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Gratis · elegí una vozEnrique, de once años, reía a carcajadas mientras lanzaba la pelota roja a Chorizo, su perro salchicha. Chorizo, con sus cortas patitas corriendo a toda velocidad, era pura alegría. El sol brillaba en el campo, un lugar tranquilo donde el padre de Enrique cultivaba… bueno, cultivaba plantas muy especiales. Digamos que eran para… jardinería avanzada.
De repente, un zumbido agudo rompió la paz. Una luz verde brillante descendió del cielo. ¡Era una nave espacial! Chorizo, asustado, ladró furiosamente a la nave. Antes de que Enrique pudiera siquiera gritar, un rayo tractor salió de la nave y atrapó… ¡a Chorizo y a las plantas del padre de Enrique!
Enrique quedó boquiabierto. La nave se elevó rápidamente hacia el cielo, dejando tras de sí un rastro de humo verde. "¡Chorizo! ¡Nooooo!" gritó Enrique, con lágrimas en los ojos.
Corrió a casa y le contó todo a su padre, quien al principio no le creyó. "Enrique, hijo, ¿estás seguro de lo que viste? ¿Alienígenas que se llevan a Chorizo y… mis… plantas?" El padre de Enrique parecía más preocupado por sus plantas que por Chorizo, pero Enrique sabía que en el fondo quería mucho a su perro.
"¡Sí, papá! ¡Lo juro! Tenemos que rescatarlo!" Enrique insistió. Después de mucha insistencia, el padre de Enrique finalmente accedió. "Está bien, hijo. Rescataremos a Chorizo… y mis plantas. Pero esto será un secreto, ¿entendido?"
Prepararon un plan. Primero, necesitaban una nave espacial. Obviamente, no tenían una. Así que decidieron usar el viejo camión de reparto del padre, que, con un poco de imaginación y algunas modificaciones, podría parecerse a una nave espacial. Enrique pintó el camión de color plateado brillante y le añadió antenas hechas con viejas perchas y luces de Navidad. El resultado era… peculiar, pero servía para el propósito.
Luego, necesitaban averiguar a dónde se habían ido los alienígenas. Afortunadamente, Enrique recordó que la nave alienígena había dejado un rastro brillante de humo verde. Decidieron seguir el rastro con el camión espacial.
El rastro los llevó a través de bosques oscuros, montañas altísimas y desiertos áridos. Finalmente, llegaron a un claro donde se veía… ¡otra nave espacial! Era mucho más grande y sofisticada que la que había visto antes. Esta era la base alienígena.
Con mucho cuidado, Enrique y su padre se acercaron a la base. Se escondieron detrás de unas rocas y espiaron. Vieron a los alienígenas, unos seres pequeños y verdes con antenas largas y ojos grandes, descargando las plantas del padre de Enrique. ¡También vieron a Chorizo, encerrado en una jaula! Estaba ladrando y moviendo la cola frenéticamente.
"Tenemos que entrar," susurró Enrique. "Pero ¿cómo?"
El padre de Enrique tuvo una idea. Recordó que los alienígenas parecían muy interesados en sus plantas. Decidió usar una de las plantas como señuelo. Tomaron una de las plantas más grandes y la ataron a una cuerda larga. Luego, la arrojaron hacia la entrada de la base alienígena.
Los alienígenas vieron la planta y corrieron hacia ella, olvidándose por completo de la seguridad. Enrique y su padre aprovecharon la oportunidad para colarse en la base.
Encontraron a Chorizo en la jaula. Enrique abrió la jaula y Chorizo saltó a sus brazos, lamiéndole la cara con entusiasmo. "¡Chorizo! ¡Estás bien!" exclamó Enrique.
Pero su misión aún no había terminado. Tenían que recuperar las demás plantas. Buscaron por toda la base hasta que las encontraron almacenadas en una gran sala. Los alienígenas estaban intentando descifrar cómo cultivarlas.
Enrique tuvo otra idea. Tomó un puñado de fertilizante que su padre siempre usaba y lo roció sobre las plantas. Los alienígenas se asustaron al ver que las plantas empezaban a crecer rápidamente. Huyeron gritando.
Enrique y su padre cargaron las plantas de nuevo en el camión espacial, junto con Chorizo. Se fueron de la base alienígena tan rápido como pudieron.
De vuelta en casa, plantaron las plantas de nuevo en el campo. Chorizo corría felizmente entre las plantas, moviendo la cola. Enrique y su padre se abrazaron, aliviados de haber rescatado a Chorizo y… las plantas.
Desde ese día, Enrique y su padre mantuvieron su aventura en secreto. Pero cada vez que veían una estrella fugaz, Enrique pensaba en los alienígenas y en la increíble aventura que habían vivido juntos. Y Chorizo, bueno, Chorizo simplemente ladraba a las estrellas, asegurándose de que los alienígenas no volvieran a llevárselo… ni las plantas de su padre.
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