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Gratis · elige una voz¡Mira! Aquí está Carlos, un pequeño camaleón verde. ¡Hola, Carlos! Carlos era un camaleón muy pequeñito, ¡casi del tamaño de una fresa grande! Le encantaba explorar el mundo, pero a veces... bueno, a veces no estaba muy contento con ser un camaleón.
¡Mira! ¡Carlos está en el barro! ¡Oh! ¡Ahora es marrón! ¡Qué divertido! Carlos se revolcó en el barro porque le gustaba sentir la tierra fresca en su piel escamosa. Pero luego, su barriguita empezó a gruñir. ¡Tenía hambre!
Carlos vio a unas abejas zumbando alrededor de un panal lleno de miel dorada. ¡Ñam! Pensó que un poquito de miel sería perfecto. Con mucho cuidado, se acercó al panal y, ¡slurp!, lamió un poco de miel deliciosa. ¡Oh! ¡Mira! ¡Ahora Carlos es amarillo! ¡Parece un pequeño plátano andante!
Después de la miel, Carlos sintió que tenía energía para cazar. Vio un saltamontes verde saltando entre la hierba alta. "¡Mmm, saltamontes! ¡Serás mi almuerzo!", pensó Carlos. Se acercó sigilosamente, moviéndose muy, muy lento, como un soldadito de juguete. Estiró su larga lengua pegajosa… ¡pero el saltamontes saltó y escapó! ¡Oh, no! Carlos no pudo atraparlo. Ahora está muy triste. (Carlos pone una carita triste, con los labios hacia abajo y los ojos llenos de lágrimas imaginarias).
Carlos suspiró profundamente. "¡Ay!", dijo con voz apagada. Entonces, mirando al cielo azul, empezó a hablar:
"¡Quiero ser inteligente como un zorro!", exclamó, imaginándose resolviendo acertijos complicados y engañando a los cazadores. Cerró los ojos y se visualizó con un pelaje rojizo y una astuta sonrisa.
"¡Quiero ser rápido como un guepardo!", gritó después, visualizándose corriendo a la velocidad del rayo a través de la sabana, dejando atrás cualquier peligro. Se imaginó sus manchas negras borrosas por la velocidad.
"¡Quiero ser valiente como un león!", rugió, imaginándose protegiendo a todos los animales más pequeños de los peligros de la selva. Se vio con una melena dorada majestuosa, inspirando respeto y admiración.
"¡Quiero ser fuerte como un oso... o un gorila!", gimió al final, imaginándose levantando rocas enormes y defendiendo su hogar de cualquier intruso. Se imaginó sus músculos enormes y su mirada intimidante.
Y entonces, Carlos empezó a llorar. ¡Snif! ¡Snif! Grandes lágrimas rodaban por sus mejillas amarillas. Se sentía pequeño, lento, asustadizo y débil. No era inteligente como un zorro, ni rápido como un guepardo, ni valiente como un león, ni fuerte como un oso o un gorila. ¡Solo era un pequeño camaleón verde (ahora amarillo y con manchas marrones) que no podía atrapar un saltamontes!
De repente, escuchó una voz suave. "¿Qué te pasa, Carlos?", preguntó una mariposa de alas brillantes que revoloteaba cerca.
Carlos, con la voz temblorosa, le contó a la mariposa sobre su deseo de ser diferente, de ser más como otros animales. Le contó sobre su frustración por no poder cazar al saltamontes.
La mariposa escuchó atentamente y luego, con una sonrisa, le dijo: "Carlos, ¿sabes? Eres muy especial tal como eres".
Carlos la miró, confundido. "¿Especial? ¿Yo? ¡Pero no soy nada especial!"
"¡Claro que lo eres!", insistió la mariposa. "Puedes cambiar de color para camuflarte. Eso es increíblemente útil. ¿Sabes cuántos animales desearían poder hacer eso? ¡Te ayuda a esconderte de los depredadores y a acercarte sigilosamente a tu presa!"
Carlos pensó en lo que dijo la mariposa. Era cierto, podía cambiar de color. ¡Era algo que ningún zorro, guepardo, león o oso podía hacer!
La mariposa continuó: "Además, tienes una lengua súper larga y pegajosa. ¡Es perfecta para atrapar insectos! Tal vez hoy no pudiste atrapar al saltamontes, pero con un poco de práctica, ¡seguro que lo lograrás!"
Carlos sonrió un poco. Quizás la mariposa tenía razón. Tal vez ser un camaleón no era tan malo después de todo.
"Y lo más importante, Carlos", dijo la mariposa, "tienes un gran corazón. Eres amable y curioso, y siempre estás dispuesto a aprender cosas nuevas. ¡Eso es lo que te hace realmente especial!"
Carlos sintió que su tristeza se desvanecía. La mariposa tenía razón. Ser él mismo, con todas sus peculiaridades y habilidades, era suficiente. Ya no quería ser un zorro, un guepardo, un león o un oso. ¡Quería ser Carlos, el pequeño camaleón verde (y ahora amarillo y con manchas marrones)!
Sonrió a la mariposa y le dijo: "¡Gracias! Tenías razón. Me gusta ser un camaleón".
La mariposa revoloteó alegremente. "¡Lo sabía! Ahora, ¿por qué no intentas cazar otro saltamontes? ¡Estoy segura de que lo lograrás!"
Carlos asintió con entusiasmo. Esta vez, se concentró en usar sus habilidades de camuflaje para acercarse al saltamontes sin ser detectado. Respiró hondo, estiró su lengua pegajosa… ¡y lo atrapó! ¡Sí! ¡Carlos atrapó un saltamontes!
¡Mira! ¡Carlos está feliz! ¡Ahora es verde otra vez (más o menos), y está disfrutando de su delicioso almuerzo! Y sabes qué? Ya no quiere ser nadie más que él mismo. ¡Porque ser Carlos, el camaleón, es genial! ¡Fin!
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