Escucha este cuento
Gratis · elige una vozDylan era policía. Era un buen policía, antes. Antes de que la tristeza le envolviera el corazón como una niebla espesa. Su esposa, María, y su pequeña hija, Charlotte, ya no estaban. Un hombre malo, un asesino, se las había llevado demasiado pronto. Dylan nunca pudo llegar a tiempo.
Desde entonces, Dylan ya no era el mismo. Bebía para olvidar el rostro sonriente de Charlotte y la dulce voz de María. A veces, tomaba otras cosas que le nublaban la mente, buscando un respiro, aunque fuera breve, del dolor que lo consumía. Sus amigos, otros policías del pueblo, lo intentaban ayudar. Le hablaban, lo invitaban a comer, lo llevaban a pescar, pero la sombra de la pérdida siempre estaba ahí, oscura y persistente.
Una mañana, el sol apenas empezaba a pintar el cielo de rosa y naranja, cuando sonó el teléfono en la estación de policía. Un homicidio. A las afueras del pueblo, cerca del viejo molino. El jefe miró a Dylan. Sabía que no estaba en su mejor momento, pero también sabía que, en el fondo, Dylan seguía siendo un buen policía.
"Dylan," dijo el jefe con voz suave, "necesitamos que vayas."
Dylan asintió, sin decir una palabra. Sintió un vuelco en el estómago. Un homicidio... ¿Podría ser el mismo hombre que le había arrebatado a María y a Charlotte? La idea lo paralizó por un instante, pero luego, una chispa de determinación se encendió en su interior. Tenía que ir. Tenía que encontrar al asesino. No solo por la víctima, sino también por María y Charlotte. Quizás, solo quizás, capturarlo le traería un poco de paz.
Al llegar al lugar, Dylan sintió un escalofrío. El cuerpo yacía inerte en la hierba, cerca del río. Observó la escena con atención, tratando de ignorar el dolor que lo punzaba en el pecho. Era un hombre joven. No parecía haber robado nada. Dylan examinó las huellas, los alrededores. Buscaba algo, cualquier cosa, que lo llevara al asesino.
Durante días, Dylan se obsesionó con el caso. Dejó de beber, dejó de drogarse. Solo pensaba en la víctima, en el asesino, en María y Charlotte. Revolvía archivos antiguos, entrevistaba a personas del pueblo, seguía pistas que parecían no llevar a ninguna parte. Sus amigos lo apoyaban, le llevaban café, le recordaban que no estaba solo.
Una tarde, mientras revisaba las grabaciones de las cámaras de seguridad de la carretera, Dylan vio algo. Una camioneta oscura, que pasaba por el lugar a la hora aproximada del homicidio. La camioneta era vieja, con la pintura descascarada y una abolladura en la puerta trasera. Dylan amplió la imagen. Vio una calcomanía en la ventana trasera: una estrella fugaz.
La estrella fugaz... Dylan recordó algo. Charlotte amaba las estrellas. Antes de dormir, siempre le pedía que le contara historias sobre ellas. Una vez, le había dibujado una estrella fugaz en su cuaderno. Dylan sintió un nudo en la garganta. La estrella fugaz... ¿Podría ser una señal?
Dylan rastreó la camioneta. Descubrió que pertenecía a un hombre que vivía en un pueblo cercano. Un hombre con un historial de violencia, un hombre que había estado en prisión por agresión. Dylan sintió que el corazón le latía con fuerza. Podría ser él.
Con el apoyo de sus compañeros, Dylan fue a buscar al hombre. Lo encontraron en su casa, limpiando una escopeta. Al ver a la policía, el hombre intentó huir, pero Dylan lo detuvo. Lo arrestaron.
Durante el juicio, las pruebas fueron contundentes. El hombre fue declarado culpable del homicidio. Dylan lo miró a los ojos, pero no sintió satisfacción. Solo tristeza. Sabía que capturar al asesino no le devolvería a María y a Charlotte, pero al menos, había hecho justicia.
Esa noche, Dylan fue al cementerio. Se sentó frente a las tumbas de María y Charlotte. Miró al cielo, lleno de estrellas. Vio una estrella fugaz. Cerró los ojos y sintió una paz que no había sentido en mucho tiempo. Sabía que nunca las olvidaría, pero también sabía que tenía que seguir adelante. Tenía que vivir por ellas, honrar su memoria. Dylan ya no era el policía roto que había sido. Era un policía, sí, pero también era un padre y un esposo que amaba a su familia, incluso en la distancia. Y esa noche, una estrella perdida brilló un poco más en el cielo.
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