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Había una vez, en un rincón muy especial del bosque, un pequeño conejito llamado Benito. Benito era tan blanco como un copo de nieve y tan suave como el algodón de azúcar. Tenía las orejas largas y una nariz rosada que se movía sin parar cuando estaba emocionado. Pero lo que más quería Benito en todo el mundo era su mantita azul. No era una mantita cualquiera; era una mantita del color del cielo en verano, ligera como una nube y con un olor dulce a flores de lavanda.
Cada mañana, al despertar, lo primero que hacía Benito era abrazar su mantita. Con ella se sentía valiente y muy feliz. Podía imaginar que era un superhéroe con capa o un explorador en una montaña de almohadas. Pero un martes soleado, algo extraño ocurrió. Benito abrió los ojos, estiró sus patitas y buscó a su lado, pero la mantita no estaba. Miró debajo de su almohada de hojas secas, buscó entre sus juguetes de madera y hasta revisó dentro de sus pequeñas pantuflas. ¡La mantita había desaparecido!
—¡Oh, no! —exclamó Benito con una vocecita preocupada—. ¿Dónde estará mi mantita de nubes? Sin ella, mi siesta no será igual de tranquila.
Benito decidió que no podía quedarse de brazos cruzados. Se puso su gorrita de explorador y salió de su madriguera. Primero fue a la cocina, donde su mamá estaba preparando un delicioso jugo de zanahoria. El aroma era dulce y reconfortante.
—Mamá, ¿has visto mi mantita azul? —preguntó Benito con esperanza.
—No, mi pequeño tesoro —respondió su mamá dándole un besito en la frente—. Pero he visto que el viento soplaba muy fuerte esta mañana. Quizás salió a dar un paseo por el jardín.
Benito salió al exterior. El sol brillaba con fuerza y el bosque estaba lleno de sonidos alegres: el trino de los pájaros y el susurro de las hojas. Caminó hasta el gran rosal, donde vivía su amiga la Señora Mariquita. La Señora Mariquita era pequeña, roja y tenía siete puntitos negros muy brillantes que relucían bajo el sol.

—Hola, Señora Mariquita —dijo Benito con mucha educación—. ¿Ha visto usted pasar una mantita azul por aquí? Es suave y huele a lavanda.
La Señora Mariquita voló un poquito y miró desde lo alto de una hoja de rosal llena de rocío. —Lo siento, Benito. He visto pasar una mariposa amarilla que bailaba con el aire y a una familia de hormigas cargando migas de pan, pero nada de mantitas azules. ¿Has probado a preguntar en el viejo pino? Allí el viento siempre deja regalos.
Benito le dio las gracias y siguió caminando. Sus patitas hacían un sonido rítmico sobre las piedras del camino: 'tapi-tapi-tap'. El bosque olía a pino y a tierra mojada. Al llegar al viejo pino, vio al Señor Ardilla, que estaba muy ocupado guardando bellotas doradas en un hueco del árbol para el invierno.
—Señor Ardilla, ¡buenos días! —saludó el conejito, recuperando un poco el aliento—. Busco mi mantita azul. Se ha perdido y me preocupa que se sienta sola en el bosque.
El Señor Ardilla se detuvo, se rascó la cabeza con su patita peluda y dejó caer una bellota. —Vaya, Benito. Esta mañana sopló un viento travieso, un viento que jugaba a las carreras y despeinaba a los árboles. Vi algo azul volando hacia el estanque de los patos. Parecía un pedacito de cielo que se había escapado de las alturas.
Benito sintió un salto de alegría en su corazón. ¡Esa tenía que ser su mantita! Corrió y corrió, saltando sobre troncos caídos cubiertos de musgo verde y esquivando charcos de agua que parecían espejos. Sus orejas se balanceaban con el viento de aquí para allá. Cuando llegó al estanque, vio que el agua brillaba intensamente, reflejando las nubes blancas.
Allí, cerca de la orilla, estaba el Patito Pipo. Pipo era un patito pequeño, muy amarillo y con unas patas naranjas que hacían 'cuac-cuac' cada vez que se movía. Estaba muy concentrado intentando construir un barco con una corteza de árbol. Y, para su asombro, Benito vio que la vela del barco de Pipo era... ¡su mantita azul!

—¡Pipo, Pipo! —gritó Benito agitando sus patitas blancas—. ¡Esa es mi mantita de nubes! ¡La he buscado por todo el bosque!
Pipo, al oír a su amigo, nadó rápidamente hacia la orilla empujando su pequeño barco. Tenía una mirada un poco apenada y sus ojitos brillaban. —¡Oh, Benito! Perdóname. Encontré esta tela preciosa junto a un arbusto de moras y pensé que el viento me la había enviado de regalo para que mi barco fuera el más veloz de todo el estanque. No sabía que era tuya, me pareció tan suave que pensé que era mágica.
Benito se acercó y, al tocar la tela suave y fresca, supo de inmediato que era ella. Estaba un poquito húmeda por el agua del estanque, pero seguía siendo la mantita más especial del mundo. —No te preocupes, Pipo —dijo Benito con una sonrisa bondadosa—. El viento es muy bromista y a veces se lleva las cosas sin preguntar. Pero esta mantita es mi mejor amiga, me ayuda a no tener miedo y a soñar con campos de flores.
Pipo le devolvió la mantita con mucho cuidado. Para que Pipo no se quedara triste, Benito lo ayudó a buscar unas hojas de arce grandes, fuertes y de un color verde brillante para que hiciera una vela nueva para su barco. Trabajaron juntos durante un buen rato, uniendo las hojas con pequeñas ramas y riendo bajo el sol de la tarde. Al final, el barco de Pipo quedó fantástico, con una vela verde que se inflaba orgullosa con la brisa.
Cuando el sol empezó a esconderse tras las altas montañas, pintando el cielo de colores mágicos como el naranja, el rosa y el violeta, Benito regresó a su madriguera. Estaba cansado de tanto caminar, pero su corazón estaba lleno de felicidad. Al llegar, su mamá lo esperaba con una taza de leche tibia.
Benito se lavó su carita con agua fresca, se puso su pijama de estrellas amarillas y se envolvió con mucho cuidado en su mantita azul, que ya estaba seca y olía de nuevo a hogar. Ahora que la tenía de vuelta, se sentía el conejito más protegido del universo.
—Buenas noches, mis queridos amigos —susurró Benito mientras sus párpados se volvían pesados.
Esa noche, Benito soñó que viajaba por el espacio sobre su mantita azul, visitando planetas hechos de queso y estrellas que cantaban nanas. Y mientras dormía profundamente, una suave brisa de verano entró por la ventana, pero esta vez no se llevó nada; solo le dio un suave soplido de buenas noches al conejito blanco. Benito durmió feliz, sabiendo que mañana sería otro día lleno de aventuras en el bosque.
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