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Gratis · elige una vozEn el distrito andino de Catilluc, allá en la región de Cajamarca, donde el cielo se abre inmenso y los nevados custodian los sueños, vivía Aquel. No era un burro joven ni fuerte, más bien viejo y peludo, conocido por ser *landoso*. Aquel, decían, era más testarudo que una mula en bajada, pero su corazón era tan grande como la puna.
Por años, Aquel había sido el compañero fiel de la familia Quispe. Con ellos había arado la tierra para sembrar papas, cargado sacos llenos hasta la casa, y ayudado a llevar las ovejas a pastar. Ahora, sus huesos crujían con cada paso, y su lomo ya no soportaba grandes pesos. Pero seguía siendo Aquel, el burro de los Quispe, el burro de Catilluc.
Los días en Catilluc comenzaban con el silbido del viento entre el ichu y el canto lejano de un gallo. La señora Elena, con sus manos curtidas por el sol y el trabajo, preparaba el desayuno: una sopa caliente de quinua que llenaba la casa con su aroma reconfortante. Don Santiago, su esposo, revisaba a Aquel, acariciándole el hocico con cariño. "Ya estás viejo, Aquelito," le decía, "pero sigues siendo el mejor."
Los niños, Anita y Mateo, eran quienes más consentían a Aquel. Aunque sabían de su fama de *landoso*, ellos lo querían como a un miembro más de la familia. Le cepillaban su pelaje áspero, le ofrecían pedazos de zanahoria robados de la cocina, y se sentaban a su lado a contarle sus secretos. Aquel, con sus grandes ojos marrones, los escuchaba pacientemente, moviendo sus orejas como si entendiera cada palabra.
Un día, mientras Anita y Mateo jugaban cerca del corral, un grupo de turistas llegó al pueblo. Se maravillaron con el paisaje, con las casas de adobe y tejas rojas, y con las llamas que pastaban tranquilamente en las laderas. Uno de los turistas, al ver a Aquel, se acercó con curiosidad. "¡Qué burro tan viejo!", exclamó. "¿Todavía lo usan para trabajar?"
Don Santiago, que pasaba por allí, respondió con orgullo: "Aquel ya no trabaja como antes. Pero él es parte de nuestra familia. Él nos ha ayudado mucho a lo largo de los años. Le debemos mucho respeto."
El turista, sorprendido por la respuesta, se disculpó. Entendió que Aquel no era solo un animal de carga, sino un símbolo de la historia y el esfuerzo de la gente de Catilluc.
Doña Rosa, la anciana del pueblo, recordaba cuando Aquel era joven y fuerte. Ella fue su primera dueña, antes de que pasara a manos de los Quispe. Recordaba cómo Aquel la llevaba al mercado de Cajamarca, atravesando caminos peligrosos y soportando largas jornadas. Recordaba cómo Aquel le había salvado la vida una vez, cuando una avalancha de lodo amenazó con arrastrarla. Aquel, con su fuerza y valentía, la había empujado fuera del peligro.
Esa noche, Doña Rosa le contó a los niños la historia de Aquel. Les habló de su lealtad, su paciencia y su espíritu incansable. Les enseñó que la verdadera belleza no está en la juventud o la fuerza, sino en el corazón y el servicio.
Aquel, escuchando la historia desde su corral, relinchó suavemente. Era un relincho de agradecimiento, de reconocimiento. Sabía que su vida había tenido un propósito, que había dejado una huella en el corazón de la gente de Catilluc.
El tiempo siguió su curso en Catilluc. Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, y los meses en años. Aquel, aunque cada vez más viejo y cansado, seguía siendo el burro de corazón andino. Ya no cargaba papas ni ovejas, pero seguía siendo un símbolo de la perseverancia y la sabiduría ancestral.
Un atardecer, mientras el sol se despedía tiñendo los nevados de color naranja, Aquel se recostó en el pasto, cerró sus ojos lentamente y se quedó dormido para siempre. Su cuerpo se fundió con la tierra que tanto había amado, y su espíritu se elevó hacia el cielo inmenso de Catilluc.
Los habitantes del pueblo lo despidieron con tristeza, pero también con gratitud. Sabían que Aquel había vivido una vida plena, sirviendo con amor y humildad. Lo enterraron bajo un viejo árbol de molle, donde el viento susurraba canciones de despedida. Y en su memoria, plantaron un pequeño jardín de flores silvestres, para que su recuerdo floreciera eternamente en el corazón de Catilluc.
Anita y Mateo aprendieron una valiosa lección: que la verdadera grandeza no reside en la fuerza física, sino en la bondad y la fidelidad. Y que incluso el burro más *landoso* puede tener un corazón de oro.
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