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Había una vez, en un pequeño pueblo colgado de los acantilados de las Rías Baixas, un profesor llamado Don Manuel. Don Manuel era un hombre de hombros caídos y ojos que parecían haber olvidado el color del mar. Cada mañana, caminaba hacia la escuela local con un maletín lleno de tizas y mapas, pero su corazón pesaba más que sus libros. En su clase, los niños no escuchaban; corrían entre los pupitres, lanzaban aviones de papel y sus gritos tapaban la voz cansada del maestro que intentaba explicar las cordilleras y los ríos.
Don Manuel sentía que era invisible. Al terminar el día, regresaba a su vieja casa de piedra, rodeada de bruma y el sonido constante de las olas rompiendo contra las rocas gallegas. Se sentaba en su cocina, tomaba un caldo caliente y suspiraba, deseando encontrar algo que le devolviera la chispa que los años de soledad y desatención le habían robado.
Una tarde gris de otoño, mientras caminaba por un sendero flanqueado por helechos y toxos, Don Manuel escuchó un piar débil y rítmico. Cerca de un hórreo abandonado, encontró a una anciana vecina, Doña Rosa, que cuidaba de unas aves singulares. Eran grandes, con un plumaje de un color canela intenso, patas amarillas y una cresta pequeña pero orgullosa.
—Son Gallinas de Mos, Manuel —dijo Doña Rosa con voz ronca—. Ya casi no quedan. Son las joyas de nuestra tierra, pero la gente se ha olvidado de ellas. Prefieren las que ponen huevos rápido, aunque no tengan alma.
Don Manuel observó a los polluelos. Eran valientes y robustos, desafiando el viento húmedo del Atlántico. En ese momento, algo hizo clic en su interior. Decidió que no dejaría que esa especie desapareciera. Compró sus primeras cinco crías y las llevó a su jardín trasero, que daba directamente al mar.
Los primeros meses fueron un desafío. Don Manuel tuvo que aprenderlo todo. Leía libros sobre avicultura hasta las tantas de la madrugada, pero esta vez no se sentía cansado. Construyó un gallinero de madera de castaño, robusto y acogedor, para protegerlas del orballo, esa lluvia fina que empapa Galicia. Aprendió que a las Gallinas de Mos les encanta el maíz del país y corretear por la hierba fresca.
A medida que los pollos crecían, el ánimo de Don Manuel también lo hacía. Sus hombros se enderezaron y sus ojos recuperaron el brillo del océano. En la escuela, seguía siendo un profesor solitario, pero ya no le importaba tanto el ruido. En su mente, solo pensaba en volver a casa para ver cómo evolucionaban sus alumnas emplumadas.
Un amanecer de primavera, ocurrió el milagro. Al entrar en el gallinero, Don Manuel encontró el primer huevo. Era grande, de un color crema suave y con una cáscara que parecía porcelana. Lo sostuvo entre sus manos como si fuera una joya preciosa. Pronto, tuvo tantos huevos que no sabía qué hacer con ellos. Recordó a sus vecinos, a los tenderos del pueblo y, finalmente, a sus alumnos.
Empezó a llevar cestas de mimbre a la escuela. Al principio, los niños lo miraron con curiosidad. Don Manuel, sin decir mucho, dejaba los huevos sobre su escritorio.
— Estos huevos son de las Gallinas de Mos —explicó un día con una pasión que nunca antes había mostrado—. Son aves que vivían aquí cuando vuestros tatarabuelos eran niños. Casi se extinguen, pero las hemos salvado.
Los niños se quedaron en silencio. Por primera vez, no hubo aviones de papel. Sus ojos estaban fijos en el profesor y en aquellos huevos que parecían brillar. Pronto, los alumnos empezaron a hacer preguntas: ¿Cómo son? ¿Qué comen? ¿Podemos verlas?
Don Manuel decidió invitar a un pequeño grupo a su casa el sábado siguiente. Lo que comenzó como una visita casual, se convirtió en una rutina. El profesor, que tanto había sufrido en el aula, descubrió que en su jardín la enseñanza fluía como el agua de un manantial. Allí, bajo el cielo de las Rías Baixas, Don Manuel explicaba la importancia de la biodiversidad, la paciencia de la cría y el respeto por la naturaleza.
Sin darse cuenta, su jardín se convirtió en una pequeña escuela al aire libre. Ya no solo venían niños; venían padres, abuelos y jóvenes de otros pueblos interesados en recuperar la raza Mos. Don Manuel les enseñaba a distinguir a los mejores gallos, a incubar los huevos con mimo y a construir gallineros que resistieran el salitre del mar.
Un día, mientras repartía una docena de huevos a la panadera del pueblo, Don Manuel se detuvo a mirar el horizonte. Vio los barcos de pesca regresando al puerto y escuchó el cacareo alegre de sus gallinas mezclado con las risas de un grupo de jóvenes que aprendían a limpiar el comedero. Se dio cuenta de que ya no era un profesor triste y solitario.
Aunque seguía yendo a la escuela oficial por las mañanas, su verdadera vocación había florecido entre plumas y maíz. Había creado una comunidad, había salvado una especie y, sobre todo, se había salvado a sí mismo. La pequeña escuela de las Gallinas de Mos era ahora el corazón del pueblo, y Don Manuel, el maestro más feliz de toda Galicia, entendió que a veces, para que te escuchen, solo hace falta compartir un poco de vida y un mucho de esperanza.
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