Escucha este cuento
Gratis · elige una vozHabía una vez, en un pueblito lleno de colores y música, un niño llamado David. A David le encantaba bailar, más que comer helado de fresa o jugar a las escondidas. Un día, se puso una tiara brillante que encontró en el baúl de los disfraces de su abuela. Era una tiara de princesa, llena de lentejuelas y piedritas de colores. David se sentía como un rey, un príncipe y una reina, ¡todo al mismo tiempo!
En la plaza del pueblo, Francesca tocaba una cumbia sabrosa con su acordeón. La música era tan pegadiza que hasta las piedras se movían un poquito. David, con su tiara resplandeciente, no pudo resistirse. Empezó a bailar cumbia con toda su energía. Giraba, saltaba, movía las manos y los pies al ritmo de la música. ¡Era un espectáculo increíble!
Pero, no todo el mundo entendió la alegría de David. Unas buachas, que siempre estaban buscando problemas, empezaron a tirarle comida. Primero, una cáscara de plátano. Luego, un pedazo de pan viejo. ¡Qué groseras! Y unas locas que pasaban por ahí, también se unieron a la burla. Le gritaban cosas y se reían de su tiara.
David, al principio, se sintió un poco triste. Pero la música de Francesca era tan fuerte y alegre que lo animó. Decidió que no iba a dejar que nadie le quitara su alegría. ¡Siguió bailando! Con más fuerza, con más pasión, con más… ¡cumbia! La tiara brillaba aún más con cada giro.
Y entonces, algo mágico ocurrió. Un rubito, con el pelo alborotado y una sonrisa pícara, se acercó a la plaza. Era conocido por ser un poco tímido, pero la energía de David lo contagió. Detrás de él, venía Florenzia, una niña con trenzas largas y una falda floreada. Y, ¡oh sorpresa!, también apareció la mamá de Diego, una señora muy amable que siempre llevaba caramelos en su bolso. ¡Y Zuani, la más traviesa de todos, con un brillo en los ojos!
Las buachas locas, al ver que David no se rendía y que, además, tenía compañía, empezaron a sentirse un poco avergonzadas. El rubito, Florenzia y Zuani se morían de la risa, pero no de burla, ¡sino de alegría! Les encantaba ver a David bailar con su tiara. Era como un payaso mágico que les hacía cosquillas en el corazón.
David invitó al rubito, a Florenzia y a Zuani a bailar con él. Y así, los cuatro, con la cumbia de Francesca como banda sonora, armaron una fiesta en la plaza. Bailaron, rieron, saltaron y se divirtieron como nunca. La cumbia era tan sabrosa que hasta la mamá de Diego se animó a dar unos pasitos.
Leticia, una niña que siempre estaba seria y que nunca sonreía, observaba la escena desde una esquina. Al ver la alegría de David y sus amigos, una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. El rubito se dio cuenta y le hizo una señal para que se uniera. Leticia dudó un momento, pero al final, se animó. ¡Y descubrió que la cumbia era mucho más divertida de lo que imaginaba!
Zuani, que siempre llevaba su cámara a todas partes, aprovechó el momento para sacar una foto. En la foto, se veía a David con su tiara brillante, al rubito con su pelo alborotado, a Florenzia con su falda floreada y a Leticia con una sonrisa radiante. ¡Era la foto perfecta para recordar un día inolvidable!
Después de bailar hasta el cansancio, todos se sentaron a descansar y a compartir historias. La mamá de Diego repartió caramelos y Francesca siguió tocando su acordeón. David, el rubito, Florenzia, Zuani y Leticia se hicieron los mejores amigos. Aprendieron que la alegría es contagiosa y que no importa lo que digan los demás, lo importante es ser uno mismo y disfrutar de la vida.
Desde ese día, la plaza del pueblo se convirtió en un lugar de encuentro para todos los que querían bailar y ser felices. David, con su tiara y su cumbia imparable, se convirtió en un símbolo de alegría y libertad. Y las buachas locas, avergonzadas por su comportamiento, aprendieron a respetar a los demás y a unirse a la fiesta.
Y así, David, con su tiara, Francesca con su cumbia, el rubito, la Florenzia, la mamá de Diego, Zuani y Leticia, vivieron felices para siempre, bailando y compartiendo alegría con todos los que los rodeaban. La cumbia de Francesca nunca dejó de sonar y la tiara de David nunca dejó de brillar. ¡Y el pueblito nunca dejó de ser un lugar lleno de colores, música y felicidad! La alegría de David era como un sol que iluminaba a todos. La cumbia, el baile, la amistad, la tiara, todo junto, hicieron del pueblo el lugar más feliz del mundo.
Incluso las buachas aprendieron a bailar cumbia y se unieron a la fiesta. ¡Nunca es tarde para aprender a ser feliz!
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