezó a llorar, pensando que nunca volvería a ver su casa.
De repente, escuchó voces. Eran el conejo blanco, la duquesa y un grupo de criaturas extrañas que se asomaban por las puertas del salón. Estaban muy asustados al ver a Alicia tan grande.
La duquesa gritó: "¡Esa niña es una amenaza! ¡Hay que sacarla de aquí!"
El conejo blanco, temblando, le arrojó un guante a Alicia. Pero al impactar contra su mano, Alicia se sintió extraña. Parecía que estaba volviendo a su tamaño normal.
Poco a poco, se encogió hasta volver a ser una niña normal. Asustada por la multitud, corrió hacia una de las puertas y, sin pensarlo, salió corriendo. Corrió y corrió hasta que vio el agujero del árbol.
Sin dudarlo, saltó dentro. Esta vez, la caída fue corta. Se encontró de nuevo bajo el árbol, con su libro abierto a su lado. ¿Había sido todo un sueño? Miró a su alrededor. No había rastro del conejo blanco, ni del salón redondo, ni del jardín maravilloso.
Alicia suspiró. Quizás sí había sido un sueño. Pero un sueño muy, muy extraño. Cerró su libro y sonrió. Sabía que nunca olvidaría su aventura en la madriguera mágica. Y aunque quizás nunca volviera a ver al conejo blanco, la curiosidad, esa pequeña chispa que la había llevado a la madriguera, seguiría brillando dentro de ella, lista para llevarla a nuevas y emocionantes aventuras.
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