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Gratis · elige una vozAnacleto el esqueleto era el esqueleto más travieso de todo el Castillo Crujiente. Vivía en la torre más alta, rodeado de telarañas y murciélagos dormilones, y le encantaba jugar. Su juego favorito era correr por los pasillos, haciendo sonar sus huesos al chocar contra las paredes, y esconderse detrás de las armaduras para asustar a los fantasmas que pasaban flotando. Le encantaba saltar desde las almenas, imitando a los cuervos, aunque a veces aterrizaba de forma un poco... desarticulada.
Un día, mientras jugaba a ser un acróbata esquelético (una actividad que no contaba con la aprobación de la Señora Calavera, la fantasma que limpiaba el castillo), Anacleto intentó un salto mortal desde una pila de libros antiguos. No salió como esperaba. En lugar de aterrizar con gracia, ¡CRAC! Oyó un sonido espantoso. Se había fracturado uno de los huesitos de la mano. ¡Ay, ay, ay! gritó Anacleto, sosteniéndose la mano con la otra.
"¡Esto es el colmo, Anacleto!" exclamó la Señora Calavera, apareciendo flotando a su lado. "¡Siempre con tus travesuras! Ahora, al médico esquelético, ¡y espero que aprendas una lección!"
Así que, con la mano colgando y con la Señora Calavera gruñendo a su lado, Anacleto se dirigió al consultorio del Doctor Huesitos, un esqueleto muy serio con gafas redondas y una bata blanca impecable.
El Doctor Huesitos examinó la mano de Anacleto con una lupa. "¡Vaya, vaya!" dijo, moviendo su cráneo de un lado a otro. "Una fractura limpia. Necesitamos un yeso."
Y así, Anacleto se encontró con la mano envuelta en un yeso blanco y grande. ¡Era muy incómodo! No podía jugar a las escondidas tan bien como antes, y era imposible hacer cosquillas a los murciélagos dormilones.
Antes de dejar el consultorio, el Doctor Huesitos le dio a Anacleto tres consejos muy importantes para cuidar sus huesos:
"Primero, Anacleto," dijo el Doctor Huesitos con voz grave, "¡debes comer alimentos ricos en calcio! ¡Leche de murciélago, queso de telaraña y yogur de fantasma son excelentes opciones!"
"Segundo," continuó el Doctor Huesitos, "¡necesitas tomar el sol! Los huesos necesitan vitamina D para mantenerse fuertes. ¡Así que, sal a la torre más alta y disfruta de los rayos del sol (con protector solar para esqueletos, por supuesto)!"
"Y tercero, y esto es lo más importante," concluyó el Doctor Huesitos, "¡debes ser más cuidadoso! ¡No saltes desde pilas de libros, no te cuelgues de las lámparas y no intentes hacer malabares con calabazas! ¡Tus huesos te lo agradecerán!"
Anacleto escuchó atentamente los consejos del Doctor Huesitos. Prometió ser más cuidadoso y seguir todas sus instrucciones.
De vuelta en el Castillo Crujiente, Anacleto intentó seguir los consejos del Doctor Huesitos. Empezó a beber leche de murciélago (aunque no le gustaba mucho), comió queso de telaraña (que tenía un sabor un poco extraño) y se sentó en la torre más alta para tomar el sol. Al principio, era muy aburrido. ¡No podía jugar como antes!
Pero pronto, Anacleto encontró nuevas formas de divertirse. Descubrió que podía usar su yeso como un tambor, golpeándolo con sus dedos huesudos para crear ritmos espeluznantes. También aprendió a pintar en su yeso con tinta de calamar, creando obras de arte esqueléticas. Y, lo más importante, aprendió a jugar con más cuidado.
Ya no saltaba desde las almenas ni se colgaba de las lámparas. En su lugar, jugaba a las damas con la Señora Calavera (aunque ella siempre ganaba), leía cuentos de fantasmas a los murciélagos dormilones y organizaba concursos de disfraces de esqueletos (donde siempre ganaba él, por supuesto).
Después de unas semanas, el yeso de Anacleto fue retirado. Su mano estaba completamente curada. Anacleto estaba muy feliz de poder jugar de nuevo con normalidad. Pero nunca olvidó los consejos del Doctor Huesitos. Siempre recordaba comer alimentos ricos en calcio, tomar el sol y, sobre todo, ¡jugar con mucho cuidado!
Desde ese día, Anacleto siguió siendo un esqueleto travieso, pero un esqueleto travieso y cuidadoso. Aprendió que jugar es divertido, pero que cuidar sus huesos es aún más importante. Y así, Anacleto vivió feliz para siempre en el Castillo Crujiente, jugando y cuidando sus huesos, ¡siempre con una sonrisa esquelética!
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