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Celestina era una anciana que vivía en lo profundo del bosque, en una pequeña cabaña cubierta de hiedra. Sus únicos compañeros eran sus dos gatos, Sempronio y Parmeno, unos felinos muy particulares. Celestina, a pesar de su apariencia venerable, era una hechicera de magia oscura, y su corazón albergaba una gran maldad. Cada año, en la noche de Halloween, Celestina tramaba un plan para robar niños, y Sempronio y Parmeno eran sus cómplices más valiosos.
Lo que hacía especiales a Sempronio y Parmeno era su habilidad para transformarse en niños. Con su magia, Celestina los convertía en dos pequeños traviesos que se dedicaban a engañar a otros niños. Les contaban historias sobre una maravillosa casa de dulces, un lugar mágico donde no había reglas ni padres que les impidieran comer todos los dulces que quisieran. ¡Un paraíso de azúcar, decían!
En el pueblo, vivía una niña muy linda llamada Melibea. Tenía solo siete años y era conocida por su amabilidad y su dulce sonrisa. Melibea era la hija del alcalde, y todos la querían mucho. Su mejor amigo era Calisto, un niño dos años mayor que ella, que siempre la protegía y la hacía reír.
Se acercaba Halloween, y Celestina, con una sonrisa malévola, estaba preparando su plan. Revolviendo ingredientes en su caldero, murmuraba conjuros y hechizos. Sempronio y Parmeno, en su forma felina, la observaban con ojos brillantes, listos para cumplir sus órdenes.
Esa tarde, Melibea y Calisto estaban jugando en la plaza del pueblo, disfrazados para la noche de Halloween. Melibea llevaba un disfraz de hada, con alas brillantes y una varita mágica, mientras que Calisto se había vestido de valiente caballero, con una armadura de cartón y una espada de madera.
De repente, dos niños desconocidos se acercaron a ellos. Eran Sempronio y Parmeno, transformados por la magia de Celestina. Con una sonrisa dulce, se presentaron: "¡Hola! Somos Samuel y Pedro. ¿Quieren venir con nosotros a la casa de los dulces? ¡Es un lugar increíble, lleno de caramelos, chocolates y pasteles!"
Melibea, con su corazón inocente, se sintió intrigada. "¿Una casa de dulces? ¡Qué divertido!", exclamó. Calisto, sin embargo, sintió un escalofrío. Algo en la mirada de esos niños no le inspiraba confianza.
"No sé, Melibea…", dijo Calisto, dudando. "Parecen un poco… raros".
"¡Vamos, Calisto! No seas aguafiestas", insistió Melibea. "¿Qué puede pasar? Además, ¡me encantan los dulces!".
Calisto, a pesar de su presentimiento, no pudo negarle nada a Melibea. "Está bien", cedió. "Pero prometemos que no nos alejaremos mucho del pueblo".
Los cuatro niños se adentraron en el bosque, siguiendo a Sempronio y Parmeno. A medida que se alejaban de la plaza, el ambiente se volvía más oscuro y silencioso. Los árboles parecían susurrar secretos siniestros, y una brisa fría les erizó la piel.
Finalmente, llegaron a una pequeña cabaña, escondida entre los árboles. Era la cabaña de Celestina. La casa parecía hecha de pan de jengibre, con ventanas de caramelo y un tejado de chocolate. El olor a dulces era irresistible.
"¡Bienvenidos a la casa de los dulces!", exclamaron Sempronio y Parmeno, con una sonrisa malévola.
Melibea, deslumbrada, corrió hacia la casa. Calisto, aún desconfiado, la siguió de cerca.
Al entrar, se encontraron con un salón lleno de mesas repletas de dulces de todas las formas y colores. Había piruletas gigantes, montañas de algodón de azúcar, ríos de chocolate y pasteles de todos los sabores. ¡Un festín para los sentidos!
Celestina, vestida con un largo vestido negro y un sombrero puntiagudo, los recibió con una sonrisa falsa. "¡Bienvenidos, niños! Disfruten de todos los dulces que quieran. ¡Hoy no hay reglas!"
Melibea, extasiada, comenzó a devorar dulces sin parar. Calisto, sin embargo, seguía sintiéndose incómodo. Observó a Celestina con atención y notó algo extraño en sus ojos.
De repente, Calisto recordó una vieja leyenda que su abuela le había contado sobre una bruja que robaba niños en Halloween. La bruja usaba la magia para atraerlos a su cabaña con la promesa de dulces, y luego los convertía en sus esclavos.
"¡Melibea, tenemos que irnos!", gritó Calisto. "¡Esta es una trampa!".
Melibea, con la boca llena de chocolate, no entendió nada. "¿De qué estás hablando, Calisto? ¡Esto es genial!".
Celestina, al oír las palabras de Calisto, reveló su verdadera naturaleza. Su sonrisa se convirtió en una mueca malévola, y sus ojos brillaron con una luz oscura.
"¡Demasiado tarde, niño entrometido!", exclamó Celestina. "¡Ahora ustedes dos serán mis esclavos para siempre!".
Celestina levantó sus manos y comenzó a recitar un conjuro. Sempronio y Parmeno, volviendo a su forma felina, rodearon a Melibea y Calisto, listos para atraparlos.
Pero Calisto era valiente e inteligente. Recordó que la abuela también le había dicho que la magia oscura era vulnerable a la luz y al amor.
Con todas sus fuerzas, Calisto abrazó a Melibea y gritó: "¡Te quiero, Melibea! ¡Eres la mejor amiga del mundo!".
Al oír estas palabras, una luz brillante emanó de Calisto y Melibea. La magia oscura de Celestina se debilitó, y la cabaña comenzó a temblar. Sempronio y Parmeno, asustados, huyeron al bosque.
Celestina, furiosa, intentó atacar a Calisto y Melibea, pero la luz que los rodeaba la protegía. La cabaña se desmoronó, revelando el bosque oscuro y sombrío.
Calisto y Melibea, tomados de la mano, corrieron de regreso al pueblo. Cuando llegaron a la plaza, sus padres los estaban esperando, preocupados.
Al verlos, los abrazaron con fuerza. Calisto y Melibea les contaron todo lo que había sucedido, y los padres, aunque incrédulos, les agradecieron por su valentía.
Desde ese día, nadie volvió a ver a Celestina, Sempronio y Parmeno. La leyenda de la bruja de la casa de dulces se convirtió en una advertencia para todos los niños del pueblo. Y Melibea y Calisto, unidos por su amistad y su valentía, vivieron felices para siempre.
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