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Gratis · elegí una vozEn una casa de paredes color crema y un jardín que siempre olía a jazmín, vivía Dido. A simple vista, Dido parecía un perro normal: tenía orejas caídas de color canela, una cola que siempre estaba en movimiento y unos ojos brillantes que parecían entenderlo todo. Sin embargo, Dido tenía un pequeño secreto, o al menos, una gran confusión: él no estaba del todo convencido de ser un perro. En su mente, Dido era un miembro más de la familia, con los mismos derechos y deberes que cualquier otro.
Todo comenzaba a la hora de la cena. Mientras el resto de la familia se sentaba a la mesa, Dido no se conformaba con esperar pacientemente en su rincón con su cuenco de croquetas. No, Dido arrastraba su propia silla con el hocico, logrando encajarla entre mi hermana y yo. Se sentaba erguido, con una seriedad cómica, esperando que alguien le pasara una servilleta o le ofreciera un tenedor. Ponía sus patas delanteras sobre el mantel con una delicadeza asombrosa, mirando el plato de puré de patatas como si fuera el manjar más esperado del mundo. Mamá siempre reía, pero papá suspiraba mientras intentaba explicarle, por centésima vez, que los perros no usan cubiertos.
Pero el comedor no era el único lugar donde Dido mostraba su peculiar personalidad. Dido era un gran fanático de la información. Cada tarde, cuando papá encendía la radio o la televisión para escuchar las noticias, Dido se sentaba justo enfrente del aparato. Se quedaba inmóvil, ladeando la cabeza a la izquierda y a la derecha, como si estuviera analizando seriamente la situación económica del país o los pronósticos del tiempo. Si alguien intentaba cambiar de canal o apagar la radio antes de tiempo, Dido soltaba un pequeño gruñido de desaprobación. Nos dejaba las noticias a la mitad si decidíamos irnos, pero él se quedaba allí, procesando cada palabra del locutor con una solemnidad absoluta.
Donde realmente se desataba la locura era en el cuarto de baño. A Dido le encantaba el 'juego del disfraz'. Si alguien dejaba la puerta abierta, Dido entraba sigilosamente. Cuando salía, nunca era el mismo perro. A veces aparecía en el pasillo envuelto en una toalla blanca como si fuera un emperador romano, o con un rollo de papel higiénico colgando de su cuello a modo de bufanda elegante. En una ocasión, logró meter una pata en una bota vieja de papá y caminó por toda la casa con un rítmico 'cloc, cloc, cloc' que nos hizo estallar de risa. Sin embargo, no todo era divertido; a veces dejaba 'sorpresas' en la alfombra del baño de las que yo prefería no hablar, pequeñas señales de que, a pesar de sus delirios de grandeza, todavía tenía instintos animales.
En el jardín, Dido se convertía en un visionario de la agricultura. Él no enterraba huesos para esconderlos, ¡él los plantaba! Lo veíamos desde la ventana cavando agujeros profundos y ordenados. Colocaba un hueso de juguete o un resto de su cena en el fondo, lo cubría con tierra y luego se sentaba a esperar, mirando fijamente el suelo con la esperanza de que, a la mañana siguiente, un árbol gigante lleno de chuletas brotara mágicamente. Era su proyecto de vida, y lo defendía con gran orgullo, regando sus 'cultivos' a su manera.
Incluso creía que su deber era cuidar de la abuela. Cuando ella salía a caminar, Dido no esperaba que lo llevaran; él agarraba el extremo de su propia correa y se ponía al lado de la abuela, caminando con un paso lento y elegante, como si él fuera el tutor encargado de guiarla por el parque. La abuela, encantada, le contaba historias de su juventud, y Dido escuchaba atento, asintiendo de vez en cuando.
Por supuesto, todas estas excentricidades metían a Dido en problemas con papá. Especialmente cuando Dido decidía 'decorar' la sala moviendo los cojines del sofá para construir lo que parecía ser una fortaleza o cuando, al llegar la noche, se equivocaba de lugar para descansar. Papá solía encontrar a Dido profundamente dormido en su sillón favorito, o peor aún, estirado cuan largo era en medio de la cama matrimonial, roncando como un humano cansado tras una larga jornada de oficina.
'¡Dido, a tu cama!', exclamaba papá, intentando sonar severo aunque se le escapaba una sonrisa. Dido abría un ojo, nos miraba con esa expresión de absoluta confusión, como preguntándose por qué el dueño de la casa estaba siendo molestado, y finalmente, con un suspiro dramático, se bajaba para buscar un nuevo rincón.
Podrá ser un perro confundido, podrá llenar la casa de tierra y huesos plantados, y podrá creerse un experto en noticias internacionales, pero no hay nadie en este mundo que lo quiera como yo. En mi corazón no hay ninguna confusión: Dido es el mejor amigo, el más humano de los perros y el alma de nuestra familia.
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