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En las Cumbres de Fuego, donde el cielo se tiñe de carmesí al atardecer, vivía Barnaby. A diferencia de sus hermanos, cuyas alas eran vastas velas de cuero capaces de rasgar las nubes, las de Barnaby eran pequeñas, desproporcionadas y obstinadamente inmóviles. Mientras otros dragones practicaban picados acrobáticos, Barnaby se dedicaba a estudiar la aerodinámica en viejos pergaminos y a observar el comportamiento de las corrientes térmicas desde el suelo. Su corazón anhelaba el abismo, pero sus pies permanecían anclados a la roca.
Una tarde, mientras un torbellino de polvo dorado y magia antigua azotaba las cumbres, Barnaby fue succionado por un vórtice dimensional. No voló, sino que cayó a través de un túnel de luces centelleantes hasta aterrizar, con un golpe seco, sobre un camino de ladrillos de un amarillo tan intenso que parecía forjado con luz solar. Al levantarse, sacudiendo sus escamas de color cobre pulido, se encontró rodeado de flores gigantescas y un silencio expectante.
—No creo que estemos en las Cumbres de Fuego, Totó —dijo una voz suave.
Barnaby se giró y vio a una niña de trenzas castañas y vestido de cuadros azules, acompañada por un pequeño perro negro, un hombre hecho enteramente de hojalata, un espantapájaros que parecía perder paja por las costuras y un león que temblaba ante su propia sombra. Dorothy, pues así se llamaba la niña, miró al dragón con curiosidad más que con miedo.

—Soy Barnaby —explicó el dragón, bajando la cabeza con humildad—. Un dragón que no sabe volar. Estoy buscando al Mago de Oz para pedirle que repare mis alas.
—¡Qué coincidencia! —exclamó el Espantapájaros—. Nosotros también vamos a ver al Gran Oz. Yo busco un cerebro, mi amigo de hojalata un corazón, y el León un poco de valor. Dorothy solo quiere volver a casa.
Barnaby se unió a la comitiva. A medida que avanzaban, el dragón descubrió que su incapacidad para volar no era una debilidad en aquel mundo extraño. Cuando llegaron a un profundo barranco que el León no se atrevía a saltar, Barnaby no usó sus alas, sino su ingenio. Calculó el ángulo perfecto y, usando su aliento de fuego con precisión quirúrgica, fundió una viga de hierro abandonada para crear un puente sólido.
—No habrás volado sobre el abismo —dijo el Hombre de Hojalata, golpeando su pecho metálico conmovido—, pero has elevado nuestras esperanzas.

El viaje continuó a través de los campos de amapolas letales. Mientras el aroma dulce adormecía a Dorothy y al León, Barnaby, cuya fisiología reptiliana era inmune al polen, cargó a sus amigos sobre su lomo cobrizo. Sus patas eran fuertes y sus garras firmes; avanzó con la determinación de quien conoce el peso de la responsabilidad. En ese momento, Barnaby comprendió que la utilidad de un ser no reside en cómo se desplaza, sino en hacia dónde dirige sus pasos.
Finalmente, las agujas de cristal de la Ciudad Esmeralda perforaron el horizonte. Ante el Gran Oz, una cabeza gigante y flotante rodeada de fuego, Barnaby hizo su petición.
—Gran Oz, dame el don del vuelo. Mis alas son inútiles y mi especie me desprecia por ello.
La voz del Mago retumbó: —Barnaby de las Cumbres, no pidas lo que ya posees. No has volado con alas de cuero, pero has cruzado abismos con la lógica y has vencido el sueño con la voluntad. El vuelo es solo una metáfora de la libertad, y tú has liberado a tus amigos del peligro.
Barnaby miró sus pequeñas alas. Seguían siendo las mismas, pero su percepción había cambiado. Al salir de la sala del trono, Dorothy le dio un abrazo cálido. El dragón sintió un calor que no provenía de su estómago, sino de su pecho. Cuando Dorothy golpeó sus zapatos de plata y desapareció hacia Kansas, Barnaby decidió quedarse un tiempo en Oz.
No necesitaba las nubes para sentirse grande. Descubrió que, aunque no podía surcar el cielo, podía correr más rápido que el viento por el camino amarillo, llevando mensajes de esperanza a cada rincón del reino. Barnaby, el dragón que no volaba, se convirtió en el protector más querido de Oz, recordándoles a todos que a veces, para llegar más alto, lo más importante es tener los pies bien puestos sobre la tierra y el corazón abierto a la aventura.
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