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Había una vez un niño llamado Dylan, cuya habitación estaba llena de mapas estelares y maquetas de planetas que colgaban del techo. Dylan no soñaba con ser bombero o futbolista; él soñaba con descubrir lo que había más allá de las nubes de algodón. Una tarde de verano, después de construir un cohete con cajas de cartón y un poco de ingenio brillante, algo mágico sucedió. El cohete, que él llamaba 'El Rayo Verde', comenzó a vibrar y, con un destello de luz esmeralda, despegó del jardín de su casa hacia las estrellas.
El viaje fue tranquilo y lleno de maravillas. Dylan miraba por la escotilla cómo los planetas pasaban como canicas de colores. Después de lo que parecieron horas de aventura, divisó un planeta que no aparecía en ninguno de sus libros. Era un mundo completamente verde, que brillaba con una luz cálida y acogedora. Dylan maniobró su cohete y aterrizó suavemente sobre un manto de musgo plateado.
Al bajar de la nave, Dylan se quedó sin aliento. No estaba en un bosque común. A su alrededor, los árboles no estaban clavados al suelo. ¡Tenían raíces que se movían como piernas y ramas que gesticulaban como brazos! Un enorme roble, con una corteza que parecía una túnica de sabio y ojos grandes y bondadosos en su tronco, se acercó lentamente a él.
—Bienvenido, pequeño viajero —dijo el roble con una voz profunda que sonaba como el viento entre las hojas—. Soy el Gran Sauce Dorado, el guardián de este mundo.
Dylan, asombrado pero no asustado, saludó con la mano. —Hola, soy Dylan. Nunca había visto árboles como ustedes. ¿Por qué caminan y hablan? ¿Por qué no hay árboles así en mi hogar, la Tierra?

El Gran Sauce Dorado suspiró, y sus hojas amarillas tintinearon como campanillas. Los otros árboles, pinos saltarines y abedules elegantes, se acercaron para escuchar. —Hace muchos, muchos ciclos estelares —comenzó el Gran Sauce—, todos los árboles de la Tierra éramos como nosotros. Caminábamos junto a los humanos, les contábamos historias del universo y bailábamos bajo la luz de la luna. Éramos los mejores amigos.
Dylan abrió mucho los ojos. —¿Y qué pasó? ¿Por qué se fueron?
—Los humanos empezaron a cambiar —explicó un abedul de voz dulce—. Se volvieron ruidosos y olvidadizos. Empezaron a vernos como simples objetos, cortándonos sin pedir permiso y olvidando que nosotros también sentíamos. El ruido de sus máquinas apagó nuestras canciones. Para sobrevivir, los árboles más fuertes construyeron barcos de polen y viajamos por el espacio hasta encontrar este planeta, al que llamamos Arbórea.
Dylan sintió una punzada de tristeza en su corazón. —¿Y los árboles que se quedaron en la Tierra? —preguntó en voz baja.
—Aquellos que decidieron quedarse por amor a la tierra —respondió el Gran Sauce con tristeza— fueron despojados de su voz y de sus piernas por el dolor y el olvido. Se quedaron quietos y silenciosos para protegerse, esperando el día en que los humanos volvieran a ser amigos de la naturaleza. Sus raíces se hundieron profundamente en el suelo, convirtiéndose en prisioneros de su propia paciencia.

Dylan se acercó al Gran Sauce y abrazó su enorme tronco. —Lo siento mucho. Yo no sabía que mis amigos del parque estaban tan tristes.
—No estés triste, Dylan —dijo el árbol, acariciando el cabello del niño con una rama pequeña—. Tu presencia aquí significa que la chispa de la curiosidad y el respeto aún vive en los humanos. Eres un puente entre nuestros mundos.
Dylan pasó el resto del día jugando con los árboles de Arbórea. Aprendió a escuchar el lenguaje del viento y a entender que cada hoja es una carta escrita por la naturaleza. Los árboles le regalaron una semilla brillante que palpitaba con una luz verde constante.
—Lleva esto contigo —le dijo el Gran Sauce Dorado—. Plantala en la Tierra y cuídala. Si los humanos aprenden a amar a un solo árbol, tal vez algún día recuperemos nuestra voz y podamos caminar de nuevo juntos.
Dylan regresó a su cohete, despidiéndose de sus nuevos amigos. El viaje de vuelta fue rápido, impulsado por la esperanza. Cuando aterrizó de nuevo en su jardín, lo primero que hizo fue buscar el rincón más soleado. Con mucho cuidado, plantó la semilla de Arbórea.
Desde aquel día, Dylan se convirtió en el guardián de los bosques de su ciudad. Les hablaba a los árboles, les cantaba y les contaba sobre su viaje al espacio. Y aunque los árboles de la Tierra aún no caminaban, Dylan juraría que, a veces, cuando el viento soplaba suavemente, podía escuchar un susurro de gratitud y ver cómo una rama se movía, no por el aire, sino para saludarlo.
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