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Gratis · elige una vozDaniel era un tigre pequeño con rayas brillantes y una cola que le encantaba mover de un lado a otro. Vivía en una jungla llena de árboles altos y flores de colores. A Daniel le gustaba mucho jugar, pero a veces... a veces no se portaba muy bien. Cuando quería un juguete, lo tomaba. Cuando quería un dulce, lo exigía. No siempre pensaba en cómo se sentían los demás.
Un día, Daniel estaba jugando con su pelota roja favorita. La lanzaba al aire y la atrapaba con sus patitas. ¡Se divertía mucho! De repente, vio a su amiga, la monita Lila, sentada sola en una rama, con una carita triste.
"¿Qué te pasa, Lila?" preguntó Daniel, aunque todavía estaba jugando con su pelota.
"Quería jugar a la pelota, pero no tengo ninguna," respondió Lila con voz bajita.
Daniel miró su pelota roja. Era su favorita. No quería compartirla. Pero luego vio la carita triste de Lila. Sintió un pequeño pinchazo en su corazón. Su mamá siempre le decía: "Daniel, es importante ser amable y compartir con los demás."
Daniel dudó un momento. Luego, respiró hondo y dijo: "¡Lila, podemos jugar juntos!"
La carita de Lila se iluminó. "¡De verdad, Daniel?"
"¡Sí! Podemos turnarnos para lanzar la pelota," dijo Daniel, sintiéndose un poco mejor.
Así que Daniel y Lila jugaron juntos. Daniel le lanzó la pelota a Lila, y Lila la atrapó con sus ágiles manitas. A veces, Lila no atrapaba la pelota, y Daniel se reía. Lila también se reía cuando Daniel dejaba caer la pelota por accidente. Se estaban divirtiendo mucho más jugando juntos que cuando Daniel jugaba solo.
Luego, apareció el elefante Eloy. Eloy era muy grande y fuerte, pero también muy gentil. Tenía una canasta llena de mangos jugosos.
"Hola, Daniel. Hola, Lila," saludó Eloy con su voz profunda. "¿Quieren un mango?"
Daniel, recordando lo que había hecho con la pelota, dijo rápidamente: "¡Sí, por favor, Eloy! Pero, ¿podemos compartirlo?"
Eloy sonrió. "¡Claro que sí, Daniel! Eso es muy amable de tu parte."
Eloy cortó el mango en tres pedazos. Le dio un pedazo a Daniel, un pedazo a Lila y se quedó con el último pedazo. El mango era dulce y delicioso.
Después de comer el mango, Daniel sintió una sensación muy agradable. No era solo el sabor del mango, sino también la alegría de compartir. Se dio cuenta de que era mucho más divertido jugar y compartir con sus amigos que tener todo para él solo.
Pero al día siguiente, Daniel tropezó y su pelota roja rodó colina abajo. Intentó correr tras ella, pero era demasiado rápido. La pelota rodó y rodó hasta caer en un agujero profundo. Daniel miró el agujero con tristeza. ¡Había perdido su pelota favorita!
Lila y Eloy vieron a Daniel triste. Lila se acercó y le abrazó con sus bracitos. Eloy usó su trompa para intentar alcanzar la pelota, pero el agujero era demasiado profundo.
"Lo siento mucho, Daniel," dijo Lila. "Sé lo mucho que te gustaba esa pelota."
Eloy asintió con la cabeza. "No te preocupes, Daniel. Encontraremos otra forma de jugar."
Daniel estaba muy triste, pero luego recordó cómo se había sentido al compartir. Pensó en Lila y Eloy, que estaban tratando de animarle. De repente, no se sintió tan mal.
"Está bien," dijo Daniel. "Podemos jugar a otra cosa. ¿Qué tal si jugamos a las escondidas?"
Lila y Eloy se alegraron de que Daniel estuviera animado. Jugaron a las escondidas hasta que se cansaron. Daniel se dio cuenta de que, aunque había perdido su pelota, tenía algo mucho más valioso: ¡sus amigos! Y ser un buen amigo significaba compartir y ser amable, incluso cuando las cosas no salían como él quería.
Desde ese día, Daniel siempre intentó ser amable y compartir con los demás. Aprendió que comportarse bien no solo hacía felices a los demás, sino que también le hacía sentir muy feliz a él. Y aunque a veces todavía se equivocaba, siempre recordaba la lección que había aprendido: ¡compartir es amar! Y ser un buen amigo es lo mejor de todo.
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