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En lo más alto de la Montaña de los Volcanes Dormidos, donde las nubes parecen algodón de azúcar y el aire huele a pino y azufre, vivía Chispín. Chispín era un dragón pequeño, de escamas color verde esmeralda y ojos grandes y brillantes como canicas. A diferencia de sus hermanos mayores, Fuego y Centella, que pasaban el día compitiendo por ver quién lanzaba la llamarada más larga, Chispín prefería observar las mariposas o leer cuentos bajo la sombra de un sauce llorón.
Chispín tenía un secreto que lo avergonzaba profundamente: le tenía miedo al fuego. Cada vez que sentía ese calorcito picante subiendo por su garganta, cerraba la boca con fuerza, temiendo quemarse la nariz o, peor aún, asustar a alguien. Cuando sus padres lo animaban a practicar, Chispín solo lograba soltar un ruidito decepcionante: «¡Puf!». De su boca no salía fuego, sino un humito gris y tímido que se disolvía antes de tocar el suelo.
—¡No sirvo para ser dragón! —exclamaba Chispín con los ojos empañados, escondiendo su cabecita entre sus alas verdes—. Un dragón sin fuego es como un jardín sin flores o un cielo sin estrellas.
Sus hermanos se reían, no por maldad, sino porque no entendían cómo alguien podía temerle a lo que los hacía especiales. Pero un martes por la tarde, algo cambió en el bosque que rodeaba la montaña. Un estruendo ensordecedor, ¡BUUUM! ¡BUUUM!, sacudió los nidos de los pájaros y las madrigueras de los topos. Una roca gigantesca, del tamaño de una casa, se había desprendido de la cima y había caído justo en el cauce del Río de Cristal, el único suministro de agua para todos los habitantes del valle.
El conejo saltarín corría de un lado a otro gritando: —¡Es un trueno gigante que se ha quedado a vivir en el camino!

La ardilla presumida, con la cola erizada, añadía: —¡No, es un monstruo de piedra que quiere robarnos el agua!
Pronto, el río dejó de correr. Los peces saltaban preocupados en los charcos que quedaban, y las flores comenzaron a inclinar sus cabecitas por la sed. Los animales del bosque se reunieron al pie de la gran roca, pero por más que empujaron y tiraron, la piedra no se movía ni un milímetro. Estaba encajada de tal forma que solo una fuerza descomunal podría moverla o romperla.
Chispín observaba la escena desde un risco, temblando de miedo. Vio a la mamá pata preocupada por sus patitos y al viejo búho buscando una solución en vano. —Tengo que ayudar —susurró Chispín para sí mismo—. Aunque mis rodillas tiemblen y mi corazón lata como un tambor loco.
Bajó de la montaña con paso vacilante. Al llegar frente a la roca, todos los animales guardaron silencio. Chispín era pequeño, pero era un dragón.
—¡Tú puedes, Chispín! —gritó el conejo, aunque no estaba muy seguro.

Chispín se colocó frente a la mole de piedra. Sintió el frío del agua que se estancaba y el calor del sol de la tarde. Cerró los ojos con fuerza y recordó todas las veces que había deseado ser valiente. Pensó en la sed de sus amigos y en la belleza del río corriendo libre. De repente, ya no pensó en el miedo a quemarse; pensó en la necesidad de salvar el bosque.
Respiró profundo, llenando sus pulmones hasta que su pecho verde pareció un globo a punto de explotar. Sintió una chispa nueva en su interior, no una chispa de miedo, sino de determinación. Con todo su valor, abrió la boca y soltó un rugido que no sonó a «puf», sino a un trueno majestuoso.
¡FIIIIUUUUUUU!
De su garganta brotó una llamarada enorme, de colores rojos, anaranjados y dorados tan brillantes que parecían pedacitos de sol. El fuego envolvió la roca, calentándola hasta que el aire vibró. El cambio brusco de temperatura hizo que la piedra crujiera. ¡CRAAAC! Un segundo después, la roca se partió en mil pedazos pequeños, liberando el paso del agua.
El río volvió a fluir con un canto alegre, refrescando la tierra y devolviendo la vida al valle. Los animales estallaron en vítores y aplausos. Chispín, con la cara un poco tiznada pero una sonrisa radiante, se dio cuenta de algo maravilloso: el fuego no era un monstruo al que temer, sino un regalo que podía proteger a los que amaba.
—El fuego no da miedo cuando lo usas para ayudar —dijo Chispín, mientras sus hermanos llegaban volando, asombrados por la hazaña del pequeño.
Desde ese día, Chispín no volvió a esconderse. Se convirtió en el guardián del bosque. Ya no usaba su fuego para competir, sino para calentar a los animales en las noches de invierno, para encender las fogatas de las fiestas y para cocinar deliciosas manzanas asadas para todos. Y en todo el reino, ya nadie lo conocía como el dragón miedoso, sino como: Chispín, el dragón del corazón valiente.
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