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Gratis · elegí una vozTito era un niño como cualquier otro, con dos ojos brillantes, una nariz respingona y una sonrisa que podía iluminar una habitación. Pero Tito tenía un secreto, un secreto muy grande: ¡le encantaban los abrazos! No cualquier abrazo, claro. Tito amaba los abrazos gigantes, los abrazos apretados, los abrazos que te dejaban sin aliento (pero en el buen sentido). Y sus papás eran su objetivo principal para esos abrazos. Desde el momento en que se despertaba, Tito era un pequeño koala pegado a sus padres. Si Papá estaba preparando el desayuno, Tito se abrazaba a su pierna, canturreando una canción sobre panqueques. Si Mamá estaba leyendo un libro, Tito se acurrucaba a su lado, abrazándola con fuerza y preguntando: "¿Me quieres mucho, Mamá? ¿Muchísimo, muchísimo?".
A veces, sus papás estaban ocupados. Papá tenía que trabajar desde casa, y Mamá tenía que hacer las compras. Pero Tito no entendía eso. Si Papá estaba en una llamada importante, Tito aparecía de repente, abrazándolo por el cuello y gritando: "¡Papá, te quiero más que a todos los dinosaurios del mundo!". Si Mamá intentaba concentrarse en la lista de compras, Tito la seguía por toda la casa, abrazándola y preguntando: "¿Me vas a comprar un helado, Mamá? ¡Por favor, por favor, por favor!".
Al principio, a sus papás les encantaba la efusividad de Tito. Les hacía sentir amados y especiales. Pero poco a poco, los abrazos constantes de Tito comenzaron a ser un poco... abrumadores. Papá no podía terminar una llamada sin la interrupción de Tito. Mamá no podía ir al baño sin que Tito la esperara afuera, listo para abrazarla al salir.
Un día, Papá estaba intentando terminar un proyecto importante para el trabajo. Estaba muy concentrado, con el ceño fruncido y los dedos tecleando rápidamente en el teclado. De repente, Tito apareció corriendo, saltó sobre su regazo y lo abrazó con todas sus fuerzas. Papá, sobresaltado, accidentalmente borró parte del proyecto. "¡Tito!", exclamó Papá, un poco frustrado. "¡Necesito concentrarme! No puedo trabajar si me estás abrazando todo el tiempo".
Tito se sintió triste. Bajó la cabeza y sus ojos se llenaron de lágrimas. "Pero... pero te quiero, Papá", murmuró. "Y quiero darte un abrazo".
Esa noche, después de que Tito se durmió, Papá y Mamá hablaron. Se dieron cuenta de que necesitaban encontrar una manera de ayudar a Tito a expresar su amor de una manera que no fuera tan... constante. "Tal vez podríamos establecer algunas horas de abrazos", sugirió Mamá. "O podríamos enseñarle otras formas de mostrar su cariño, como dibujar un dibujo o escribir una nota".
Al día siguiente, Papá y Mamá se sentaron con Tito y le explicaron lo que habían pensado. Le dijeron que lo amaban mucho, pero que a veces necesitaban espacio para trabajar y hacer otras cosas. Le propusieron la idea de las "horas de abrazos", donde podrían abrazarse y acurrucarse durante un tiempo específico cada día. También le sugirieron otras formas de mostrar su cariño, como dibujarles un dibujo o ayudar a Mamá a poner la mesa.
Tito al principio se mostró un poco reacio. Le encantaban los abrazos espontáneos. Pero al ver la preocupación en los ojos de sus papás, decidió intentarlo. Empezaron con una "hora de abrazos" después de la cena. Durante esa hora, Tito podía abrazar a sus papás tanto como quisiera. También comenzó a dibujarles dibujos, llenos de corazones y arcoíris, y a ayudar a Mamá con las tareas de la casa.
Poco a poco, Tito aprendió que podía mostrar su amor de muchas maneras diferentes. Descubrió que dibujar era divertido, y que ayudar a Mamá le hacía sentir importante. Todavía amaba los abrazos, por supuesto, pero aprendió a respetar el espacio de sus papás y a encontrar otras formas de expresar su cariño.
Y sus papás, por su parte, aprendieron a valorar aún más los abrazos de Tito, sabiendo que eran especiales y que venían de un corazón lleno de amor. Aprendieron a ser más pacientes y comprensivos, y a encontrar tiempo para conectarse con Tito de una manera que funcionara para todos. Al final, la familia de Tito encontró un equilibrio perfecto entre abrazos gigantes y espacio personal, y vivieron felices para siempre, con mucho amor y un montón de abrazos, pero solo en las "horas de abrazos" (y algunos espontáneos, de vez en cuando).
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