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En un pueblito pintoresco, donde las casas parecían sacadas de un cuento y el aire olía a pan recién horneado, vivía Sofía. Sofía era la maestra de la escuela primaria, una joven alegre con ojos brillantes y una sonrisa que podía iluminar toda la plaza del pueblo. Todos los días, camino a la escuela, Sofía pasaba frente a la carnicería "El Cerdo Sonriente". Y todos los días, veía a Mateo.
Mateo era el carnicero. Tenía el pelo negro como la noche, una sonrisa traviesa y unos brazos fuertes de tanto cortar carne. Desde detrás del escaparate, Mateo veía pasar a Sofía. Al principio, solo era una chica más. Pero pronto, su corazón empezó a palpitar más rápido cada vez que la veía aparecer. Le encantaba verla, con sus vestidos floreados y su bolso lleno de libros. Imaginaba qué tipo de cuentos les contaría a sus alumnos.
Sofía, por su parte, también notaba a Mateo. Le parecía muy guapo, con su delantal blanco y su gorro de carnicero. Le divertía verlo afilar los cuchillos con tanta destreza y le intrigaba saber qué pensaría un carnicero de un día tan normal como el martes. A veces, incluso, se atrevía a sonreírle tímidamente a través del cristal. Mateo, al recibir la sonrisa, se ponía rojo como un tomate.
Así pasaron las semanas. Se veían todos los días, se sonreían tímidamente, pero ninguno se atrevía a dar el primer paso. Era como un juego silencioso, un coqueteo a través del escaparate. Los niños de la escuela, que no eran tontos, se dieron cuenta de lo que pasaba. Empezaron a hacer apuestas sobre cuándo se animarían a hablarse.
Un día, Sofía necesitaba comprar salchichas para una fiesta sorpresa que le estaba organizando a su abuela. Con un poco de nerviosismo, entró a "El Cerdo Sonriente". El tintineo de la campanilla al abrir la puerta hizo que Mateo levantara la vista. Sus ojos se encontraron. Por primera vez, no había cristal entre ellos.
"Buenos días", dijo Sofía, sintiendo que las mejillas le ardían.
"B-buenos días", tartamudeó Mateo, completamente desarmado. "¿Qué... qué puedo servirle?"
"Necesito... necesito salchichas", dijo Sofía, tratando de sonar normal. "Un kilo, por favor".
Mateo, con las manos temblorosas, empezó a preparar el pedido. Metió las salchichas en una bolsa de papel, pero en lugar de darle la bolsa directamente, la dejó sobre el mostrador. Luego, con un bolígrafo, escribió algo en la bolsa.
"Aquí tiene", dijo Mateo, evitando mirarla a los ojos. Sofía tomó la bolsa y le pagó. Al salir de la carnicería, miró la bolsa. Allí, con letra temblorosa, Mateo había escrito su número de teléfono y un mensaje: "¿Te gustaría tomar un helado conmigo algún día?".
Sofía no pudo evitar sonreír. ¡Por fin! Llamó a Mateo esa misma noche. Hablaron durante horas, riendo y contándose sus vidas. Descubrieron que tenían mucho en común, como su amor por los animales (aunque Mateo trabajara con carne) y su pasión por la lectura.
Al día siguiente, fueron a tomar helado. Mateo, nervioso, derramó un poco de helado de fresa en la camisa de Sofía. Ella, en lugar de enfadarse, se echó a reír. Mateo se unió a la risa y, en ese momento, supo que estaba enamorado.
Su relación floreció rápidamente. Mateo le llevaba a Sofía flores silvestres que recogía en el campo y Sofía le leía cuentos a Mateo en voz alta durante sus descansos en la carnicería. Los niños de la escuela estaban encantados y organizaron una colecta para comprarles un regalo de bodas imaginario.
Un día, Mateo le propuso matrimonio a Sofía en la plaza del pueblo, frente a "El Cerdo Sonriente". Se arrodilló y le ofreció un anillo hecho con un alambre de atar salchichas. Sofía, con lágrimas en los ojos, aceptó sin dudarlo.
Y así, la maestra y el carnicero se casaron. La boda fue la fiesta más grande que jamás se había visto en el pueblo. Todos los vecinos celebraron el amor entre Sofía y Mateo, el amor que había nacido a través del escaparate de una carnicería. Y vivieron felices para siempre, comiendo salchichas y leyendo cuentos, con el amor oliendo a salchicha y a libros viejos. Fin.
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