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En el pequeño pueblo de Villa Seca, a nadie, ¡a nadie!, le gustaba un perro mojado. No importaba si el pobre can se había empapado bajo una lluvia torrencial o si, con entusiasmo, había sacado un palo del reluciente lago Espejo. Un perro mojado era, simplemente, ¡inaceptable!
Esta noche, un pequeño perro callejero llamado Gotita, con el pelaje empapado y tembloroso, deambulaba por el "Pub del Sol", un lugar siempre lleno de gente charlando y riendo. Gotita, con la esperanza titilando en sus ojos marrones, iba de persona en persona. Soñaba con una suave palmadita en la cabeza, un masaje cariñoso detrás de las orejas, algo, cualquier cosa, que demostrara un poco de amabilidad. Algo que se pudiera dar con una mano sin siquiera interrumpir la conversación.
Pero, ¡ay!, la gente la apartaba. Algunos usaban la rodilla, otros, la suela de una bota robusta. Incluso los niños, que al principio no se daban cuenta de que estaba mojada, retrocedían al sentir su pelaje húmedo. Se secaban las manos con disgusto en sus ropas, como si hubieran tocado algo pegajoso y desagradable.
El narrador de esta historia, sentado en una esquina tranquila del pub, observaba la triste procesión de Gotita. Cada vez que la pequeña perrita se dirigía hacia él, con la esperanza renovada en cada paso, él le mostraba la palma de la mano en señal de rechazo. Gotita, con el corazón apesadumbrado, se apartaba, la cola entre las patas.
El narrador suspiró, sintiendo una punzada de culpa. Miró a un hombre vestido con ropas extrañas y brillantes, proveniente de quien sabe dónde, quizás incluso del futuro. Un forastero que parecía tan perdido y fuera de lugar como Gotita. Pensó: "Oh, extranjero del futuro... oh, ser inconcebible, sea cual sea la forma de tu casa, como sea que te escurras de un lado a otro, no importa lo extraña e incolora que sea la ropa que usas. Apuesto a que a nadie allí le gusta un perro mojado tampoco. Apuesto a que todos en tu pub, incluso los niños, la apartan..."
Pero entonces, algo cambió. El forastero, que hasta ahora había estado observando a Gotita con una expresión pensativa, se levantó. Se acercó lentamente a la perrita, que ahora estaba acurrucada en un rincón oscuro, temblando visiblemente.
Gotita levantó la vista, sus ojos llenos de resignación. Esperaba el mismo rechazo de siempre. Pero, en lugar de apartarla, el forastero se arrodilló. Extendió una mano, no con asco, sino con suavidad, y acarició la cabeza de Gotita.
La perrita se estremeció al principio, sorprendida por el contacto. Pero la mano del forastero era cálida y gentil. Poco a poco, Gotita comenzó a relajarse. Cerró los ojos y dejó escapar un pequeño gemido de placer.
El forastero siguió acariciándola, hablando en un idioma extraño que Gotita no entendía, pero que sonaba amable y reconfortante. Los demás en el pub observaban en silencio, sorprendidos por la escena.
Después de un rato, el forastero se levantó y sacó de su bolsillo un pequeño pañuelo. Con cuidado, comenzó a secar el pelaje de Gotita. La perrita se dejó hacer, disfrutando de la atención.
Cuando terminó, Gotita ya no estaba tan mojada ni tan temblorosa. Se veía mucho más feliz. El forastero le sonrió y le ofreció un trozo de galleta que había sacado de su bolsillo. Gotita lo aceptó con entusiasmo y lo devoró en un instante.
De repente, una niña pequeña se acercó tímidamente. Había estado observando la escena desde la distancia. "¿Puedo acariciarla?", preguntó, con la voz temblorosa.
El forastero asintió con una sonrisa. La niña se acercó y acarició suavemente la cabeza de Gotita. La perrita la lamió la mano en señal de agradecimiento.
Poco a poco, otros niños se acercaron. Pronto, Gotita estaba rodeada de niños que la acariciaban y jugaban con ella. Ya nadie parecía importarle que estuviera un poco mojada. Lo único que importaba era que era una perrita dulce y cariñosa.
El narrador, observando la escena, sintió que una sonrisa se dibujaba en su rostro. Se dio cuenta de que a veces, todo lo que se necesita es un poco de amabilidad para cambiar la perspectiva de las personas. Y quizás, solo quizás, a partir de esa noche, a la gente de Villa Seca le empezaría a gustar un poco más un perro mojado.
El forastero del futuro, o de donde sea que viniera, había demostrado que incluso en un lugar donde a nadie le gustaba un perro mojado, siempre había espacio para la compasión y el cariño. Y que a veces, un simple acto de bondad podía cambiar el mundo, un lametazo y una palmadita a la vez.
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