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Gratis · elige una vozTomás era un pequeño constructor, ¡el más entusiasta del vecindario! Le encantaba construir torres altísimas con sus bloques de madera, fabricar coches de cartón que recorrían la alfombra a toda velocidad, e incluso intentaba construir casas para los pájaros en el jardín (aunque a veces se le caían las tejas). Su abuelo, Don Roberto, era un constructor de verdad, de los que construyen edificios enormes y puentes fuertes. Don Roberto siempre le decía a Tomás: "La seguridad es lo primero, constructorcito. ¡Siempre, siempre, siempre!".
Un día soleado, Don Roberto estaba construyendo una casita de juegos para Tomás en el jardín. Tomás, emocionado, corría de un lado a otro, ofreciéndose a ayudar. "¡Abuelo, abuelo! ¿Puedo sujetar la escalera? ¿Puedo pasar los clavos? ¡Quiero ayudar!". Don Roberto sonrió. "Claro que puedes ayudar, Tomás, pero con mucho cuidado. Primero, ponte este casco, protege tu cabecita". Le colocó un casco amarillo brillante. "Y ahora, estas gafas, para que no te entre polvo en los ojos".
Tomás, con su casco y sus gafas, se sentía un constructor muy importante. Empezó a correr alrededor de la escalera, gritando: "¡Soy el constructor más rápido del mundo!". Don Roberto lo detuvo. "Tomás, ¡cuidado! No corras cerca de la escalera. Podrías tropezar y caerte. Y yo también podría caerme si me empujas sin querer". Tomás se detuvo y miró a su abuelo. "Lo siento, abuelo. Me emocioné demasiado".
Don Roberto le explicó: "En la construcción, hay que estar siempre atento. No correr, no jugar cerca de las herramientas, y siempre usar el equipo de seguridad. Si no, pueden pasar accidentes". Le mostró unos guantes de trabajo. "Estos protegen tus manos de astillas y golpes". Tomás se puso los guantes, que le quedaban un poco grandes. Se sentía como un verdadero profesional.
Después, Don Roberto estaba cortando una tabla de madera. Tomás, curioso, se acercó demasiado para ver. "¡Tomás! ¡Aléjate un poco! Las astillas pueden saltar y lastimarte los ojos, aunque tengas las gafas puestas. Es mejor observar desde una distancia segura", dijo Don Roberto con voz firme pero amable. Tomás retrocedió unos pasos y observó con atención cómo su abuelo cortaba la madera con cuidado.
De repente, Tomás vio un clavo brillante tirado en el suelo. Pensó que sería divertido jugar con él y lo recogió. Empezó a lanzarlo al aire y a atraparlo. Don Roberto lo vio y se acercó rápidamente. "Tomás, ¡no juegues con los clavos! Son peligrosos. Podrías clavártelo en el pie o en la mano. Los clavos son para construir, no para jugar". Le quitó el clavo con suavidad y lo guardó en su caja de herramientas.
Mientras Don Roberto terminaba de clavar las últimas tablas, Tomás se aburrió un poco. Vio una cuerda larga y pensó que sería divertido saltar a la comba. Empezó a saltar cerca de la zona de trabajo, sin darse cuenta de que la cuerda podía tropezar a su abuelo. Don Roberto, al girarse para coger un martillo, casi tropezó con la cuerda. "¡Tomás, cuidado! ¡No saltes aquí! Podrías hacerme caer y hacerme daño".
Tomás se sintió muy culpable. Había estado a punto de provocar varios accidentes. Se dio cuenta de que su abuelo tenía razón: la seguridad era lo primero. Dejó de saltar y se sentó en un banco cercano, observando a Don Roberto con atención. Esta vez, no corrió, no jugó, ni se acercó demasiado. Simplemente observó y aprendió.
Cuando la casita de juegos estuvo terminada, Don Roberto invitó a Tomás a entrar. Era preciosa, con ventanas pequeñas y una puerta de colores. Tomás se sentó en el interior y miró a su abuelo. "Gracias, abuelo. Es la casita de juegos más bonita del mundo". Don Roberto sonrió. "Y es segura, porque la construimos con mucho cuidado y pensando siempre en la seguridad".
Tomás aprendió una valiosa lección ese día. La seguridad no era aburrida ni molesta, sino que era importante para protegerse a sí mismo y a los demás. Desde entonces, siempre que ayudaba a su abuelo a construir, recordaba las palabras: "La seguridad es lo primero, constructorcito. ¡Siempre, siempre, siempre!". Y así, Tomás se convirtió en un constructorcito responsable y cuidadoso, que sabía que la diversión y la seguridad podían ir de la mano. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
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