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Arturo era un niño… bueno, digamos que un niño muy especial. Su cabeza era como una jungla llena de monos parlanchines, tucanes coloridos y perezosos dormilones. Pero en vez de monos, tucanes y perezosos, lo que tenía Arturo eran… animales. ¡Animales por todas partes!
Si le preguntabas qué había desayunado, te respondía: "¡Un elefante rosado con mermelada de hormigas!" (Aunque en realidad había comido un simple pan tostado). Si la maestra, la Señora Elena, le pedía que recogiera sus juguetes, Arturo suspiraba: "¡Pero Señora Elena, los pandas no recogen! ¡Se dedican a comer bambú! ¡Y yo me siento muy panda hoy!".
Arturo amaba los animales más que a los dulces, más que a los videojuegos, ¡incluso más que a los abrazos de su abuela! Conocía sus nombres científicos, sus hábitats, sus costumbres… ¡todo! Podía imitar el rugido de un león, el graznido de un pato y hasta el silencio sigiloso de un búho. Pero cuando se trataba de hacer sus tareas, uff… ahí empezaban los problemas.
"Arturo," decía su mamá, "¡tienes que ayudar a poner la mesa!".
"¡Pero mamá!", protestaba Arturo, "¡los pingüinos no ponen mesas! ¡Ellos pescan y se deslizan sobre el hielo! ¡Yo nací para deslizarme!".
Su papá, con paciencia infinita, intentaba explicarle: "Arturo, cariño, todos tenemos responsabilidades. Incluso los pingüinos cuidan de sus crías".
Pero Arturo, ya enfrascado en su mundo animal, respondía algo como: "¡Sí, pero yo no tengo crías! ¡Solo tengo una colección de piedras que parecen huevos de dinosaurio!".
Además de su fascinación por los animales y su aversión al trabajo, Arturo tenía otra peculiaridad: le encantaba tomar prestados los libros de sus amigos… ¡sin pedir permiso! No era que fuera un ladrón, ¡en absoluto! Es que, según él, los libros necesitaban estar con él para aprender más sobre los animales. Los libros de Sofía sobre princesas se transformaban en libros sobre caballos salvajes. Los libros de Mateo sobre superhéroes mutaban en libros sobre murciélagos superpoderosos.
Un día, Sofía y Mateo se cansaron. "¡Arturo!", exclamó Sofía, "¡siempre te llevas mis libros! ¡Quiero leer sobre la Cenicienta, no sobre el ciclo de vida de la lombriz de tierra!".
"¡Y yo necesito mi libro de Capitán Trueno!", se quejó Mateo. "¡No puedo combatir el crimen sin saber cómo vuelan los halcones peregrinos!".
Arturo, avergonzado, se escondió detrás de un cojín. "Lo siento… es que… los libros me necesitan… para… para… ¡para aprender sobre animales!".
Pero la Señora Elena, que lo había estado observando, se acercó y le dijo suavemente: "Arturo, sé que amas los animales. Es maravilloso. Pero también es importante respetar a tus amigos y sus cosas. Y también es importante… trabajar un poquito".
Arturo, que siempre escuchaba a la Señora Elena, la miró con atención. La Señora Elena tenía una voz dulce y una sonrisa que recordaba a un campo de flores silvestres. "¿Trabajar?", preguntó Arturo. "Pero… ¿cómo puedo trabajar siendo un… un… ¿un armadillo?".
La Señora Elena sonrió. "Puedes usar tu conocimiento de los animales para algo bueno", dijo. "Podrías ayudar a cuidar las plantas del jardín, como lo hacen las abejas. O podrías ordenar los libros de la biblioteca, como lo hacen las ardillas con sus nueces".
Arturo lo pensó un momento. La idea de ser una "ardilla bibliotecaria" le sonaba bastante bien. Así que, al día siguiente, Arturo se ofreció a ayudar a la Señora Elena a organizar la biblioteca del aula. Clasificó los libros por temas, colocó etiquetas con dibujos de animales y hasta construyó un pequeño "nido" para los libros más pequeños.
También, para sorpresa de todos, empezó a ayudar en casa. No se convirtió en un fanático de la limpieza, ¡pero al menos intentaba! Aprendió que incluso los leones, después de cazar, descansan y limpian su melena. Y que incluso los perezosos, aunque muy lentos, a veces se mueven para buscar hojas frescas.
Y lo más importante: aprendió a pedir permiso antes de tomar prestados los libros de sus amigos. Incluso les leía historias de animales, ¡pero solo si ellos querían! Sofía descubrió que las lombrices de tierra eran en realidad muy importantes para el jardín, y Mateo aprendió que los halcones peregrinos, además de volar muy rápido, también eran excelentes padres.
Arturo seguía siendo Arturo, un niño con la cabeza llena de animales. Pero ahora, también era un niño que respetaba a sus amigos, que ayudaba en casa y que usaba su amor por los animales para hacer el mundo un poquito mejor. ¡Y eso, sin duda, era algo digno de un león, de un pingüino, de una ardilla… y de un niño muy especial llamado Arturo!
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