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Gratis · elige una vozHabía una vez, en un pueblo rodeado de campos de amapolas y colinas suaves, una niña llamada Celia. Celia tenía nueve años, una melena castaña que le llegaba hasta los hombros y unos ojos grandes y curiosos que siempre estaban buscando aventuras. Aquel día, era un día muy especial: ¡Iban al Parque de Atracciones "La Fantasía"!
Celia, su hermano pequeño, Pablo, y sus padres llegaron al parque llenos de emoción. Nada más entrar, el olor a palomitas recién hechas y algodón de azúcar invadió sus narices. Risas, gritos de alegría y la música de las atracciones creaban una atmósfera mágica. Celia no sabía dónde mirar primero. Estaba todo lleno de luces brillantes, montañas rusas enormes y personajes disfrazados saludando a los niños.
"¡Vamos a la montaña rusa del Dragón Volador!" exclamó Pablo, tirando de la mano de su padre. Celia, sin embargo, se quedó embelesada mirando un laberinto gigante hecho de caramelos de colores. "¡Yo quiero ir al Laberinto de Caramelo!" dijo Celia con entusiasmo.
Sus padres, viendo la ilusión en sus ojos, accedieron. "Vale, cariño, pero ten mucho cuidado y no te separes de nosotros. Nos encontraremos aquí mismo en una hora, ¿de acuerdo?" le dijo su madre, señalando un gran reloj de flores que adornaba la entrada del laberinto.
Celia asintió con la cabeza, cogió el mapa del laberinto que le ofrecía una amable señora vestida de duende y entró corriendo. El laberinto era aún más impresionante por dentro. Paredes altas de caramelo de fresa, limón y menta se alzaban a su alrededor. El olor dulce era embriagador. Celia siguió el mapa con atención, intentando encontrar la salida lo más rápido posible para poder volver con su familia y montar en las demás atracciones.
Al principio, todo fue bien. Celia resolvió algunos acertijos que estaban escritos en las paredes de caramelo y encontró algunos atajos secretos. Pero, de repente, se dio cuenta de que ya no recordaba por dónde había venido. El mapa parecía confuso y las paredes de caramelo, todas iguales. Empezó a sentir un nudo en el estómago. Se había perdido.
"¡Mamá! ¡Papá!" gritó Celia, pero su voz se perdía entre las paredes de caramelo. El pánico comenzó a invadirla. Las risas de los demás niños se oían lejanas y confusas. Celia caminó sin rumbo fijo, dando vueltas y más vueltas. Empezó a llorar. Estaba asustada y sola.
Después de un rato, Celia se sentó en el suelo, apoyada en una pared de caramelo de naranja. Las lágrimas le corrían por las mejillas. De repente, escuchó una voz suave. "¿Estás bien, niña? ¿Por qué lloras?"
Celia levantó la vista y vio a una señora vestida de hada madrina, con un vestido brillante y una varita mágica en la mano. La señora Hada Madrina le sonrió con dulzura. Celia, sintiéndose aliviada de ver a alguien, le contó entre sollozos que se había perdido y que no encontraba a su familia.
La Hada Madrina escuchó atentamente a Celia y le dijo: "No te preocupes, pequeña. Te ayudaré a encontrar a tu familia. Pero primero, necesito que respires hondo y me digas dónde los viste por última vez."
Celia respiró hondo y recordó el reloj de flores que estaba en la entrada del laberinto. Se lo contó a la Hada Madrina. "¡Muy bien! Sígueme," dijo la Hada Madrina. "Conozco un camino secreto que nos llevará directamente allí."
La Hada Madrina tocó una pared de caramelo con su varita mágica y, ¡puf!, apareció una puerta secreta. Celia, con el corazón lleno de esperanza, siguió a la Hada Madrina a través de la puerta. Caminaron por un pasillo estrecho y oscuro hasta que, finalmente, llegaron a la entrada del laberinto. Allí, justo delante del reloj de flores, estaban los padres de Celia, buscándola desesperadamente. Pablo estaba en brazos de su madre, también preocupado.
"¡Mamá! ¡Papá!" gritó Celia, corriendo hacia ellos. Sus padres la abrazaron con fuerza, aliviados de tenerla de nuevo en sus brazos. "¡Celia, estábamos muy preocupados! ¿Dónde estabas?" le preguntó su madre.
Celia les contó todo lo que había pasado, cómo se había perdido y cómo la Hada Madrina la había ayudado a encontrar el camino de vuelta. Sus padres agradecieron enormemente a la Hada Madrina su ayuda. La Hada Madrina sonrió y les dijo: "Recordad siempre, la familia es lo más importante. Y si os perdéis, pedid ayuda."
Y así, Celia aprendió una valiosa lección aquel día en el Parque de Atracciones "La Fantasía". Aunque el Laberinto de Caramelo era muy divertido, lo más importante era estar con su familia. Después de aquel susto, decidieron pasar el resto del día juntos, montando en todas las atracciones y comiendo palomitas. Y, por supuesto, Celia nunca más se separó de sus padres en un lugar desconocido. Desde aquel día, Celia siempre recordaba con cariño su aventura en el Laberinto de Caramelo y la amable Hada Madrina que la ayudó a encontrar el camino de vuelta a casa.
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