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Don Eusebio era un anciano que le gustaba pasar las tardes sentado a la orilla del Río Sonriente. El río no siempre había sonreído, claro. Antes, las piedras eran grises y el agua, turbia. Pero desde que Don Eusebio se sentaba allí cada tarde, contando historias a las carpas y cantando canciones a las ranas, el río había cambiado. Las piedras se habían llenado de musgo verde y el agua brillaba como si estuviera llena de pequeñas estrellas.
Don Eusebio tenía el pelo blanco como la nieve y una barba larga que le llegaba hasta el pecho. Sus ojos eran azules y brillantes como el cielo después de la lluvia. Cada día, llevaba consigo una pequeña banqueta de madera y una flauta de caña. Se sentaba, cerraba los ojos y comenzaba a tocar. La música que salía de la flauta era mágica. Era una mezcla de risas, de susurros y de sueños.
Los niños del pueblo lo adoraban. Cada tarde, después de la escuela, corrían hacia el Río Sonriente para escuchar las historias de Don Eusebio. Les contaba cuentos de dragones amigables, de princesas aventureras y de animales que hablaban. Les explicaba el lenguaje de los pájaros y les enseñaba a reconocer las huellas de los animales en el barro.
Un día, una niña llamada Sofía le preguntó: "Don Eusebio, ¿por qué el río se llama Río Sonriente?"
Don Eusebio sonrió. "Porque antes estaba triste, Sofía. Las personas no lo cuidaban. Tiraban basura en sus aguas y no respetaban a los animales que vivían en él. Pero un día, decidí venir aquí y compartir mi alegría con el río. Le conté historias, le canté canciones y le mostré mi amor. Y poco a poco, el río comenzó a sonreír."
Sofía lo miró con admiración. "¿Entonces, su música es el secreto?"
Don Eusebio asintió. "La música, el amor y el respeto, Sofía. Esos son los secretos para hacer sonreír a cualquier cosa, incluso a un río."
Esa tarde, Sofía se quedó hasta más tarde que de costumbre. Observó a Don Eusebio mientras tocaba su flauta. Vio cómo las carpas saltaban fuera del agua para escuchar la música. Vio cómo las ranas se balanceaban al ritmo de la melodía. Comprendió que Don Eusebio no solo tocaba música, sino que también compartía su alma con el río.
Al día siguiente, Sofía regresó al Río Sonriente con un grupo de amigos. Habían traído bolsas de basura y guantes. Comenzaron a limpiar la orilla del río, recogiendo botellas de plástico, latas y papeles. Don Eusebio los observaba con una sonrisa en el rostro.
"¿Qué están haciendo, niños?", preguntó.
"Estamos ayudando al río a sonreír aún más, Don Eusebio", respondió Sofía.
Don Eusebio se unió a ellos. Juntos, limpiaron toda la orilla del río. Cantaron canciones y contaron historias mientras trabajaban. Al final del día, el Río Sonriente brillaba aún más que antes.
Desde ese día, todos los niños del pueblo se encargaron de cuidar el Río Sonriente. Lo limpiaban regularmente, plantaban flores en sus orillas y se aseguraban de que nadie tirara basura en sus aguas. Don Eusebio seguía yendo cada tarde a tocar su flauta, pero ahora, ya no estaba solo. Los niños lo acompañaban, cantando y bailando al ritmo de la música.
Un día, Don Eusebio se sintió muy cansado. Ya no tenía la misma energía de antes. Se sentó en su banqueta, cerró los ojos y comenzó a tocar su flauta. Pero esta vez, la música era diferente. Era una melodía triste y melancólica.
Los niños se dieron cuenta de que algo no andaba bien. Se acercaron a Don Eusebio y lo abrazaron. Le dijeron cuánto lo querían y cuánto agradecían todo lo que había hecho por ellos y por el río.
Don Eusebio sonrió. "Los quiero mucho, niños. Recuerden siempre cuidar el Río Sonriente y compartir su alegría con el mundo."
Con esas palabras, Don Eusebio cerró los ojos y se quedó dormido para siempre. Los niños lloraron su pérdida, pero sabían que su espíritu seguiría viviendo en el Río Sonriente.
Al día siguiente, los niños se reunieron a la orilla del río. Tomaron la flauta de caña de Don Eusebio y comenzaron a tocar. Al principio, la música era torpe y desafinada. Pero poco a poco, fueron encontrando el ritmo y la melodía. La música que salía de la flauta era mágica, tal como lo había sido con Don Eusebio. Era una mezcla de risas, de susurros y de sueños.
Y el Río Sonriente, una vez más, sonrió. Porque sabía que el legado de Don Eusebio viviría para siempre en el corazón de los niños y en la alegría de sus aguas.
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