Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozHabía una vez, en el rincón más cálido de la pastelería 'El Sueño Dulce', una pequeña galleta llamada Chispita. Chispita era una galleta de mantequilla muy suave y dorada, pero tenía una tristeza que no podía ocultar. Mientras sus compañeras en la bandeja presumían de tener diez, quince o hasta veinte chispas de chocolate, Chispita solo tenía dos. Una estaba cerca de su borde derecho y la otra parecía un pequeño lunar cerca de su centro.
—Mírenme —decía Gala, una galleta presumida que estaba a su lado—. Soy casi más chocolate que masa. ¡Soy una obra de arte!
Chispita suspiraba. Se sentía vacía, como un cielo nocturno sin estrellas. Ella quería ser especial, quería brillar bajo las luces de la vitrina y que todos los niños la señalaran con emoción. Un día, cansada de sentirse menos que las demás, decidió rodar con mucho cuidado fuera de la bandeja hasta llegar a la mesa de trabajo del Gran Chef Don Pancho, un hombre de bigotes blancos y ojos brillantes que siempre olía a canela y vainilla.
—¿Qué te pasa, pequeña? —preguntó Don Pancho, alzándola con delicadeza entre sus manos.
—Chef, me siento muy triste —sollozó Chispita—. No tengo suficientes chispas. Soy una galleta aburrida. ¿Podría usted ponerme más chocolate para ser tan bonita como Gala?
Don Pancho sonrió con ternura y acarició su gorro blanco.
—Puedo ayudarte, Chispita, pero el chocolate mágico no se regala así como así. Para que las chispas se queden contigo para siempre, debes demostrar que tienes una mente atenta. Te daré una lluvia de chocolate, pero hay una condición: debes contar cada chispa que caiga sobre ti. Si pierdes la cuenta, si te distraes o si te equivocas en un solo número, el hechizo cambiará. En lugar de deliciosas chispas de chocolate, las que ya tienes y las nuevas se convertirán en pasas secas y arrugadas.
Chispita tragó saliva. A ella no le gustaban las pasas, y sabía que si se equivocaba, no habría vuelta atrás. Pero su deseo de ser hermosa era tan grande que aceptó el desafío.
Don Pancho tomó un frasco de cristal que contenía las chispas más brillantes y oscuras que Chispita jamás había visto. El Chef comenzó a dejarlas caer una por una, muy lentamente al principio.
—¡Uno! —gritó Chispita con voz firme cuando sintió el primer golpe dulce en su masa.
—¡Dos! —continuó, mientras otra chispa se acomodaba a su lado.
—¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco!
La lluvia empezó a acelerarse. Don Pancho movía su mano con ritmo, y el sonido de las chispas al caer era como una melodía de percusión. Chispita cerró los ojos para concentrarse mejor. No pensaba en nada más que en los números.
—¡Diez, once, doce! —su voz sonaba decidida.
De repente, una mosca pasó zumbando cerca de su nariz. Chispita sintió la tentación de mirar, pero recordó la advertencia del Chef. ¡Si se distraía, terminaría llena de pasas! Apretó sus bordes de mantequilla y siguió contando.
—¡Veinte, veintiuno, veintidós! —El chocolate cubría ahora gran parte de su superficie. Se sentía pesada, pero era un peso delicioso.
Don Pancho sonrió y aumentó la velocidad. Las chispas caían como granizo dulce.
—¡Treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete! —Chispita nunca había contado tanto en su vida. Sentía que su cerebro trabajaba tan rápido como su corazón.
Finalmente, el Chef detuvo su mano. El silencio regresó a la cocina. Chispita abrió los ojos y dijo el último número que había sentido:
—¡Cincuenta!
Don Pancho aplaudió con entusiasmo. El hechizo se había completado. Chispita se miró en el reflejo de una cuchara de plata cercana y soltó un grito de alegría. Estaba cubierta de cincuenta chispas de chocolate perfectas, distribuidas como un hermoso mosaico oscuro sobre su cuerpo dorado. Era, sin duda, la galleta más hermosa de la pastelería.
Pero algo extraño sucedió. Chispita ya no solo se sentía bonita. Se sentía... diferente. Se sentía poderosa. Al volver a la bandeja, Gala intentó molestarla de nuevo.
—Vaya, ahora tienes chocolate, pero seguro que sigues siendo una galleta simple —dijo Gala con envidia.
Chispita sonrió y, sin dudarlo, respondió:
—No soy solo chocolate, Gala. Sé contar hasta cincuenta. Sé que el número treinta viene después del veintinueve y que si sumo diez más tendré sesenta.
Chispita se dio cuenta de que el verdadero regalo de Don Pancho no había sido el chocolate, sino la habilidad que había desarrollado para conseguirlo. Contar no era solo decir números; era una forma de entender el mundo, de mantener la calma y de lograr grandes metas.
Desde aquel día, Chispita ya no se preocupaba por cuántas chispas tenía, sino por aprender cosas nuevas. Se convirtió en la maestra de la bandeja, enseñando a las galletas recién horneadas a sumar trocitos de azúcar y a restar migas. Para ella, saber contar era su superpoder más especial, mucho más dulce que cualquier trozo de chocolate.
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