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Carmen, con sus tres añitos y un lazo rojo gigante en el pelo, llegó a la granja. ¡No era cualquier granja! Era la Granja Cantarina, muy parecida a la de Zenón, llena de animales simpáticos y sonidos divertidos. Su abuelo, Don Pepe, la esperaba con los brazos abiertos, listo para una aventura campestre.
"¡Bienvenida, mi Carmen!" exclamó Don Pepe, levantándola en el aire. "¡Prepárate para conocer a todos mis amigos!"
Carmen, con sus ojos brillantes, asintió emocionada. Lo primero que vio fue a la vaca Lola, pero no era una vaca cualquiera. ¡Lola tenía manchas en forma de corazones! Y cuando decía "¡Muuu!", parecía que cantaba una melodía suave.
"¡Hola, Lola!" saludó Carmen, estirando su manita para tocar su suave pelaje.
Lola, gentilmente, lamió la mano de Carmen. Luego, Don Pepe la llevó al corral de las gallinas. Allí, la gallina Turuleca, con sus plumas coloridas, cacareaba sin parar. Pero no cacareaba como una gallina normal. ¡Parecía que estaba contando un chiste! Carmen se reía a carcajadas.
"¡Mira, Carmen!" dijo Don Pepe, señalando a un grupo de patitos amarillos que chapoteaban en un charco. "¡Son los patitos de la pata Sofía!"
Los patitos, al ver a Carmen, empezaron a hacer "¡Cuac, cuac!" en un coro alegre. Carmen intentó imitarlos, pero solo le salía un "¡Guag, guag!" que hizo reír a Don Pepe.
Después, fueron a ver al caballo Percherón, un gigante gentil con un pelaje brillante. Percherón relinchaba suavemente, como si estuviera saludando a Carmen. Don Pepe le dio una zanahoria a Carmen para que se la diera al caballo.
"¡Ten, Percherón!" dijo Carmen, ofreciéndole la zanahoria. Percherón la comió con un ruido divertido, haciendo cosquillas en la mano de Carmen.
El sol empezaba a caer y los animales de la Granja Cantarina se preparaban para dormir. Don Pepe llevó a Carmen al establo, donde los cerditos rosados roncaban suavemente.
"¡Mira, Carmen! ¡Los cerditos están soñando!" susurró Don Pepe.
Carmen se acercó a un cerdito y le acarició el hocico. El cerdito se movió un poco, pero siguió roncando plácidamente.
Antes de ir a la cama, Don Pepe le enseñó a Carmen el huerto. Allí, las verduras crecían alegres y coloridas. Había tomates rojos como cerezas, zanahorias anaranjadas y lechugas verdes como esmeraldas.
"¡Mira, Carmen! ¡Aquí cultivamos nuestra comida!" explicó Don Pepe.
Carmen cogió un tomate y lo miró con curiosidad. Don Pepe lo lavó y se lo dio para que lo probara. A Carmen le encantó el sabor dulce y jugoso del tomate.
Cuando llegó la hora de dormir, Carmen estaba agotada pero feliz. Se acurrucó en la cama que Don Pepe le había preparado en su habitación. Antes de cerrar los ojos, pensó en todos los animales de la Granja Cantarina.
"¡Lola, Turuleca, Sofía, Percherón, cerditos…!" murmuró Carmen, quedándose dormida con una sonrisa en la cara.
Al día siguiente, Carmen se despertó con el canto del gallo Bartolito. ¡Bartolito era el gallo más madrugador de la granja! Carmen saltó de la cama y corrió a buscar a Don Pepe.
"¡Abuelo, abuelo! ¡Quiero ver a los animales otra vez!" exclamó Carmen.
Don Pepe sonrió. "¡Por supuesto, mi Carmen! ¡La Granja Cantarina te está esperando!"
Y así, Carmen pasó muchos días felices en la Granja Cantarina, aprendiendo sobre los animales, la naturaleza y la alegría de vivir en el campo. Aprendió a ordeñar a Lola (con la ayuda de Don Pepe, claro), a recoger los huevos de Turuleca y a dar de comer a los patitos de Sofía. Cada día era una nueva aventura, llena de risas, canciones y amor por los animales. Y cada noche, se dormía soñando con la Granja Cantarina y sus amigos.
Un día, Carmen tuvo que volver a casa. Se despidió de Don Pepe con un abrazo fuerte y prometió volver pronto. Mientras se alejaba, vio a todos los animales reunidos en la puerta de la granja, como si la estuvieran despidiendo. Lola mugió suavemente, Turuleca cacareó un adiós y los patitos hicieron "¡Cuac, cuac!" en coro.
Carmen sonrió. Sabía que, aunque estuviera lejos, siempre llevaría la Granja Cantarina en su corazón. Y sabía que pronto volvería a disfrutar de las aventuras y la compañía de sus amigos animales.
Porque la Granja Cantarina no era solo una granja, era un lugar mágico donde los sueños se hacían realidad y la felicidad florecía en cada rincón.
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