Escucha este cuento
Gratis · elige una vozAmelia estaba nerviosa. Muy, muy nerviosa. Hoy era el día. El día en que conocería a su hermana pequeñita. Durante nueve largos meses, su mamá había tenido una barriga enorme donde, según le explicaron, se estaba horneando su hermanita. Amelia imaginaba algo grande, quizás del tamaño de su osito Bernardo. Pero, ¿cómo sería de verdad?
Su papá la tomó de la mano y entraron al hospital. El olor a limpio y a medicina revoloteaba en el aire. Llegaron a una habitación donde su mamá estaba sentada en una cama grande, sonriendo. Amelia corrió a abrazarla con cuidado.
"Hola, mi amor," dijo su mamá. "¿Estás lista para conocer a tu hermana?"
Amelia asintió, con el corazón latiendo como un tambor. Su mamá señaló una pequeña cunita al lado de la cama. Dentro, envuelta en una manta color crema, dormía un bultito diminuto. Su papá levantó suavemente a la bebé y se la acercó a Amelia.
Amelia parpadeó. ¡Era tan pequeña! Era como… una pequeña pepita de ají, pensó Amelia. Arrugadita y roja, con un gorrito blanco que le tapaba casi toda la carita.
"Se llama Sofía," susurró su mamá. "¿Te gusta?"
Amelia se acercó aún más. Sofía tenía unos labios diminutos y unas pestañas casi invisibles. Su respiración era suave como el aleteo de una mariposa.
"¡Es muy… pequeña!" exclamó Amelia, con los ojos muy abiertos.
Su papá sonrió. "Sí, es muy pequeña ahora. Pero crecerá, como tú."
Amelia estiró un dedo con cuidado y tocó la manita de Sofía. Era suave, muy suave. Sofía se removió un poco y abrió los ojos. ¡Eran azules! Un azul profundo y brillante.
Amelia se quedó embelesada. Nunca había visto unos ojos tan bonitos. Sofía la miró fijamente, como si la reconociera. Y entonces, Sofía sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero una sonrisa al fin y al cabo.
"¡Mamá, me sonrió!" gritó Amelia, emocionada.
Su mamá se rió. "Claro que sí, mi amor. Te quiere conocer."
Amelia se sentó en una silla al lado de la cama y observó a Sofía durante un largo rato. Le parecía increíble que una personita tan pequeña pudiera ser tan importante. Le contó historias de su osito Bernardo, de su escuela y de su jardín favorito. Aunque Sofía no entendía ni una palabra, Amelia sentía que la escuchaba atentamente.
Después de un rato, Sofía empezó a llorar. Un llanto suave al principio, que fue aumentando hasta convertirse en un berrido. Amelia se asustó un poco.
"¿Qué le pasa?" preguntó, preocupada.
"Tiene hambre," explicó su mamá. "Es hora de comer."
Amelia observó con fascinación cómo su mamá le daba el pecho a Sofía. Era algo nuevo y extraño para ella, pero a la vez le parecía muy tierno y especial. Vio cómo Sofía se calmaba y se dormía plácidamente en los brazos de su mamá.
De repente, Amelia sintió un poco de celos. ¿Su mamá la querría igual ahora que tenía a Sofía? ¿Tendría tiempo para jugar con ella, para leerle cuentos antes de dormir?
Su mamá, como si le hubiera leído el pensamiento, le sonrió a Amelia y le hizo una señal para que se acercara. "Ven aquí, mi amor," le dijo. "Siempre tendré tiempo para ti. Las mamás tienen un corazón muy grande, sabes. Siempre hay espacio para más amor."
Amelia se acurrucó junto a su mamá y le dio un beso en la mejilla. Se sentía mucho mejor. Sabía que su vida había cambiado, pero también sabía que el amor de su mamá era infinito.
En los días siguientes, Amelia ayudó a cuidar a Sofía. Le cantaba canciones de cuna, le hacía cosquillas en los pies y le leía cuentos. A veces, Sofía lloraba mucho y Amelia se sentía frustrada. Pero su mamá le recordaba que Sofía era pequeña y necesitaba mucho amor y paciencia.
Poco a poco, Amelia aprendió a querer a Sofía con todo su corazón. Ya no era solo una pequeña pepita de ají. Era su hermana, su compañera de juegos, su mejor amiga para siempre.
Y aunque a veces se peleaban por los juguetes o por la atención de sus padres, Amelia sabía que siempre se tendrían la una a la otra. Porque eso es lo que hacen las hermanas, ¿verdad? Se quieren, se cuidan y se apoyan siempre, sin importar qué.
Un día, Amelia le preguntó a su mamá: "Mamá, ¿alguna vez fui tan pequeña como Sofía?"
Su mamá sonrió. "Sí, mi amor. Y te amamos desde el primer momento."
Amelia abrazó a Sofía con fuerza. "Yo también te amo, pequeña ajicita," le susurró al oído. Y Sofía, como si entendiera, le sonrió de nuevo. Una sonrisa que llenó el corazón de Amelia de alegría y amor.
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