Escucha este cuento
Gratis · elige una vozEmilia era una niña muy sensible. Sus emociones eran como un arcoíris: brillantes y cambiantes. A veces sentía una alegría tan grande que quería volar hasta la luna, otras veces un miedo oscuro la envolvía como una manta pesada, y otras veces… bueno, otras veces sentía una ira que la hacía rugir como un león.
Un día, Emilia estaba jugando en el parque. Construía un castillo de arena enorme, con torres altas y puentes levadizos. Estaba tan concentrada que no se dio cuenta de que un niño más grande se acercaba corriendo. ¡PLASH! El niño, sin querer, pisó el castillo de arena, reduciéndolo a un montón de arena mojada.
La ira se apoderó de Emilia. ¡Sintió que el fuego le subía por el cuello! Sus manos se cerraron en puños y sus dientes se apretaron. Quería gritarle al niño, empujarlo, ¡incluso morderlo! «¡Mi castillo! ¡Lo has roto!» gritó, con la voz temblorosa. El niño, asustado por la reacción de Emilia, salió corriendo, llorando.
Emilia se quedó allí, mirando los restos de su castillo. La ira, aunque intensa, se desvaneció rápidamente, dejando paso a un vacío. Se sintió culpable por haber asustado al niño. También se sintió triste por su castillo destruido. El miedo la invadió: ¿y si el niño nunca quería volver a jugar con ella? ¿Y si todos los niños pensaban que era una niña mala y gruñona?
Con lágrimas en los ojos, Emilia se sentó en el columpio. Se balanceaba suavemente, sintiendo el vaivén como un abrazo reconfortante. De repente, una anciana se sentó en el banco cercano. La anciana tenía el pelo blanco como la nieve y una sonrisa dulce como la miel. «¿Qué te pasa, pequeña?» preguntó la anciana con voz suave.
Emilia le contó todo: el castillo de arena, el niño que lo pisó, su ataque de ira, y su miedo a ser rechazada. La anciana escuchó atentamente, sin interrumpir. Cuando Emilia terminó, la anciana le sonrió.
«Emilia,» dijo la anciana, «todas las emociones son importantes. La alegría nos hace sentir vivos y felices. El miedo nos protege del peligro. Y la ira… la ira nos dice que algo no está bien, que algo nos ha dolido. Pero es importante saber cómo manejar esas emociones.»
La anciana le explicó a Emilia que la ira era como un volcán. Si la dejaba acumularse dentro, eventualmente explotaría, haciendo daño a todos a su alrededor. Pero si aprendía a liberarla poco a poco, de manera segura, podría usar esa energía para construir cosas buenas.
«Cuando sientas ira,» sugirió la anciana, «prueba a respirar hondo y contar hasta diez. O dibuja tu ira en un papel. O corre alrededor del parque hasta que te canses. Lo importante es encontrar una manera de dejar salir esa energía sin lastimar a nadie.»
Emilia escuchó con atención. Parecía tener sentido. La anciana continuó: «Y el miedo, Emilia, es como una sombra. A veces parece grande y amenazante, pero en realidad es solo una proyección de nuestra imaginación. Cuando sientas miedo, habla con alguien en quien confíes. Pide ayuda. Y recuerda que no estás sola.»
La anciana se levantó del banco. «Ahora, Emilia,» dijo, «¿qué tal si construimos un nuevo castillo de arena? Esta vez, uno aún más grande y hermoso.»
Emilia sonrió. La idea le pareció maravillosa. Juntas, Emilia y la anciana comenzaron a construir un nuevo castillo. Emilia se sintió mucho mejor. La alegría, poco a poco, regresó a su corazón. Mientras construían, Emilia pensó en lo que le había dicho la anciana. Decidió que la próxima vez que sintiera ira, intentaría respirar hondo y contar hasta diez. Y si sentía miedo, hablaría con su mamá o con su papá.
Cuando terminaron el castillo, era aún más impresionante que el anterior. Tenía torres aún más altas, puentes aún más largos, y hasta un foso con agua de mar. Emilia se sentía orgullosa. Había aprendido una lección importante sobre sus emociones. Sabía que la ira, el miedo y la alegría eran parte de ella, como los colores del arcoíris. Y ahora, sabía cómo pintar su vida con todos esos colores, sin dejar que ninguno la dominara. Esa noche, Emilia durmió plácidamente, soñando con castillos de arena y arcoíris brillantes.
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