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Para Sofía, una niña de siete años con ojos brillantes como dos luceros, sus abuelos Mirtha y Víctor eran sus héroes. Vivían muy, muy lejos, al otro lado de las montañas azules, pero en su corazón, estaban siempre cerca. No tenían capas ni máscaras, sus superpoderes eran mucho más especiales: el amor incondicional.
Sofía extrañaba a sus abuelos con todo su corazón. Cada noche, antes de dormir, susurraba sus nombres a las estrellas, esperando que el viento llevara sus palabras hasta ellos. Hablaba con ellos por teléfono y, ¡mejor aún!, por videollamada. Las videollamadas eran mágicas. Podía ver sus sonrisas arrugadas, escuchar sus voces cálidas y hasta mostrarles sus dibujos y juguetes nuevos.
Sus abuelos, con la sabiduría que da la vida, le enseñaban a ser una buena niña. Le decían que debía ser obediente con sus padres, ayudar en casa, estudiar con dedicación y, sobre todo, rezar con fe. Le contaban historias de cuando ellos eran niños, de travesuras en el campo y de la importancia de ser agradecidos.
Sofía iba al colegio con una sonrisa radiante. Tenía muchos amigos y amigas con quienes jugar al escondite, saltar a la cuerda y construir castillos de arena imaginarios. Sus maestras, siguiendo el ejemplo de Don Bosco, siempre estaban alegres y hacían que aprender fuera divertido. Cantaban canciones, leían cuentos maravillosos y les enseñaban a cuidar el planeta. Sofía amaba aprender cosas nuevas, desde las letras del alfabeto hasta los números que construyen el mundo.
Cuando el año escolar llegaba a su fin, a Sofía le daba un poco de tristeza despedirse de sus compañeros y maestras. Pero esa tristeza era fugaz, como una nube pasajera. Sabía que las vacaciones estaban a la vuelta de la esquina, ¡y eso significaba una cosa: viajar a visitar a sus abuelos!
El viaje era una aventura en sí mismo. Primero, un largo viaje en coche con sus padres, cantando canciones a todo pulmón. Luego, un vuelo en avión, mirando las nubes esponjosas desde la ventanilla, imaginando que eran enormes algodones de azúcar. Y finalmente, el reencuentro.
El abrazo de la abuela Mirtha era suave y cálido como un edredón recién lavado. El abuelo Víctor la levantaba en brazos, haciéndola sentir como una princesa en su castillo. La casa de los abuelos olía a galletas recién horneadas y a flores frescas del jardín.
Los días con los abuelos eran un torbellino de alegría. Jugaban a las cartas, leían cuentos en el jardín, cocinaban juntos deliciosas comidas y paseaban por el campo, descubriendo tesoros escondidos entre la hierba. El abuelo Víctor le enseñaba a pescar en el río, mientras la abuela Mirtha le contaba historias de hadas y duendes que vivían en el bosque.
Por las noches, antes de dormir, la abuela Mirtha le cantaba canciones de cuna con su voz dulce y melodiosa. El abuelo Víctor le contaba historias de héroes valientes y princesas encantadas. Sofía se dormía sintiéndose protegida y amada, sabiendo que tenía a los mejores abuelos del mundo.
Un día, mientras paseaban por el jardín, Sofía le preguntó a su abuela: "Abuelita, ¿cómo es que tienes el superpoder del amor?" La abuela Mirtha sonrió y le respondió: "El amor, mi niña, no es un poder que se tiene, sino algo que se da. Se da con un abrazo, con una sonrisa, con una palabra amable. Cuanto más amor das, más amor recibes."
El abuelo Víctor añadió: "Y el amor, Sofía, es como una semilla. Si la plantas en un corazón, crece y florece, llenando el mundo de alegría."
Sofía entendió. El amor de sus abuelos no era un secreto mágico, sino una forma de vida. Una forma de dar lo mejor de sí mismos, de cuidar a los demás y de hacer del mundo un lugar mejor.
Cuando llegó el momento de regresar a casa, Sofía se despidió de sus abuelos con un abrazo fuerte y un beso en la mejilla. Prometió hablar con ellos pronto y contarles todas sus aventuras.
De vuelta en casa, Sofía recordaba las palabras de sus abuelos y se esforzaba por ser una buena niña, obediente, estudiosa y amable con los demás. Sabía que, aunque la distancia los separara, el amor de sus abuelos siempre estaría con ella, guiándola y protegiéndola.
Y así, Sofía era feliz durante todo el año, esperando con ilusión el momento de volver a ver a sus abuelos estrellas, sus héroes de amor.
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