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Gratis · elegí una vozEn un día soleado, tan brillante que hasta las piedras parecían sonreír, el Chapulín Colorado, con su corazón de pollo pero valentía de león, se teletransportó… ¡PUM!… a un lugar completamente desconocido. No era la vecindad, ni Acapulco, ni siquiera Marte. Era… ¡Piedradura!
"¡No contaban con mi astucia!", exclamó el Chapulín, mirando a su alrededor. Casas hechas de piedra, autos también de piedra… ¡todo era de piedra! De repente, un estruendo sacudió el suelo. Un hombre corpulento, vestido con una piel de leopardo, conducía un auto-tronco a toda velocidad. ¡Era Pedro Picapiedra!
Pedro frenó en seco, levantando una nube de polvo de piedra. "¡Yabba Dabba Doo! ¿Quién eres tú, saltamontes rojo?", preguntó Pedro, con su vozarrón característico.
"Soy el Chapulín Colorado, ¡más ágil que una tortuga, más fuerte que un ratón, más noble que una lechuga!", respondió el Chapulín, inflando el pecho.
Pedro soltó una carcajada. "¿Un saltamontes? ¡Ja! En Piedradura, los saltamontes son aperitivo. ¡Yabba Dabba Doo!"
El Chapulín, ofendido, sacó su Chipote Chillón. "¡Que no panda el cúnico! ¡Esto va a doler!", advirtió.
Y así comenzó la batalla épica y graciosa. Pedro, con su fuerza bruta, intentaba aplastar al Chapulín con su garrote de hueso. El Chapulín, ágil y escurridizo, saltaba de un lado a otro, evitando los golpes y golpeando a Pedro con su Chipote Chillón.
"¡Siganme los buenos!", gritaba el Chapulín, mientras esquivaba una roca lanzada por Pedro.
"¡Yabba Dabba Doo! ¡Te voy a convertir en sopa de dinosaurio!", rugía Pedro, persiguiendo al Chapulín alrededor de su auto-tronco.
En un momento dado, el Chapulín tropezó con un montón de piedras. "¡Oh, oh! ¡Ahora sí me llevó el tren!", pensó. Pero rápidamente se levantó, agarró una piedra y la lanzó a Pedro. La piedra golpeó a Pedro en la cabeza, haciéndole ver estrellitas.
"¡Auch! ¡Eso dolió!", se quejó Pedro, sobándose la cabeza.
El Chapulín, aprovechando la oportunidad, sacó sus pastillas de chiquitolina. "¡Con mis antenitas de vinil detecto la presencia del enemigo! ¡Chiquitolina!", exclamó, tomando una pastilla.
De repente, el Chapulín se hizo pequeñito, tan pequeño como una hormiga. Pedro, confundido, no sabía dónde estaba. "¿Dónde te metiste, saltamontes insignificante? ¡Yabba Dabba Doo!"
El Chapulín, ahora diminuto, subió al auto-tronco de Pedro y comenzó a cortar los cables con sus antenitas. El auto-tronco empezó a fallar, haciendo ruidos extraños. Pedro, desesperado, intentaba arreglarlo, pero era inútil.
"¡Auxilio! ¡Mi auto-tronco! ¡Yabba Dabba Doo!", gritaba Pedro, mientras el auto-tronco se detenía por completo.
El Chapulín, recuperando su tamaño normal, saltó del auto-tronco. "¡Lo sospeché desde un principio! ¡No contaban con mi astucia!", dijo, triunfante.
Pedro, derrotado, se sentó en una piedra, con la cabeza entre las manos. "Nunca pensé que un saltamontes me ganaría. ¡Yabba Dabba Doo!", lamentó.
El Chapulín, sintiendo lástima por Pedro, se acercó a él. "No te preocupes, amigo. Todos tenemos nuestros momentos. Además, ¿quién podría resistirse al poder del Chipote Chillón y las pastillas de chiquitolina?", dijo, sonriendo.
Pedro levantó la vista, sorprendido. "¿Amigo? ¿En serio? ¡Yabba Dabba Doo!", exclamó, emocionado.
El Chapulín asintió. "Claro que sí. ¿Qué te parece si te ayudo a arreglar tu auto-tronco? Después, podemos ir a comer unos deliciosos… ¡eh… lo que sea que coman aquí!", propuso.
Pedro sonrió. "¡Yabba Dabba Doo! ¡Acepto! ¡Podemos comer costillas de brontosaurio!", respondió.
Y así, el Chapulín Colorado y Pedro Picapiedra se hicieron amigos, demostrando que incluso los héroes más diferentes pueden unirse para enfrentar cualquier desafío. El Chapulín aprendió sobre la vida en Piedradura y Pedro aprendió que no hay que subestimar a un saltamontes, ¡especialmente si tiene un Chipote Chillón! Al final del día, el Chapulín se teletransportó de vuelta a su vecindad, no sin antes prometer a Pedro que volvería a visitarlo. ¡Yabba Dabba Doo! ¡Que no panda el cúnico! ¡Siganme los buenos!
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