Escucha este cuento
Gratis · elige una vozAstrid era una niña muy valiente. Se atrevía a subir a los árboles más altos, a hablar con extraños (siempre con permiso de sus padres, claro), e incluso a probar comidas que parecían sacadas de otro planeta. Pero había un miedo que la hacía temblar como una hoja en otoño: el agua. El mar, con sus olas gigantes y su inmensidad azul, la aterraba. Y la piscina, con su superficie lisa y su profundidad misteriosa, no era mucho mejor.
Papá y Mamá entendían el miedo de Astrid. Sabían que a veces, el corazón guarda secretos que la mente no comprende. Por eso, con paciencia y mucho amor, intentaban ayudarla a superar su temor. La llevaban a la playa, donde Astrid se quedaba a la orilla, construyendo castillos de arena gigantes que las olas, inevitablemente, destruían. La llevaban a piscinas con toboganes y juegos acuáticos, pero Astrid se sentaba en una silla, observando a los otros niños chapotear y reír, con los ojos llenos de lágrimas.
"Lo siento, papá, mamá," decía Astrid con la voz temblorosa. "No puedo. Tengo mucho miedo."
Papá la abrazaba fuerte. "No pasa nada, cariño," le decía. "Lo importante es que lo intentes. Y que sepas que estamos aquí para ti, siempre."
Un día, Papá y Mamá decidieron que necesitaban un respiro. Un lugar tranquilo, lejos del bullicio de la ciudad, donde pudieran relajarse y recargar energías. Así que empacaron sus maletas y se fueron de retiro a Cieneguilla, un valle soleado cerca de Lima. Se hospedaron en un hotel pequeño y acogedor, rodeado de jardines llenos de flores y árboles frutales.
Astrid, al principio, no estaba muy entusiasmada. Temía que sus padres la obligaran a meterse en la piscina del hotel, que parecía gigante y amenazante. Pero cuando llegaron y vio las posas, su rostro se iluminó. Las posas eran pequeñas piscinas naturales, formadas por el agua que bajaba de las montañas. El agua era cristalina y fresca, y el fondo estaba cubierto de piedras lisas y suaves.
"¡Mira, Astrid!" exclamó Mamá, señalando las posas. "Son como piscinas para hadas."
Astrid se acercó con cautela. El agua se veía tan clara y tranquila que no parecía peligrosa. Metió un pie y sintió la frescura en su piel. No estaba fría, sino agradablemente refrescante.
"¿Puedo... puedo meter los pies?" preguntó Astrid, con un hilo de voz.
"Por supuesto, cariño," respondió Papá con una sonrisa. "Pero si no quieres, no tienes por qué hacerlo."
Astrid se sentó en el borde de la poza y metió los pies. El agua le llegaba hasta los tobillos. Sintió cosquillas al rozar las piedras del fondo. Poco a poco, se fue animando. Se quitó los zapatos y calcetines y metió los pies por completo. El agua era deliciosa.
"Es... es agradable," dijo Astrid, sorprendida.
Mamá y Papá sonrieron. Sacaron los flotadores de Astrid: un chaleco salvavidas de color rosa y un par de manguitos con dibujos de peces. Astrid siempre se negaba a usarlos, pero esta vez, extrañamente, no protestó. Se puso el chaleco y los manguitos y, con la ayuda de Papá, se metió en la poza.
El agua le llegaba hasta la cintura. Se sentía segura con los flotadores. Papá la sujetaba de la mano mientras ella daba pequeños pasos. Al principio, estaba tensa y asustada, pero poco a poco, se fue relajando. Sintió el sol en su cara, el agua fresca en su piel, y la seguridad de tener a sus padres cerca.
Empezó a chapotear con los pies, imitando a los peces que veía nadar en la poza. Luego, se atrevió a soltar la mano de Papá y a flotar sola. El chaleco la mantenía a flote sin esfuerzo. Se sintió libre y ligera.
"¡Estoy flotando!" gritó Astrid, con una sonrisa radiante.
Papá y Mamá la animaron. "¡Muy bien, Astrid! ¡Lo estás haciendo genial!"
Astrid pasó toda la tarde en las posas. Jugó con sus padres, chapoteó, flotó y hasta se atrevió a meter la cabeza debajo del agua durante un segundo. Poco a poco, el miedo al agua se fue desvaneciendo, como una nube oscura que se aleja con el viento.
Esa noche, Astrid durmió profundamente. Soñó con peces de colores, con olas suaves y con piscinas llenas de risas. Al día siguiente, volvió a las posas. Y al día siguiente, también. Cada día, se sentía más segura y confiada. Cada día, su miedo al agua se hacía más pequeño.
Al final del retiro, Astrid ya no le tenía miedo al agua. No era una nadadora experta, pero se sentía cómoda y feliz en las posas. Sabía que aún le quedaba mucho por aprender, pero también sabía que era capaz de superar sus miedos, con la ayuda de sus padres y con la magia de las posas de Cieneguilla.
Cuando regresaron a casa, Astrid le pidió a sus padres que la llevaran a la piscina del barrio. Esta vez, no lloró. Se puso el chaleco y los manguitos y se metió en el agua. No era tan emocionante como las posas mágicas, pero Astrid sabía que, con paciencia y valentía, también podría vencer este miedo. Porque ahora sabía el secreto: el miedo no es más que una nube oscura que se puede alejar con el sol de la confianza y el amor.
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