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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en lo profundo del Bosque de los Susurros, una bruja llamada Brunilda. Pero no creas que era una bruja de esas que dan miedo, con verrugas en la nariz y escobas que pinchan. No, Brunilda era una bruja joven, de cabello color mandarina y unos anteojos redondos que siempre se le resbalaban por la nariz. Vivía en una casita hecha de jengibre y madera de cedro, donde las chimeneas no soltaban humo gris, sino burbujas de jabón con olor a lavanda.
Brunilda tenía un problema muy serio esa mañana. Miró su gran caldero de cobre y suspiró. —Che, esto no puede ser —le dijo a su gato, un felino gordo y azul llamado Tinta—. El pueblo de Villa Alegre se quedó sin cosquillas. Ayer pasé por la plaza y vi a los chicos jugando al fútbol con caras de haber comido limón. ¡Ni una sola carcajada en todo el día!
Tinta maulló con pereza, estirando sus patas de color cobalto. Brunilda sabía que, cuando la risa desaparecía de un lugar, era porque el viento Soplón se la había llevado por error a la Cueva de los Ecos Olvidados. Si no recuperaban la alegría pronto, el pueblo se volvería gris, y las flores dejarían de oler a perfume para oler a medias viejas.
—¡Ponete las pilas, Tinta! —exclamó la bruja, ajustándose el sombrero puntiagudo que tenía bordadas estrellas que brillaban en la oscuridad—. Vamos a preparar la Pócima del Jajajá. Pero para eso, necesitamos tres ingredientes mágicos que solo se encuentran cruzando el Pantano de los Chistes Malos.
Brunilda agarró su escoba, que se llamaba Rayo de Luna, y después de un par de intentos (porque a veces Rayo de Luna era un poco terca para arrancar), despegaron hacia el horizonte. Volaron sobre árboles que bailaban tango y nubes que tenían forma de elefantes con moñito. Al llegar al pantano, el aire se sentía pesado, pero no de tristeza, sino de aburrimiento.
En medio del barro verdoso, apareció un sapo con galera. —¿A dónde vas con tanta prisa, brujita? —preguntó el sapo con voz ronca—. Si querés pasar, tenés que escuchar mi mejor chiste. ¿Sabés qué le dice un jaguar a otro jaguar?
Brunilda miró a Tinta, impaciente. —No sé, ¿qué le dice?
—¡Jaguar you! —respondió el sapo, y se largó a reír solo, haciendo un ruido como de puertas oxidadas.
Brunilda soltó una risita, no por el chiste, sino por lo mal que contaba los cuentos el sapo. —Tomá, por hacerme reír un poquito —dijo ella, y con un movimiento de su varita de regaliz, atrapó el primer ingrediente: una Gota de Gracia Genuina, que brillaba como un diamante amarillo.
El segundo ingrediente era más difícil: una Pluma de Fénix Despeinado. Para conseguirla, tuvieron que subir a la Montaña de las Cosquillas, donde las rocas vibraban si las tocabas. Brunilda tuvo que hacerle mimos a un pájaro gigante que no paraba de estornudar purpurina. —¡Salud! —le decía Brunilda mientras esquivaba las nubes de brillo—. ¡Che, quedate quieto un segundo!
Finalmente, el fénix, agradecido porque la bruja le rascó detrás de las orejas (o donde deberían estar las orejas de un pájaro), le regaló una pluma naranja que siempre estaba despeinada, sin importar cuánto la peinaras. —Ya tenemos dos, Tinta. Solo falta el Suspiro de una Flor de Caramelo.
Bajaron al valle, donde las flores no solo eran hermosas, sino que sabían a dulce de leche y menta. Pero las flores estaban cabizbajas. Como nadie en el pueblo reía, las flores no tenían ganas de cantar. Brunilda se sentó en el pasto y empezó a contarles historias. Les contó sobre la vez que intentó convertir un zapallo en un carruaje y terminó con una ensalada gigante en el patio. Les contó sobre el hechizo que salió mal y dejó a Tinta con lunares rosas por una semana.
Al escuchar las historias, una pequeña flor de azúcar empezó a vibrar y soltó un suspiro dulce, cargado de aroma a vainilla. Brunilda lo atrapó en un frasquito de cristal. —¡Lo tenemos! ¡Volvamos a casa!
De regreso en su cabaña, Brunilda encendió el fuego con un chasquido de dedos. El caldero empezó a burbujear. Echó la Gota de Gracia, la Pluma Despeinada y el Suspiro de Caramelo. El brebaje se volvió de un color fucsia brillante y empezó a soltar chispas que hacían ruido de papel de regalo abriéndose.
—¡Ahora, el toque final! —gritó Brunilda. Agitó su cuchara de madera y cantó: “Por el poder de la risa y el buen humor, que esta pócima devuelva el color. ¡Que vuelen las carcajadas por todo el rincón!”.
De repente, del caldero salió una explosión de mariposas de luz. No eran mariposas de verdad, sino ráfagas de magia pura que salieron disparadas por la ventana, cruzando el bosque hasta llegar a Villa Alegre. Brunilda y Tinta montaron en la escoba y las siguieron.
Cuando llegaron al pueblo, algo maravilloso estaba pasando. El panadero, que antes tenía cara de pocos amigos, se estaba riendo a carcajadas porque un perro le había robado un bizcocho. Los chicos en la plaza hacían competencias de quién hacía la cara más graciosa. Hasta las estatuas del parque parecían tener una sonrisa más ancha.
Brunilda aterrizó suavemente cerca de la fuente. Los vecinos se acercaron a agradecerle. —¡Gracias, Brunilda! —dijo una nena con trenzas—. Sentíamos un nudo en la panza, pero ahora tenemos ganas de saltar.
—No hay de qué, che —respondió la bruja, acomodándose los anteojos—. Pero acuérdense: la magia ayuda, pero la risa la tienen que cuidar ustedes. Un chiste compartido es la mejor protección contra el viento Soplón.
Esa noche, hubo una fiesta en el pueblo. Comieron torta de chocolate, bailaron bajo las estrellas y Brunilda hizo un truco final: convirtió todas las gotas de lluvia en caramelos de miel para que el regreso a casa fuera el más dulce de todos. Tinta, por su parte, encontró un ovillo de lana mágica que nunca se terminaba, y Brunilda se fue a dormir sabiendo que, mientras hubiera una bruja con ganas de ayudar y un pueblo con ganas de reír, la oscuridad nunca ganaría la partida. Y así, entre sueños de colores y ronroneos azules, la bruja Brunilda descansó, lista para su próxima aventura.
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