Escucha este cuento
Gratis · elige una vozCamila era una niña curiosa como un gatito y brillante como una estrella. Vivía en una casa pequeña pero llena de amor, con un jardín repleto de flores de todos los colores. A Camila le encantaba jugar, correr y saltar, pero a veces, ¡ay, a veces!, olvidaba lo importante que era obedecer a mamá.
Un día soleado, Mamá preparaba galletas de chocolate. El aroma dulce inundaba toda la casa, haciendo que el estómago de Camila rugiera como un león hambriento. "Camila, cariño," dijo Mamá con una sonrisa, "voy a ir al mercado. Por favor, quédate en casa y no abras la puerta a nadie hasta que yo regrese. ¿Entendido?"
"¡Sí, Mamá!", respondió Camila, con los ojos fijos en la masa de galletas que descansaba sobre la mesa. Mamá le dio un beso en la frente y salió por la puerta.
Apenas Mamá desapareció de la vista, la aventura llamó a la puerta de Camila. Primero, intentó leer un libro, pero las letras bailaban como duendes traviesos. Luego, intentó dibujar, pero los colores parecían apagados y aburridos. Miró por la ventana y vio a sus amigos jugando en el parque. ¡Qué ganas tenía de unirse a ellos!
De repente, escuchó un "toc, toc" suave en la puerta. "¿Quién es?", preguntó Camila, con el corazón latiendo un poco más rápido.
"Soy el señor Conejo", respondió una voz dulce. "Estoy vendiendo zanahorias frescas de mi huerto. ¡Son deliciosas!"
Camila recordó las palabras de Mamá: "No abras la puerta a nadie". Pero, ¡unas zanahorias frescas sonaban tan apetitosas! Y el señor Conejo parecía tan amable…
"Lo siento, señor Conejo", dijo Camila a través de la puerta. "Mi Mamá me dijo que no abra la puerta a nadie".
El señor Conejo suspiró. "Oh, qué lástima. Bueno, quizás otro día". Y Camila escuchó sus pasos alejarse.
Unos minutos después, otro "toc, toc" resonó en la puerta. "¿Quién es?", preguntó Camila, esta vez con más firmeza.
"Soy la señora Ardilla", dijo una voz alegre. "Estoy buscando nueces perdidas. ¿Podrías ayudarme a buscar en tu jardín?"
A Camila le encantaban las ardillas. Siempre le hacían reír con sus travesuras. Y su jardín estaba lleno de nueces… Pero, ¡Mamá había sido muy clara!
"Lo siento, señora Ardilla", dijo Camila. "Me encantaría ayudarla, pero mi Mamá me dijo que no abra la puerta a nadie".
La señora Ardilla chirrió un poco decepcionada. "Bueno, gracias de todos modos". Y Camila la vio saltar de árbol en árbol, alejándose.
Finalmente, escuchó un tercer "toc, toc". "¿Quién es?", preguntó Camila, ya un poco impaciente.
"¡Soy yo, tu amigo Tomás!", respondió la voz familiar. "¡Traje mi nuevo balón para jugar!"
Tomás era su mejor amigo. ¡Juntos eran invencibles! Pensó: "Mamá no dijo nada de no hablar con mis amigos". Y, la idea de jugar con el balón nuevo era irresistible.
Camila dudó. Sabía que Mamá le había pedido que no abriera la puerta a *nadie*. Pero, ¿contaba Tomás como "nadie"? Decidió ser obediente. "Tomás, ¡qué alegría escucharte! No puedo abrir la puerta ahora, pero volveré a jugar contigo más tarde cuando regrese mi mamá."
Tomás respondió: "Está bien, Camila. ¡Nos vemos luego!".
Camila se sentó junto a la ventana, sintiéndose un poco triste pero también orgullosa. Había obedecido a Mamá. De repente, vio a Mamá caminando por la calle con una gran bolsa llena de ingredientes. ¡Había regresado!
Cuando Mamá abrió la puerta, abrazó a Camila con fuerza. "¡Qué niña tan obediente!", exclamó. "Te he traído una sorpresa". Mamá sacó de la bolsa un paquete de chispas de chocolate extra para las galletas. "Como fuiste tan obediente, podrás poner todas las chispas que quieras en tus galletas", dijo Mamá sonriendo.
Juntas, Camila y Mamá hornearon las galletas. El aroma dulce llenó la casa de nuevo, pero esta vez, ¡era aún más delicioso! Camila aprendió ese día que obedecer a Mamá no solo era importante, sino que también traía recompensas maravillosas. Y mientras mordisqueaba una galleta caliente y llena de chispas, supo que ser una "Estrella Obediente" era lo mejor que podía ser.
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