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Mamá Elena suspiraba profundamente, con las manos en la cintura. Miraba a su hijo, Tomás, que jugaba en el parque, arrebatándole los juguetes a los demás niños. "¡Tomás! ¡Sé amable! ¡Comparte! ¡Eres tan... testarudo!", gritaba ella desde el banco. Tomás, con el ceño fruncido, ignoraba a su madre y empujaba a un niño para quedarse con una pala de color rojo.
Todos los días eran iguales. Mamá Elena se quejaba del carácter de Tomás. "¡Ay, hijo! ¿Por qué tienes que ser tan grosero? ¿Por qué no puedes ser como Pedrito, el hijo de la vecina, que siempre es tan educado?", le decía mientras lo llevaba de la mano a casa, después de una tarde llena de disputas en el parque. Tomás, en silencio, arrastraba los pies y pateaba las piedritas del camino.
Una tarde, mientras Mamá Elena regaba las flores de su jardín, la vecina, Doña Rosa, se acercó a charlar. "Elena, ¡qué bonitas te están quedando las rosas!", exclamó Doña Rosa.
"Gracias, Rosa. ¡Ojalá pudiera decir lo mismo de mi hijo!", respondió Elena con un suspiro. "No sé qué hacer con Tomás. Es tan... difícil. Siempre está peleando, nunca comparte, es grosero con los demás niños... ¡Me saca de quicio!"
Doña Rosa, con una mirada sabia, se acercó un poco más a Elena y le dijo suavemente: "Elena, ¿alguna vez has pensado en el refrán de tal palo, tal astilla?".
Elena frunció el ceño, confundida. "¿Qué quieres decir con eso, Rosa?"
Doña Rosa sonrió amablemente. "Elena, tú eres una mujer muy... enérgica. Siempre dices lo que piensas, a veces sin pensar en cómo se sienten los demás. No quiero ofenderte, pero quizás Tomás aprende de ti. Los niños aprenden más con el ejemplo que con las palabras".
Las palabras de Doña Rosa golpearon a Elena como un balde de agua fría. Se quedó callada, mirando sus manos, sintiendo un calor subirle a las mejillas. Nunca se había parado a pensar en cómo su propio comportamiento podía influir en el de su hijo. Siempre había estado tan ocupada criticando a Tomás que no se había dado cuenta de que quizás él simplemente estaba imitando lo que veía en casa.
Esa noche, mientras acostaba a Tomás, Elena lo miró con otros ojos. Vio en su hijo un reflejo de sí misma. Vio la misma terquedad, la misma impaciencia, la misma tendencia a decir las cosas sin pensar. Se sintió avergonzada.
"Tomás, cariño", dijo Elena con voz suave, "¿sabes? Hoy he aprendido algo muy importante. A veces, no nos damos cuenta de cómo nuestro comportamiento afecta a los demás. Y a veces, los niños aprenden de sus padres, incluso las cosas que no queremos que aprendan".
Tomás la miró con curiosidad, sin entender muy bien lo que su madre estaba diciendo.
"A partir de ahora", continuó Elena, "voy a intentar ser una mejor persona. Voy a intentar ser más paciente, más amable y más comprensiva. Y te prometo que te ayudaré a ti también a ser mejor. ¿Qué te parece?"
Tomás sonrió tímidamente y abrazó a su madre. "Me parece bien, mamá".
A partir de ese día, Elena se esforzó por cambiar. Empezó a escuchar a Tomás con más atención, a hablarle con más calma y a mostrarle más afecto. En lugar de gritarle cuando hacía algo mal, intentaba explicarle por qué su comportamiento no era el adecuado. Se esforzaba por ser un ejemplo de paciencia y amabilidad.
Al principio, no fue fácil. Elena seguía siendo enérgica y a veces se le escapaba algún comentario poco amable. Pero cada vez que se daba cuenta, se disculpaba con Tomás y le explicaba que estaba trabajando en ello.
Poco a poco, Tomás empezó a cambiar también. Empezó a ser más amable con los demás niños, a compartir sus juguetes y a pedir las cosas por favor. Ya no se enfadaba tan fácilmente y aprendió a controlar sus impulsos.
Un día, mientras jugaban en el parque, Elena observó a Tomás compartir su pala con una niña pequeña. La niña le sonrió a Tomás y él le devolvió la sonrisa. Elena sintió un nudo en la garganta. Vio en la sonrisa de su hijo el reflejo de su propio esfuerzo por ser mejor persona.
Esa tarde, Doña Rosa se acercó a Elena en el parque. "Elena, ¡qué diferente está Tomás!", exclamó Doña Rosa con una sonrisa. "Está mucho más amable y educado. ¡Qué bien!"
Elena sonrió y asintió. "Sí, Rosa. He aprendido que de tal palo, tal astilla. Y quiero que mi astilla sea brillante".
Tomás, al oír las palabras de su madre, corrió a abrazarla. "¡Te quiero, mamá!", gritó.
Elena abrazó a su hijo con fuerza, sintiendo una inmensa felicidad. Sabía que el camino por delante aún era largo, pero también sabía que, juntos, podrían lograr que la astilla, Tomás, brillara con luz propia. Y así fue como Chispita, la astilla brillante, iluminó la vida de Mamá Elena con su bondad y alegría.
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