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Gratis · elegí una vozEl país de Arcadia, hogar de millones de almas, alguna vez había sido un territorio bendecido por el agua. Durante décadas, los ríos descendían caudalosos desde las montañas, sin embargo con el paso de los años, una sequía extraña comenzó a instalarse. Al inicio solo fueron ríos que bajaban menos llenos, pozos que tardaban semanas en recuperarse, grietas pequeñas en las orillas de los cultivos. La mayoría lo atribuyó a un cambio de estación o a un capricho pasajero del clima. Sin embargo, la sequía no se retiró. Año tras año se volvió más persistente, más profunda, más inquietante.
Y aun así, algo no cuadraba.
La escasez no golpeaba a todos por igual.
Aunque Arcadia era una sola ciudad, un enorme puente la dividía y despues de tantos años de sequia, parecian dos mundos completamente distintos. Cualquiera que lo cruzara podía sentir que estaba viajando entre dos países opuestos.
Al norte se extendía Aurea Civitas, el distrito dorado. Allí el agua corría con descarada abundancia: fuentes danzaban en las plazas, riachuelos artificiales serpenteaban entre jardines privados, y las mansiones brillaban a la luz del sol gracias a piscinas que reflejaban el cielo. A primera vista, cualquiera juraría que el clima era generoso con esa parte de Arcadia.
Pero la verdad era otra.
Aquella abundancia no venía del cielo.
Al sur, en Longe a Deo (Lejos de Dios) la realidad era devastadora. La tierra estaba tan reseca que se quebraba como piel herida. Los pozos se habían convertido en huecos silenciosos, las ollas chocaban vacías al mediodía, y había noches en que la gente se acostaba sin poder lavarse la cara.
Las madres guardaban migas de agua para cocer un puñado de maíz; los ancianos repetían que jamás habían visto una sequía tan cruel.
Hace décadas, Arcadia no estaba dividida y el puente no separaba mundos; solo unía dos orillas que compartían el mismo río, entonces administrado por el antiguo Consejo de Aguas, una institución comunitaria donde norte y sur participaban bajo reglas colectivas. Sin embargo, cuando el Consejo se debilitó por corrupción y presiones económicas, la élite de Aurea Civitas aprovechó una sequía moderada para acusar al sur de ser ineficiente y exigir autonomía hídrica. El rey, temiendo un conflicto interno, firmó el Acuerdo del Puente, que otorgó al norte el control administrativo de la infraestructura y convirtió un recurso común en un sistema jerárquico. Lo que empezó como una medida temporal se transformó en una división estructural: el norte construyó canales y reservorios “nacionales” que, en la práctica, solo ellos administraban, hasta que Magnus Kaelthorne heredó esa red y la absorbió dentro de HydraCore. Desde entonces, el agua pasó de ser un bien de todos a una mercancía regida por el poder del norte, y aunque cruzar el puente seguía siendo posible, se hacía bajo vigilancia, permisos y controles que recordaban a cada viajero que Arcadia ya no era una sola ciudad, sino un territorio partido por la desigualdad
Ann había crecido en el corazón del sur, donde la tierra se agrietaba como una herida abierta y donde cada familia aprendía desde pequeña a racionar hasta la última gota. Su determinación no venía de privilegios ni de secretos, sino de haber visto a su propia comunidad resistir la sed día tras día. Desde niña desarrolló una sensibilidad feroz hacia la injusticia: sabía que la sequía no era natural, que había algo —o alguien— detrás del sufrimiento de su gente.
Con el tiempo, esa intuición se convirtió en una necesidad urgente de actuar. Por eso lideraba un pequeño grupo de diez jóvenes del sur: pocos, sí, pero unidos por la esperanza y por el deseo de descubrir qué estaba ocurriendo realmente con el agua. No tenían recursos, ni influencia, ni poder político; lo único que tenían era la convicción de que ya no podían esperar a que otros resolvieran lo que las autoridades ignoraban.
Ann no era la más fuerte del grupo ni la más elocuente; pero tenía una claridad que los demás seguían sin dudar: la certeza de que si no lo hacían ellos, nadie lo haría.
Fue entonces cuando llegó la información que temían.
No era una sospecha, sino una certeza:
La sequía no era natural.
No era la naturaleza la que había fallado.
Era el hombre.
La élite del norte llevaba años desviando y acaparando el agua para su propio beneficio, escondiéndose detrás de canales subterráneos, condenando al resto de la población a la sed.
En el centro de todo estaba Lord Magnus Kaelthorne, Consejero Supremo de Recursos y dueño de HydraCore Industries, la empresa más poderosa del norte. Oficialmente, HydraCore se dedicaba a purificar, embotellar y distribuir agua “de calidad superior”. Sus anuncios prometían pureza, seguridad y abundancia para quienes podían pagarla.
Pero la realidad era mucho más oscura.
HydraCore no solo comercializaba agua: la creaba… eliminando primero el acceso para todos los demás. Durante años, Magnus había construido canales ocultos que desviaban el agua hacia reservorios privados, alimentando así su negocio. Cada gota que faltaba en el sur elevaba el valor de su producto. Cada pozo seco significaba un nuevo contrato millonario en Aurea Civitas.
Lord Magnus no solo era el hombre más poderoso de Aurea Civitas; era también quien había aprendido a moldear el Estado a su antojo. Durante años, colocó a sus aliados en los ministerios estratégicos, financió campañas políticas enteras y, desde las sombras, dictaba decisiones que nunca pasaban por la voz del pueblo. Poco a poco, las instituciones dejaron de servir al país y comenzaron a servirlo únicamente a él.
Con el control absoluto de las políticas hídricas, Magnus ordenó desviar los caudales de los ríos hacia sus represas privadas. Argumentaba públicamente que era para “administrar mejor los recursos”, pero en realidad todo respondía a un único propósito: alimentar Hydranova, la gigantesca corporación que él mismo había fundado y que vendía agua purificada a precios desorbitados.
En Arcadia, nadie vigilaba realmente a Lord Magnus. Años atrás, cuando su poder apenas despuntaba, las instituciones todavía intentaban marcarle límites. Había auditorías, comisiones, y un puñado de funcionarios tercos que insistían en revisar cada decisión. Pero Magnus sabía que, para convertir el agua en su fortuna personal, necesitaba algo más que ingenieros y tuberías: necesitaba silencio.
Así, uno por uno, fue apagando los contrapesos del Estado. A algunos los compró, a otros los intimidó, y a los pocos incorruptibles simplemente los removieron bajo pretextos administrativos. Las oficinas de supervisión se quedaron sin presupuesto, los informes dejaron de publicarse, y las denuncias se perdían en pasillos interminables donde nadie respondía nada. Al final, el país entero funcionaba como un enorme teatro: instituciones a la vista, pero vacías por dentro.
Ann y su grupo comprendieron que tenían que actuar. La información era contundente, pero la población seguía atrapada entre la resignación y la rutina..
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