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Había una vez un nene muy curioso llamado Mateo. Un día, su abuelo Valentín lo invitó a pasar una tarde entera en su granja. —Vení, Mateo —le dijo el abuelo con una sonrisa—. Hoy vas a conocer a mis mejores amigos y vas a ver dónde duerme cada uno. ¡Ponete las botas de lluvia que empezamos el recorrido! Mateo estaba muy emocionado. Lo primero que vio fue una construcción muy grande de color rojo con un techo de paja. —Ese es el establo —explicó el abuelo—. Es la casa de los animales más grandes. Al entrar, Mateo escuchó un relincho fuerte: ¡Iiiihhhh! Era Rayo, el caballo de pelaje marrón y crines blancas. Rayo vivía en un espacio llamado box, lleno de paja suave para descansar. Al lado de Rayo, estaba Lola, la vaca. Lola era blanca con manchas negras y tenía unos ojos muy dulces. Ella también dormía en el establo porque le gustaba estar calentita durante la noche. —Mirá, Mateo —dijo el abuelo—, Lola nos da la leche que tomás en el desayuno. Mateo acarició el hocico de Lola y escuchó un suave: ¡Muuuu! Salieron del establo y caminaron hacia un lugar con mucha arena y una casita de madera pequeña. De pronto, un sonido muy fuerte los sorprendió: ¡Kikirikí! Era el gallo Carmelo, que estaba parado sobre el techo. —Él es el despertador de la granja —contó el abuelo—. Vive en el gallinero con las gallinas. Mateo entró al gallinero con mucho cuidado. En el suelo había nidos hechos de paja. Allí estaban las gallinas, todas juntas. Una de ellas, llamada Turuleca, se levantó y mostró un huevo blanco y redondito. —¡Cocorocó! —dijo la gallina, como saludando a Mateo. El nene aprendió que las gallinas prefieren dormir en lugares altos para sentirse protegidas. Después, caminaron hacia un sector donde había un charco de lodo muy grande. —¡Ay, no! ¡Alguien se ensució mucho! —gritó Mateo señalando a unos animalitos rosados. El abuelo se rió. —Esos son los cerditos, Mateo. Ellos viven en la pocilga. Les encanta revolcarse en el barro porque así mantienen su piel fresca cuando hace calor. Los cerditos movían sus colas en rulo y hacían: ¡Oinc, oinc! Eran muy divertidos y parecían estar jugando a las escondidas entre el lodo. Cerca de allí, había un campo lleno de pasto verde y tierno. Mateo vio unas nubes blancas que caminaban. —¡Abuelo, mirá, las nubes se cayeron del cielo! —dijo Mateo asombrado. —No son nubes, son las ovejas —explicó Valentín—. Ellas viven en el corral. Su lana es tan suave y pomposa que parecen nubes. El corral es un lugar abierto donde pueden pastar todo el día y dormir juntas para no tener frío. Las ovejas lo miraron y balaron al unísono: ¡Beeee, beeee! Mateo se acercó para tocar la lana de una ovejita bebé y sintió que era como acariciar una almohada de algodón. El recorrido seguía hacia un pequeño muelle al lado de una laguna de agua cristalina. —¡Cuac, cuac! —se escuchó de repente. Eran los patos. —Ellos viven en la laguna —dijo el abuelo—. Tienen patas con forma de aleta para nadar muy rápido. Mateo vio cómo los patos metían la cabeza bajo el agua y dejaban la colita afuera. ¡Era una escena muy graciosa! Los patos tenían su nidito cerca de los juncos, a la orilla del agua, donde se sentían seguros. Ya estaba bajando el sol y el cielo se ponía de color naranja. —Falta conocer al guardián —dijo el abuelo señalando una casita de madera muy chiquita cerca de la puerta principal. De adentro salió saltando un perro fiel llamado Capitán. —¡Guau, guau! —ladró Capitán moviendo la cola con alegría. Él vivía en su propia cucha y se encargaba de cuidar que todos los animales estuvieran bien. Mateo se sentó en el pasto y Capitán le lamió la cara. El abuelo Valentín miró a Mateo y le preguntó: —¿Te acordás dónde vive cada uno? Mateo cerró los ojos y empezó a repasar: El caballo y la vaca viven en el establo, las gallinas en el gallinero, los cerditos en la pocilga, las ovejas en el corral, los patos en la laguna y Capitán en su cucha. El abuelo lo abrazó muy fuerte. —¡Exacto, Mateo! Cada animal tiene su lugar especial donde se siente feliz y cuidado. Esa noche, Mateo volvió a su casa y, antes de dormir, le pidió a su mamá que le contara otra vez la historia de sus nuevos amigos. Mateo soñó con relinchos, muuuus y kikirikís, sintiéndose parte de ese mundo maravilloso que es la granja. Aprendió que no importa si sos grande como un caballo o chiquito como un pollito, siempre hay un hogar esperándote para descansar. Y así, entre sueños de paja, lodo y agua clara, Mateo se quedó dormido, esperando ansioso su próxima visita a la granja de Don Valentín. Colorín colorado, este cuento de la granja se ha acabado.
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