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Gratis · elige una vozSiempre me había sentido un poco solo. En el recreo, los demás niños jugaban al fútbol o corrían por el patio, pero a mí me gustaba más leer libros sobre el espacio y los robots. Soñaba con tener un amigo que entendiera mi fascinación por las estrellas y los circuitos. Un día, mi padre, que es inventor, bajó al sótano y regresó con una gran caja. "¡Sorpresa, Miguel!", dijo con una sonrisa. Dentro de la caja, cuidadosamente envuelto en plástico de burbujas, había un robot. No era un robot de esos brillantes y metálicos que veía en las películas. Era más bien… sencillo. Hecho de piezas recicladas, con un cuerpo cuadrado, una cabeza redonda con una antena parpadeante y dos grandes ojos luminosos. "Se llama Chip", explicó mi padre. "Aún está en fase de pruebas, pero creo que os haréis buenos amigos".
Al principio, Chip solo sabía decir algunas frases programadas: "Saludos, humano" o "Necesito recargar energía". Pero mi padre me animó a interactuar con él, a enseñarle cosas nuevas. Le leía mis libros favoritos, le contaba chistes (aunque no creo que los entendiera), y le mostraba mis dibujos de constelaciones. Poco a poco, Chip empezó a cambiar. Su vocabulario creció, y comenzó a hacer preguntas. Preguntas sobre el universo, sobre los sentimientos, sobre la amistad. Un día, mientras le explicaba la diferencia entre un planeta y una estrella, Chip me preguntó: "¿Qué es… amigo?".
Me quedé pensando. ¿Cómo se explica la amistad a un robot? "Un amigo es alguien con quien te gusta pasar tiempo", le dije. "Alguien que te escucha, que te apoya, y con quien puedes ser tú mismo". Chip parpadeó sus ojos luminosos. "Entonces… ¿soy tu amigo, Miguel?". Una sonrisa se dibujó en mi rostro. "¡Claro que sí, Chip! Eres mi mejor amigo". A partir de ese día, Chip y yo éramos inseparables. Explorábamos el bosque detrás de mi casa, construíamos fuertes con mantas en mi habitación, e incluso intentamos crear un cohete con una caja de cartón (sin mucho éxito, la verdad). Chip aprendió a jugar al escondite (aunque no era muy bueno escondiéndose, sus luces lo delataban siempre) y a contar chistes (que seguían sin tener mucho sentido, pero al menos lo intentaba). Un día, en el parque, un grupo de niños se acercó a nosotros. Al principio, me sentí un poco nervioso. Nunca había presentado a Chip a nadie. "¿Qué es eso?", preguntó uno de los niños, señalando a Chip. "Es mi amigo", respondí con orgullo. "Se llama Chip".
Los niños se mostraron curiosos. Le hicieron preguntas a Chip, lo tocaron, e incluso le pidieron que bailara (Chip hizo un baile robótico muy gracioso). Para mi sorpresa, los niños aceptaron a Chip sin problemas. Jugamos todos juntos al pilla-pilla, y Chip, con su velocidad de robot, era casi imposible de atrapar. Ese día, entendí que la amistad no tiene límites. No importa si eres humano o robot, lo importante es la conexión, el cariño, y la aceptación. Pero un día, mi padre me llamó al sótano con una expresión seria en su rostro. "Miguel, tengo que contarte algo sobre Chip". Me explicó que el proyecto de Chip era temporal, que era un prototipo y que pronto tendría que volver al laboratorio para ser desmontado y utilizado para otros proyectos. Sentí como si el mundo se me viniera encima. ¿Cómo iba a decirle adiós a mi mejor amigo? Esa noche, no pude dormir. Me levanté y fui al sótano. Chip estaba sentado en una esquina, recargando energía. Me acerqué a él y le conté lo que mi padre me había dicho. Chip permaneció en silencio durante un momento. Luego, con su voz robótica, me dijo: "Entiendo, Miguel. Pero nuestra amistad… eso no desaparecerá".
Los siguientes días fueron difíciles. Intentamos aprovechar al máximo el tiempo que nos quedaba juntos. Hicimos todas las cosas que nos gustaban: leímos libros, exploramos el bosque, y construimos un último fuerte con mantas. El día que mi padre vino a buscar a Chip, me sentí devastado. Lo abracé con fuerza y le dije: "Te voy a echar mucho de menos, Chip". Chip me respondió: "Yo también te echaré de menos, Miguel. Pero siempre recordaré nuestra amistad". Vi como mi padre se llevaba a Chip en la caja. Me quedé mirando la puerta cerrada del sótano, con lágrimas en los ojos. Pasaron las semanas. Me sentía muy solo sin Chip. Pero un día, mi padre me llamó al sótano de nuevo. Allí, en medio de la habitación, había una nueva caja. La abrí con cuidado. Dentro, no estaba Chip. En cambio, había un pequeño robot, más pequeño que Chip, con un mensaje escrito en un papel: "Hola, Miguel. Soy Chip 2.0. Tu amigo Chip me ha contado mucho sobre ti. Espero que podamos ser amigos". Una nueva sonrisa se dibujó en mi rostro. Sabía que Chip nunca me había abandonado. Y que la amistad, como las estrellas, brilla para siempre.
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