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Gratis · elige una vozEn un reino lejano, donde los árboles eran más altos que las torres y la niebla siempre bailaba en los valles, vivía Blancanieves. No era la Blancanieves de los cuentos de hadas alegres. Esta Blancanieves tenía el cabello negro como la noche más oscura y unos ojos que parecían dos pozos profundos. Su madrastra, la Reina Ravenna, no era hermosa, sino huesuda y pálida, con una corona de espinas que le punzaba constantemente la frente.
Ravenna no se preocupaba por la belleza, sino por el poder. Tenía un espejo mágico, sí, pero no le preguntaba quién era la más bella. Le preguntaba cómo podía extender su reino de sombras. El espejo, con una voz que sonaba como hojas secas arrastrándose por el suelo, siempre le respondía lo mismo: "Tu poder crecerá cuando el corazón de Blancanieves deje de latir".
Así que Ravenna intentó deshacerse de Blancanieves una y otra vez. Le daba manzanas envenenadas con hierbas raras, le enviaba lobos hambrientos (que inexplicablemente huían aullando de terror), incluso intentó ahogarla en el río del Olvido. Pero Blancanieves, aunque era joven, tenía una conexión extraña con la naturaleza. Los árboles se inclinaban para protegerla, los animales la seguían como si fuera una hermana perdida.
Un día, huyendo de otra trampa de Ravenna, Blancanieves se adentró en el bosque más profundo. La noche cayó como una capa pesada, y el viento susurraba nombres olvidados. De repente, entre los árboles nudosos, vio una luz. Una luz temblorosa que provenía de una cabaña pequeña y torcida. La puerta estaba entreabierta, invitándola a entrar.
Blancanieves, temblando de frío y miedo, empujó la puerta. La cabaña estaba llena de polvo y telarañas. Siete camas pequeñas, hechas de ramas y hojas secas, estaban alineadas contra la pared. En el centro de la habitación, un hogar chispeaba débilmente, iluminando siete máscaras extrañas colgadas del techo. Máscaras de madera, con expresiones grotescas y ojos vacíos.
De pronto, un susurro llenó la cabaña. No era el viento. No era la madera crujiendo. Era una voz, o mejor dicho, un coro de voces, que parecían venir de las máscaras. "Bienvenida, Blancanieves… Te estábamos esperando…"
Blancanieves sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Intentó huir, pero la puerta se cerró de golpe, atrapándola dentro. Las máscaras comenzaron a moverse, balanceándose lentamente de un lado a otro. El susurro se hizo más fuerte, más insistente. "Únete a nosotros… Sé una de nosotras… Olvida el dolor… Olvida el miedo…"
Desde las sombras, siete figuras pequeñas y encorvadas emergieron. No eran enanos amigables. Eran… algo más. Algo retorcido, con piel grisácea y ojos brillantes como brasas. Sus rostros estaban cubiertos de musgo y raíces. Se acercaron a Blancanieves, extendiendo sus manos huesudas.
Blancanieves gritó, pero el sonido fue absorbido por el susurro de las máscaras. Sintió que la rodeaban, que la tocaban. Sintió una fuerza extraña que intentaba entrar en su mente, borrar sus recuerdos, transformar su ser.
Pero entonces, algo inesperado sucedió. Blancanieves recordó las palabras de su madre, una curandera sabia que le enseñó a escuchar la voz de la naturaleza. Cerró los ojos y se concentró. Pensó en la fuerza de los árboles, en la libertad del viento, en la pureza del agua.
Abrió los ojos y gritó con todas sus fuerzas, pero no un grito de terror, sino un grito de poder. Un grito que resonó en la cabaña, haciendo temblar las máscaras y estremecer a las criaturas. El hogar creció, convirtiéndose en una llamarada furiosa que los obligó a retroceder.
Blancanieves corrió hacia la puerta y la abrió de golpe. La cabaña, con sus máscaras susurrantes y sus habitantes sombríos, se desvaneció entre los árboles. Blancanieves huyó, sin mirar atrás, hasta que llegó a los límites del bosque.
Nunca volvió a ser la misma. La experiencia la había marcado, la había endurecido. Sabía que Ravenna nunca se rendiría. Pero también sabía que ella, Blancanieves, ya no era una presa fácil. Ahora comprendía el poder que fluía a través de ella, la conexión con la naturaleza que la protegía. Y estaba lista para luchar. Sabía que la batalla final contra Ravenna se acercaba, y esta vez, no sería una simple niña asustada. Sería una fuerza de la naturaleza, lista para reclamar su reino y silenciar, de una vez por todas, la Casa Susurrante.
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