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César Alejandro, aunque todos lo conocían como Ati, era un torbellino de energía con solo dos años. Su apodo, Ati, le quedaba perfecto, porque siempre estaba ¡ati!ento a todo, ¡ati!zado por la curiosidad y ¡ati!nando a hacer travesuras (aunque siempre con nobleza). Su mamá, Sarai, era Shai para él, y su papá, César Amilcar, a veces se convertía en "Mincal" en sus balbuceos. Su mejor amiga, su prima Ema, era "Mema", y juntos formaban un dúo imparable.
Como todo buen par de amigos, Mema y Ati pasaban la mayor parte del tiempo jugando en perfecta armonía. Pero, ¡ay!, a veces se peleaban como un viejo matrimonio. La causa: un juguete codiciado, el triciclo resplandeciente, o el pequeño carro eléctrico a control remoto que parecía estar maldito, pues nadie quería prestarlo. Las rabietas duraban poco, la amistad era más fuerte.
Ati era un niño muy inteligente e imaginativo. Prefería la compañía de su abuela paterna, Memi, más que a la de Shai y Mincal. Memi era su confidente, su cómplice, su reina. Ella consentía todos sus caprichos y atendía cada una de sus exigencias de atención. Con Memi, Ati se sentía el rey del mundo.
En su cabecita, Ati creaba mundos fantásticos, llenos de aventuras y, sobre todo, de ¡shombis! Todo, absolutamente todo, lo relacionaba con los shombis. Hasta su mascota actual, un pollito amarillo que le había regalado su tía, a la que llamaba Nana. El pollito tenía apenas un mes, pero Ati lo acosaba con su cariño inagotable.
Un día, mientras cenaban, Ati miraba un video de pollitos en una plataforma de reproducción. De repente, vio una escena que lo dejó helado: ¡un niño enterraba a su pollito muerto! El pequeño Ati, con su mente inocente, pensó que era SU pollito el que estaban enterrando.
Empezó a sollozar de forma desconsolada. Shai y Mincal se acercaron preocupados y, al ver el video, entendieron el motivo de su angustia. La escena era conmovedora y, a la vez, graciosa. Ati lloraba a mares, creyendo que su amigo emplumado había partido al cielo de los pollitos.
Como no lograban calmarlo, Shai lo llevó corriendo a ver a su pollito. Lo sacaron de su cajita, lo acurrucaron en sus brazos y le mostraron que estaba vivo y coleando. Ati lo abrazó con fuerza, sus ojitos llenos de lágrimas ahora brillaban de alegría. Fue entonces cuando sus padres se dieron cuenta de que el pequeño Ati empezaba a desarrollar sentimientos profundos, como el amor y la empatía. Ya no solo era un niño curioso y travieso, sino también un ser capaz de sentir la tristeza y la alegría ajena.
Los fines de semana, la familia visitaba a los abuelos maternos de Ati en otra ciudad. Los domingos eran especiales, pues el abuelo Tito, que era panadero, siempre tenía un pan recién horneado para él. La abuela Lilian, a la que Ati llamaba Nian, lo esperaba con los brazos abiertos y una sonrisa cálida.
Pero lo que más le gustaba a Ati de la casa de sus abuelos era… ¡los gatos! La casa estaba llena de felinos de todos los colores y tamaños. Ati los perseguía por toda la casa, correteando sin control y con una energía inagotable. Parecía que nunca se cansaba. ¡Ja, ja, ja, ja! Los gatos, aunque a veces lo miraban con cara de pocos amigos, parecían disfrutar de su compañía.
Un día, mientras perseguía a un gato atigrado llamado Rayas, Ati tropezó con una maceta y cayó al suelo. Se raspó la rodilla, pero no lloró. Se levantó, se sacudió el polvo y siguió corriendo detrás de Rayas. Era un niño valiente y decidido, un pequeño aventurero dispuesto a explorar el mundo, ¡incluso si estaba lleno de shombis pollitos!
Ati aprendió muchas cosas durante su infancia. Aprendió a amar, a jugar, a compartir, a reír y a llorar. Aprendió que los pollitos no siempre mueren en los videos y que los gatos, aunque a veces se escondan, siempre están ahí para ronronearle al oído. Y, sobre todo, aprendió que el amor de su familia era el mejor refugio contra los shombis, los monstruos y cualquier otra cosa que pudiera asustarlo. Ati, el pequeño Ati, siguió creciendo, aprendiendo y amando, siempre con una sonrisa en la cara y una aventura en el corazón.
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