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Gratis · elegí una vozEl sol aún dormía cuando Don Eusebio, el granjero, se desperezó. Cada amanecer era igual: un café calentito, una mirada al cielo y luego, a cuidar de sus animales en la pradera. La Pradera del Amanecer, así la llamaba Don Eusebio, era un lugar mágico. La hierba, siempre verde y jugosa, se mecía al son del viento suave, y las flores silvestres pintaban el paisaje con colores vibrantes.
Don Eusebio se calzó sus botas, se puso su sombrero de paja y salió de su cabaña. El aire fresco de la mañana le llenó los pulmones. Pero al llegar a la pradera, ¡un sobresalto! ¡La pradera estaba vacía! Ni la vaca Margarita, de pelaje blanco con manchas negras, ni el caballo Relámpago, de crines doradas, estaban a la vista.
"¡Margarita! ¡Relámpago!" gritó Don Eusebio, con la voz temblorosa. El silencio fue su única respuesta. El granjero sintió un nudo en el estómago. ¿Dónde se habrían metido sus queridos animales? Nunca antes habían desaparecido así.
Empezó a caminar, buscando alguna pista. Encontró una pequeña flor azul, la favorita de Margarita, tirada en el suelo. "Margarita debió estar por aquí", pensó Don Eusebio. Siguió caminando, y cerca del arroyo, vio una herradura, ¡era de Relámpago! "¡Vamos! ¡Por aquí han ido!"
Siguió las huellas de las pezuñas en la tierra húmeda, adentrándose en un pequeño bosque que bordeaba la pradera. El bosque era sombrío y silencioso, pero Don Eusebio no se rindió. Siguió caminando, llamando a sus animales.
De repente, escuchó un suave mugido. "¡Margarita!" gritó Don Eusebio, corriendo en dirección al sonido. Y allí estaban, Margarita y Relámpago, ¡atrapados en un zarzal!
Al parecer, persiguiendo una mariposa amarilla, Margarita se había adentrado demasiado en el bosque, y Relámpago, fiel amigo, la había seguido. Ambos habían quedado enredados en las espinas del zarzal y no podían salir.
"¡Mis queridos amigos!" exclamó Don Eusebio, aliviado. Con cuidado, comenzó a cortar las zarzas con su navaja, liberando a Margarita y a Relámpago. Los animales, agradecidos, lo lamieron y lo rozaron con sus cabezas.
"¡Ya está, ya está!" les dijo Don Eusebio, abrazándolos. "Volvamos a la pradera, donde es seguro y podemos ver el amanecer juntos".
De regreso a la pradera, el sol comenzaba a asomarse por el horizonte, pintando el cielo con colores rosados y dorados. Margarita y Relámpago pastaban tranquilamente, mientras Don Eusebio los observaba, sentado en un tronco, con una sonrisa en el rostro.
Esa mañana, Don Eusebio aprendió una lección importante: que sus animales eran más que simples compañeros de trabajo, eran parte de su familia. Y que, a veces, hasta los lugares más seguros pueden esconder pequeños peligros. Pero sobre todo, aprendió que el amor y la amistad pueden superar cualquier obstáculo.
Al día siguiente, Don Eusebio construyó una pequeña cerca alrededor del bosque, para evitar que Margarita y Relámpago se adentraran demasiado. Y cada amanecer, antes de empezar su trabajo, se aseguraba de darles un buen abrazo a sus queridos animales, agradecido de tenerlos a su lado en la Pradera del Amanecer. La pradera volvió a ser un lugar de paz y alegría. Margarita volvió a comer sus flores favoritas, Relámpago galopaba feliz por la pradera, y Don Eusebio sonreía, sabiendo que tenía todo lo que necesitaba. La aventura de esa mañana les había unido aún más. Ahora, cada vez que veían una mariposa amarilla, Margarita y Relámpago se miraban con complicidad, recordando la aventura en el bosque. Y Don Eusebio, al verlos, no podía evitar sonreír, sabiendo que la Pradera del Amanecer era el lugar más feliz del mundo.
Una tarde, mientras el sol se escondía tras las colinas, Don Eusebio se sentó junto a Margarita y Relámpago. Les contó historias de su juventud, de sus padres y abuelos, y de cómo la pradera siempre había sido su hogar. Margarita y Relámpago escuchaban atentamente, moviendo sus colas suavemente. Don Eusebio les prometió que siempre cuidaría de ellos, y que juntos disfrutarían de muchos amaneceres más en la Pradera del Amanecer. La noche cayó sobre la pradera, y el cielo se llenó de estrellas brillantes. Don Eusebio, Margarita y Relámpago se quedaron dormidos, arropados por la tranquilidad de la noche y el amor que los unía. Y así, cada día, la Pradera del Amanecer seguía siendo un lugar mágico, lleno de vida, alegría y amistad.
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