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En un valle escondido entre las montañas, existía una ciudad muy peculiar. Todo, absolutamente todo, era diminuto. Las casas eran del tamaño de cajas de zapatos, los árboles parecían bonsáis gigantes, y los habitantes, ¡bueno!, cabían en la palma de una mano. Uno de estos pequeños ciudadanos se llamaba Ekeko. Era un hombrecito bonachón, siempre sonriente y con una maletita llena de dinero miniatura, su tesoro más preciado.
Un día, un estruendo sacudió la ciudad. Un deslizamiento de tierra, provocado por las intensas lluvias, derrumbó parte de la muralla que protegía el valle. El pánico se apoderó de los diminutos habitantes. Ekeko, con su maletita en mano, supo que tenía que escapar. Debía buscar ayuda, aunque el mundo exterior le pareciera inmenso y desconocido.
Así, Ekeko emprendió su aventura. Caminó y caminó hasta llegar a un río caudaloso. Buscaba un puente, pero solo encontró una especie de remolino brillante en el agua. Sin pensarlo dos veces, y con la esperanza de cruzar al otro lado, se lanzó al remolino. ¡Era un portal mágico! En lugar de llegar a la orilla opuesta, apareció en un lugar completamente diferente.
Se encontró en medio de una ciudad bulliciosa, llena de gente enorme y edificios altísimos. ¡Estaba en La Paz! Los transeúntes lo miraban con curiosidad y desconfianza. Algunos se reían, otros se alejaban asustados. Ekeko se sentía solo y perdido en esa inmensidad. Nadie parecía dispuesto a ayudarlo.
El frío de la noche paceña calaba hasta los huesos de Ekeko. Tiritaba sin cesar. Buscando refugio, se acurrucó bajo una banca en la plaza Murillo. De repente, una señora mayor, con un poncho colorido y un chullu de lana, se acercó a él. Lo miró con ternura y le ofreció un poncho pequeño y un chullu aún más pequeño, hechos a medida. Ekeko, agradecido, se abrigó y se sintió un poco mejor.
Pero la señora no fue la única en mostrarle bondad. Un señor mayor, de rostro amable y canas plateadas, lo observaba desde lejos. Intrigado por la pequeña figura, se acercó a Ekeko y le preguntó qué le sucedía. Ekeko, con voz temblorosa, le contó sobre el derrumbe en su ciudad y su necesidad de regresar con ayuda.
El anciano, conmovido por la historia de Ekeko, decidió ayudarlo. Lo llevó a su taller y le cargó una mochila llena de herramientas en miniatura, semillas de plantas enanas, medicinas para gente pequeña y provisiones para el viaje de regreso. Todo era especial para la ciudad de Ekeko.
Ekeko, abrumado por la generosidad del anciano, quiso darle algo a cambio. Abrió su maletita y le ofreció todo el dinero miniatura que llevaba consigo. El anciano sonrió y aceptó el gesto con gratitud.
Con la mochila a cuestas y el corazón lleno de esperanza, Ekeko regresó a su ciudad a través del portal mágico. Al llegar, fue recibido con alegría por su familia y amigos. Les entregó las herramientas, las semillas y las medicinas que el anciano le había regalado. La ciudad, poco a poco, comenzó a reconstruirse y a florecer nuevamente.
Mientras tanto, en La Paz, al anciano comenzaron a sucederle cosas maravillosas. El dinero miniatura que Ekeko le había dado, aunque no tenía valor real, parecía atraer la buena suerte. De repente, le empezaron a llegar contratos, pedidos y dinero de verdad. Contento, el anciano les contó a todos sobre el pequeño hombrecito que le había traído suerte con su dinero diminuto.
La gente, inspirada por la historia del anciano y la generosidad de Ekeko, comenzó a fabricar versiones en miniatura de las cosas que deseaban tener: casas pequeñas, autos pequeños, hasta montañas pequeñas. Todos querían atraer la buena suerte. Y, como homenaje a Ekeko, comenzaron a hacer figuritas de él, con su maletita llena de dinero, para ponerlas en sus hogares y talleres. Así, la imagen de Ekeko, el hombrecito de la ciudad miniatura, se convirtió en un símbolo de esperanza, abundancia y la creencia en que incluso las cosas más pequeñas pueden traer grandes bendiciones.
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