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Érase una vez, en un reino lejano, una princesa llamada Blancanieves. Era una joven de belleza sin igual, con piel tan blanca como la nieve, labios rojos como la sangre y cabello negro como el ébano.
Bueno, "Blancanieves" solo era un apodo. En realidad, la princesa se llamaba Esmeralda. Pero como le encantaba jugar en la nieve y siempre volvía con las mejillas rosadas y los cabellos llenos de copos, el apodo se le quedó pegado. A ella le hacía gracia, aunque a veces se confundía cuando la llamaban por su verdadero nombre.
Su madrastra, la Reina Grimhilda, era una mujer viuda y cruel, que sentía mucha envidia por la belleza de su hijastra. Aunque, en el fondo, genuinamente creía que era la más bella. Tenía un espejo mágico, brillante como una moneda nueva, al que le preguntaba todos los días:
—Espejito, espejito mágico, ¿quién es la más bella de todo el reino?
Y el espejo, con una voz grave y resonante, siempre respondía:
—Tú, mi Reina, eres la más bella de todas.
Pero un día, la Reina Grimhilda se levantó con la mosca detrás de la oreja. Había escuchado a los sirvientes murmurar sobre la creciente hermosura de Esmeralda, o, como ellos decían, "Blancanieves". La idea de que alguien pudiera ser más bella que ella la consumía por dentro. Así que, un día decidió comprobarlo. Llamó a su espejo mágico y le hizo la pregunta de siempre:
—Espejito, espejito mágico, ¿quién es la más bella de todo el reino?
El espejo, con su voz habitual, respondió:
—Mi Reina, tú eres bella, es cierto, pero Blancanieves supera tu belleza.
La Reina Grimhilda sintió que la sangre le hervía. ¡Blancanieves! ¡Su hijastra! ¡Jamás! No podía permitir que nadie, ni siquiera una princesa aficionada a la nieve, le arrebatara su título de la más bella. Llamó a Humberto, su cazador de confianza, un hombre corpulento con un corazón, bueno... más o menos.
—Humberto, llévate a Blancanieves al bosque y… ya sabes… deshazte de ella. Y como prueba de tu lealtad, tráeme su corazón.
Humberto palideció. No era un hombre cruel, pero la Reina Grimhilda era temible. A regañadientes, aceptó la orden.
Al día siguiente, Humberto llevó a Esmeralda al bosque. La niña, ajena al peligro, corría tras las mariposas y recogía flores silvestres. Humberto, al ver su inocencia, sintió un nudo en la garganta. No podía hacerle daño. Se arrodilló ante ella y, con voz temblorosa, le confesó el plan de la Reina.
—¡Princesa Esmeralda, debes huir! La Reina quiere hacerte daño. Corre, escóndete y no vuelvas nunca al castillo.
Esmeralda, asustada, abrazó a Humberto y salió corriendo, adentrándose en el bosque. Corrió y corrió hasta que sus pies le dolieron y el sol comenzó a esconderse tras los árboles. Finalmente, llegó a una pequeña cabaña, casi escondida entre la maleza. La puerta estaba entreabierta. Empujándola con cuidado, entró.
La cabaña estaba desordenada, pero acogedora. Había siete camitas pequeñas, siete mesitas y siete sillitas. Todo estaba cubierto de polvo. Esmeralda, cansada y asustada, se acurrucó en una de las camitas y se quedó dormida.
Mientras tanto, en el castillo, la Reina Grimhilda esperaba ansiosamente el regreso de Humberto. Cuando el cazador llegó, le entregó un cofre cerrado.
—Aquí está, mi Reina. La prueba de mi lealtad.
La Reina, con una sonrisa malévola, abrió el cofre. Para su sorpresa, no encontró un corazón, sino el de un… ¡jabalí! Furiosa, gritó:
—¡Me has engañado, Humberto! ¡Me las pagarás!
Pero Humberto ya había huido, arrepentido de su cobardía.
Mientras tanto, en la cabaña del bosque, los dueños de la casa regresaban del trabajo. Eran siete enanitos mineros, alegres y trabajadores. Al entrar en la cabaña, se sorprendieron al encontrar a una joven durmiendo en una de sus camas. Despertaron a Esmeralda, quien, temblorosa, les contó su historia.
Los enanitos, conmovidos por la desdicha de la princesa, le ofrecieron refugio en su cabaña. Esmeralda, agradecida, aceptó. A cambio, ella limpiaba la casa, cocinaba y cantaba alegres canciones que llenaban de alegría el hogar de los enanitos.
La vida en la cabaña era sencilla pero feliz. Esmeralda ayudaba a los enanitos con las tareas del hogar y ellos la protegían de cualquier peligro. Se había convertido en una verdadera familia.
Sin embargo, la Reina Grimhilda no se había rendido. Descubrió, gracias a su espejo mágico, que Blancanieves seguía viva y escondida en la cabaña de los enanitos. Decidida a acabar con ella de una vez por todas, se disfrazó de una anciana vendedora de manzanas y se dirigió al bosque.
Al llegar a la cabaña, la Reina, con su voz disfrazada, ofreció a Esmeralda una manzana roja y brillante.
—¡Qué hermosa manzana, jovencita! Pruébala, es deliciosa.
Esmeralda, confiada, tomó la manzana y le dio un mordisco. Al instante, cayó al suelo, inconsciente. La manzana estaba envenenada.
Cuando los enanitos regresaron del trabajo, encontraron a Esmeralda tendida en el suelo, sin vida. Desconsolados, la colocaron en un ataúd de cristal para poder verla siempre. La tristeza invadió el bosque.
Un día, un apuesto príncipe, que cabalgaba por el bosque, vio el ataúd de cristal. Quedó prendado de la belleza de Esmeralda. Conmovido por su historia, se acercó y le dio un beso. Y, ¡oh, milagro! El beso del príncipe rompió el hechizo. Esmeralda despertó.
La princesa, llena de alegría, agradeció al príncipe su valentía. Juntos, regresaron al reino, donde la malvada Reina Grimhilda recibió su merecido. Esmeralda, o Blancanieves, se casó con el príncipe y vivieron felices para siempre. Y aunque la llamaban Blancanieves, nunca olvidó su verdadero nombre: Esmeralda, la princesa que amaba la nieve.
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